Infierno; Canto V


En este 2021 conmemoramos los 700 años de la obra y vida del autor. Este es el VII CENTENARIO DANTESCO.

Para sumarnos a los festejos del VII CENTENARIO DANTESCO, seguimos compartiendo nuestra sorpresa especial; el INFIERNO, contado de una manera muy particular, según la idea de traducción semiótica comentada por Umberto Eco, es decir, les presentamos la Divina Comedia como novela. Este texto, que es el CANTO V, forma parte de un trabajo de traducción mucho más amplio y ambicioso, en el cual nos encontramos trabajando en este momento.

¡Qué sea de provecho!

Traducción del italiano antiguo al español, realizada por el maestro de lengua y cultura italiana del Instituto Polýglottos; Luis Jiménez Chargoy.



INFIERNO

Canto V

Así fue como descendí del primer círculo al segundo, lugar aún más estrecho que el anterior, pues al bajar se va reduciendo el espacio, pero se encierra cada vez más sufrimiento, razón por la que los lamentos van siempre en aumento.

Aquí fue que encontramos la horrible presencia del demonio y juez Minos, que gruñendo examina las culpas de todos los condenados en este ingreso, los juzga y sentencia a su círculo correspondiente, envolviéndolos con su larga cola la misma cantidad de veces que los niveles que tendrán que descender. Cada vez que una de estas almas, destinadas a la perdición, se pone delante de él, en automático le confiesa todos sus pecados; y él, que es un gran conocedor de todo tipo de depravaciones, entiende de inmediato el lugar exacto del Infierno al que debe ser enviado. Siempre se encuentra delante de una multitud de almas, en donde cada una se va presentando por turnos para ser enjuiciado, dicen sus pecados, reciben su condena y los hunde en las oscuras profundidades.

-¡Oh, tú que llegas a este, el albergue del sufrimiento! –se dirigió hacia mí Minos gritando en cuanto me vio, dejando por un momento su trabajo tan importante-, ¡fíjate bien a dónde estás entrando, y fíjate bien de quién te fías, no te dejes engañar sólo porque veas una entrada!

-¡Pero para qué tanto grito! -intervino mi guía- No te atrevas a impedir su travesía, Minos, es de este modo como se ha querido en lo más alto de la existencia, lugar en donde todo lo que se quiera es entonces posible, así que no te entrometas más.

Pasándolo, empezamos a escuchar los gritos de dolor, ahora estábamos rodeados de llantos que golpeaban nuestros oídos. Llegamos a un lugar privo de toda luz, habitado por un fuerte rugir, como el del mar cuando es azotado por una tempestad, donde combaten furiosos los vientos encontrados. Aquí, nos encontramos para mi asombro, un ciclón infernal que no cesa nunca, su terrible fuerza arrastra a los espíritus, las terribles ráfagas que emanan de este tornado hacen que den vueltas sin parar, azotándolos con ira contra las paredes cavernosas, atormentándolos de este modo. Cada vez que pasan volando por la enorme grieta que atraviesa el Infierno, gritan todavía más fuerte, aumentan la fuerza de sus llantos y lamentos, en este punto es que blasfeman y maldicen todas las virtudes divinas. Comprendí que semejante tortura podía ser sólo para los condenados por pecados carnales, pues ellos habían sometido la razón a la pasión, dejando que esta última los gobernara y arrastrara por un camino de sufrimiento.

Justo como cuando el frío del invierno hace batir las alas a los estorninos, levantando el vuelo en anchas y tupidas parvadas, así ese viento maldito levanta y arrastra a las almas perdidas por todas las direcciones; de un lado a otro, de arriba abajo. No albergan ninguna esperanza que los consuele, ni siquiera una imposible tregua a su eterno vuelo. Pueden, a lo mucho, desear que aminore, de algún modo, su dolor.

Así como las grullas, que mientras vuelan se lamentan con sus graznidos, y que en sus recorridos trazan una larga línea en el cielo, así vi venir hacia nosotros, lamentándose, una parvada de sombras.

-Maestro, ¿quiénes son estas personas que son castigadas de tal modo por esta obscura vorágine? -pregunté.

-La primera de esta gente, de la que tú quieres estar enterado –me responde-, fue la emperatriz de muchos pueblos de lenguas distintas. Se entregó a la lujuria de un modo tan desenfrenado, que promulgó leyes que pretendían hacer lícitos sus placeres, y así intentar disimular las culpas y el deshonor en el que había caído por tener una relación con su hijo. Ella es Semíramis, de quien se narra sucedió en el trono, después de muerto, al rey Nino, su esposo, convirtiéndose en la gobernante de la ciudad de Babilonia, que ahora está en manos de un Sultán.

La segunda que viene es Dido, quien se suicidó por amor, después de haber roto el pacto de fidelidad que le había jurado a las cenizas de Siqueo, su marido. Detrás de ella le sigue otra alma lujuriosa suicida; Cleopatra. Observa también a Helena, que por causa de ella murieron tantos y durante tanto tiempo, mira al grande Aquiles que combatió por amor. Ahí están también Paris y Tristán.

Prosiguió mi maestro, mostrándome un número enorme de almas que el amor arrancó de la vida terrenal, indicándomelas con el dedo. Después de haber terminado de nombrar a las mujeres de la antigüedad y a los caballeros, me sobrecogió un sentimiento intenso de compasión, tanto que por un momento estuve a punto de perder el conocimiento.

-Poeta –intervine-, me gustaría poder tener la oportunidad de hablar con aquellos dos, pues me llama la atención que vuelen juntos y que parezca, por la fuerza con la que son arrastrados, ser más ligeros que los demás.

-Verás que cuando pasen cerca de nosotros, si se los pides en nombre del amor que los arrastra, ellos vendrán. -me contestó-

Así que, en cuanto me di cuenta de que el viento los empujaba hacia nosotros, los empecé a llamar: “Oh, almas atormentadas, vengan a hablar con nosotros, si es que alguien no se los ha prohibido.” Y como las palomas que, atendiendo el llamado del instinto de amar, vuelan con las alas abiertas y rectas hacia su dulce nido, movidas sólo por el deseo amoroso, así fue que salieron volando esas dos almas de la parvada donde se encontraba Dido, se dirigieron hacia nosotros a través de ese maligno viento, mientras intentaba gritarles, afectuosamente, un saludo a modo de agradecimiento.

-Eres un ser viviente cortés y benévolo -inició a hablar ella-, pues aún en este tenebroso lugar, te encuentras visitando a gente como nosotros, que hemos pintado la tierra con nuestra sangre. Si tan sólo el rey del universo nos tuviera en su gracia, le pediríamos te tuviera en consideración y concediera paz, puesto que logras tener compasión por nuestro atroz sufrimiento. Eso que tiene ganas de escuchar y hablar, nosotros lo escucharemos y hablaremos contigo, mientras que el viento nos lo permita como lo hace ahorita; descubrirás quiénes somos.

La tierra donde nací -continuó ella- se sitúa en el punto en el que desemboca el río Po al mar, encontrando, junto a sus afluentes, la paz en el amplio océano.

¡Ay, el amor! Que de inmediato se rinde ante los corazones gentiles y las bellas personas, así como me rendí yo ante este hermoso cuerpo que ahora me acompaña, pero que en vida me arrebataron de tal modo, que aún me sigue doliendo.

¡Ay, el amor! Que no le concede a nadie que es amado, de no regresar amor a su vez. A él y a su belleza quedé sujeta con tanta fuerza, que como puedes observar, ni siquiera aquí nos separamos.

¡Ay, el amor! Nos llevó a una misma muerte. Pero la Caína, en lo profundo del Infierno, esperará a quien la vida nos arrancó.

Estas fueron las palabras que dirigieron hacia nosotros la atormentada pareja, y después de haberlas escuchado incliné la cabeza y me mantuve así hasta que el poeta, mi guía, me inquirió sobre lo que hacía: “¿En qué estás pensando?”, me preguntó, a lo que sólo le alcancé a responder; “Oh, cómo son dulces estos sentimientos, cuánto deseo hay en ellos, y cómo es que los fue arrastrando a tan fatal destino.” Después, me dirigí hacia ellos:

-Francesca, tu martirio me entristece y me llena de compasión hasta las lágrimas, pero por favor, dime, en aquellos momentos en los que los dos suspiraban al verse, ¿en qué modo o cuáles fueron las circunstancias para que el Amor los condujera a ceder ante los deseos del pecado?

-No hay mayor dolor –me contestó- que el recordar los momentos de felicidad cuando uno se encuentra en la desgracia, y esto lo sabe bien tu maestro que te guía. Pero, ya que estás interesado en conocer el momento que originó nuestra condena de amor, te lo diré, aunque tenga que hacerlo intercalando palabras y lágrimas. Cierto día nos encontrábamos leyendo por entretenimiento el libro que narra cómo Lancelot amó a Ginebra. Estábamos solos y nunca imaginamos lo que habría de suceder. Varias veces la lectura hizo que nos buscáramos las miradas, como si reconociéramos en ellos nuestra historia, lo que nos hacía también empalidecer de vergüenza, pero fue una parte muy precisa la que nos venció ante el deseo; cuando leímos que la boca, tan deseada, de Ginebra, fue finalmente besada por su amante, entonces Paolo, que no se separará nunca más de mí, temblando, besó la boca mía. El libro se convirtió, como lo hacía el personaje Galeotto en la trama, en nuestro alcahuete. Desde ese momento, no volvimos a leer ni una página más.

Mientras el espíritu de Francesca nos refería esta historia, el otro no paraba en su llanto desesperado. Tanto fue el sobrecogimiento que sentí, lleno de compasión, pero tan mermado en mi persona, que terminé por desmayarme, como si muriera también.

Cayendo, como cae un cuerpo muerto.


Para seguir leyendo la Divina Comedia en esta traducción especial, te invitamos a comprar el libro.

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