Sobre Descartes, el alma y el lucero de la mañana

Pequeña novela a entregas. Parte uno.


Capítulo I

Vienen los perros persiguiéndote, azuzados por los gritos de las sombras que, determinadas a alcanzarte, vienen corriendo detrás de ti. Es difícil distinguir cuántos son, debería de ser más sencillo, es luna llena, pero la neblina del bosque hace que todo sea confuso. Algo pasó, entraste a un lugar al que no debías, robaste, quizá, algo preciado. Tu presencia, tu ánimo curioso te ha llevado a adentrarte, cada vez más, a zonas prohibidas. Llegó el momento de pagar por lo profanado. ¡Corre! Los perros están por alcanzarte y por si eso fuera poco, el terreno se va inclinando conforme avanzas, te das cuenta, entonces, que estás subiendo una colina bastante empinada. Las sombras de los árboles son unos verdaderos gigantes de brazos abiertos, en cambio, tú eres un diminuto ser, casi insignificante, que corre desesperado por preservar su vida. Justo cuando empiezan a morderte los talones, es que tienes la certeza, lo sabes, va a ser inevitable, vas a afrontar todo el sufrimiento del castigo que se avecina, vas a morir. Pero sucede que el ánimo se reanima con nuevos bríos al percatarte que, sin esperarlo, te vuelves más ligero, tus zancadas empiezan a transformarse en saltos, uno más largo que el otro, uno más alto que el otro. Todavía no has ganado nada, también ellos han redoblado esfuerzos, pero mantente así, podría ser que aún cuentes con alguna esperanza.

Ahí, en la cima, en el punto más extenuante de toda tu carrera, donde parece que finalmente se han agotado todas tus fuerzas, das un último salto cerrando los ojos, haciendo tu mayor esfuerzo te concentras, intentas mover las manos bruscamente, agitándolas como si de algún modo pudieras jalar del aire para impulsarte, pones toda la intención que puedes reunir en ese último salto al vacío, y de pronto, lo que tanto anhelabas, pero creías imposible, sucede: estás volando. Has despegado, vas dejando abajo el mar de neblina salpicado por las altas copas de los árboles, como si fueran islas de un archipiélago lejano, perdido. Has escapado de esa amenaza de muerte porque tú, sólo tú, has logrado el milagro del vuelo.

—Lo sabía, siempre lo supe -con la calma recobrada, te permites pensar mientras atraviesas el cielo-, no podía ser este mi fin, estaba seguro de que iba a sobrevivir, de algún modo, pero lo iba a hacer. ¿Ahora, adónde me dirigiré?

Son las seis de la mañana, pero con el nuevo horario recién entrado en vigor, es como si fueran las cinco, por eso es que todavía está oscuro cuando suena la alarma del despertador. Como si los días pasados no hubieran sido lo suficiente intensos; el funeral de la abuela, la familia enfrentada por lo poco de valor que ha quedado de su sufrida existencia, el trabajo que no mejora, la continua falta del amor de una pareja y la incapacidad para conseguirlo, las deudas, la responsabilidad de ser una mejor persona en un mundo de gente indiferente y ahora esto, un sueño en el que cuando por fin, contra todo pronóstico, logro salir victorioso y salvarme de un destino que no quiero siquiera imaginar, se corta, se esfuma por el sonido que yo mismo programé unas horas antes. Me río porque es como si tuviera una habilidad muy sofisticada para boicotearme, y mira nada más qué alcances, incluso los sueños que pudieran hacerme sentir bien, terminan por amargarme mis primeros minutos despierto, pues antes de dormir me tomé el tiempo de elegir de un catálogo de sonidos molestos, el que más me diera la impresión que lograría interrumpir de manera eficaz mi sueño y claro, seleccioné que sonara, no antes, mientras me venía persiguiendo esa muchedumbre de sombras y bestias, sino para que entrara chillando como las trompetas del Apocalipsis cuando por fin, por mi propio mérito, me había salvado, y no nada más eso, sino que había, de alguna manera, evolucionado en la escala de las existencias, pues podía volar. Victorias inservibles, me aseguré de subirle el volumen a la alarma y colocarla a unos escasos centímetros de mi cabeza antes de irme a dormir, la dejé lista para que esperara con paciencia su momento triunfal, en el que me arrebatara una gloria que, a duras penas, siquiera acaricié. Lo normal.

Hay que levantarse y comenzar el día, pero la verdad es que por un momento parece más fácil el salto prodigioso del sueño, que salir de la cama. Ni modo, no hay opción tampoco aquí, hay que saltar de la montaña de cobijas, lanzarse y caer en el abismo de la vida cotidiana, habitada y compartida por tantos más como yo. Mientras me dirijo al baño voy pensando «¿Cómo es que la casita en la que vivió durante tantos años la abuela, donde crio a todos sus hijos, donde si acaso conocieron la felicidad, fue ahí, protegidos por esos pocos muros, ahora que está muerta, sea el motivo por el cual se odien tan encarnizadamente y no dejen por un instante de pelear, de sacar lo peor de todos? Pobre abuela, seguro si ella hubiera sabido que así iban a ser la cosas, y si hubiera tenido las fuerzas también, ella misma habría destruido esa casa con sus propias manos, sin importarle toda la historia que pudiera evocarle, no dudo que no hubiera dejado ladrillo sobre ladrillo, piedra sobre piedra, porque así era ella, preciaba por sobre todo, aquello que la hiciera feliz, en este caso, conservar la familia». Entro al baño y prendo la luz, en automático abro el grifo del agua y me inclino a hacer unos buches, no me voy a lavar los dientes, voy a tomarme un café primero y luego regreso a lavármelos antes de salir al trabajo. Acerco las manos y junto un poco de agua para lavarme la cara, que aunque no cambie mucho, esa simple lavada y una sonrisa hacen más llevadera la primera impresión de mí mismo al verme al espejo en las mañanas, supongo que hoy va a ser particular, con todo lo acumulado veamos qué tal sale la sonrisa esta vez…

Y es aquí donde el relato se pone algo extraño… al subir la cabeza para enfrentarse al espejo, la sorpresa y el desconcierto lo invadieron; no había ningún reflejo. El temor se apoderó de él, hundido en ese pequeño cuarto de baño, se llevaba, desesperado, las manos a la cara, o más bien, a donde debería de haber estado su cara. Nada, tan solo un cuarto vacío con la luz prendida antes de que salga el sol, eso era lo único que regresaba ese espejo. Agitaba bruscamente las manos, como si de algún modo pudiera así exigir que le regresase también una imagen suya, terminó entrando en pánico y desmayándose. Nada, absolutamente nada se reflejó, sólo el baño, pues él no tenía sustancia. Cogito ergo sum.

—Con esta historia que les acabo de contar -se dirige el profesor al salón lleno de estudiantes-, es como Descartes intenta comprobar la existencia de algo tan sutil como enigmático: el alma. Como pudieron ver, el personaje, aunque no posea un cuerpo, es capaz de anhelar el amor de una pareja, de tomar decisiones, tan banales como levantarse de la cama, aunque esta pueda parecerle una tarea titánica, o tan trascendentales como lanzarse al vacío, pues antes de saber que estaba soñando, no tenía idea. Puede discernir, de una situación de conflicto como la de la herencia material de la abuela, lo que sería «lo justo y lo injusto», es decir, desarrolla la idea de algo que ni siquiera existe en la realidad, al menos no de manera perfecta: la justicia. Es más, hasta los momentos de euforia o depresión, de calma o de miedo, de concentración y dispersión, existen en este ser inmaterial, forman parte de su naturaleza que le permite sentirse elevado o hundido, y que a pesar de que no posea un cuerpo físico, como apuntamos, pudimos, sin problemas, presentar y seguir la historia, pudimos identificarnos, en una u otra medida, con algunos pasajes de la experiencia narrativa vivida por nuestro personaje. Pero, porque hay un gran pero, todo esto podríamos tirarlo a la basura por completo, así es, pues bastaría con quedarnos con una sola cosa para darle peso al argumento: el personaje piensa. Esto, que podría parecer trivial, es realmente muy importante, aquí está el gran truco de Descartes, con esto está intentando convencernos que pensar, esa acción que nos constituye, se hace con algo inmaterial, y que por lo tanto, si nos apegáramos a la razón, entonces tendríamos más certeza de que existimos porque pensamos, que por tener un cuerpo. Ese ‘cogito ergo sum’ es realmente un intento de comprobar que somos una existencia inmaterial, y queridos estudiantes, intentar comprobar que somos una existencia inmaterial, es intentar comprobar la existencia del alma. Así es, iniciemos este curso abordando un tema sensible para nuestra sociedad. ¿Sí lo logra Descartes, o cómo lo sustenta, más bien? Lo veremos el jueves, les pido sean puntuales y revisen durante la semana la plataforma de la escuela, subiré las lecturas de esta parte. Gracias, pueden retirarse.

Conforme el salón se inunda de los sonidos de las sillas arrastrándose, las tantas voces que rompen en una especie de murmullo, las libretas, las mochilas, las puertas cerrándose, Julia, la estudiante recién llegada de un pueblo no tan lejos de la capital, se abre paso entre sus demás compañeros, obstáculos de carne y hueso que parecieran movidos por el azar, hasta que por fin logra llegar al escritorio del profesor, que todavía se encuentra manipulando algunas hojas, haciendo como que guarda sus cosas mientras espera discretamente a que salgan todos.

—Profesor, disculpe, no quisiera quitarle de su tiempo, es que me ha causado mucha impresión esta clase y si le soy sincera, también he quedado un poco consternada, por así decir, quisiera compartirle una duda que me ha quedado, si es que todavía tenga un par de minutos, sino no hay problema, me retiro y ya será en otra ocasión, supongo.

—No, no, en lo absoluto, no se preocupe, todavía tengo un par de minutos. Dígame, cuál es esta duda en la qué posiblemente pueda ayudarle, este…

—Julia, Julia Contreras Tonalli, maestro, muchas gracias. Mire, intenté ir siguiendo su explicación de la mejor manera en la que me fue posible, lo hice, creo yo, de forma aceptable pues me pareció entender el punto, aunque seguro se me han pasado varias cosas a fuerza de concentrarme en el argumento principal. La cuestión, para no hacer el rodeo largo y quitarle más tiempo, es que al final de su explicación me quedó la sensación de que algo no cuadra, disculpe que lo diga así, es que siento, y digo «siento» también porque no lo puedo explicar, no tengo la claridad para formularlo, que hay algo mal en que se pueda llegar a una conclusión tan trascendental de un modo tan sencillo, quiero decir, que exista o no exista el alma es una cuestión fuerte, radical, quién sabe qué tantas cosas se fundamentan sobre ella en nuestra sociedad. ¿Puede un ejercicio creativo en donde se acomoden circunstancias y personajes comprobar lo que místicos buscan en monasterios y montañas? Entré hoy a su clase con la certeza de que todos en este planeta compartimos la incertidumbre sobre la muerte, y para mi sorpresa, siento que me encuentro saliendo con los elementos que podrían revelarme que lo que realmente soy es un ser inmaterial, un alma, un poco esa sensación que debió haber sentido nuestro perseguido cuando cobró vuelo. ¿Acaso un cuento tiene en verdad la capacidad de hacernos experimentar la epifanía que nos revele nuestra auténtica naturaleza?; y lo haga mientras me encuentre tomando apuntes en mi banca, y no en alguna cueva de alguna montaña sagrada. ¿Cómo puede ser posible? Siento que hay algo en todo esto que simplemente no puede encajar, que hay algo importante que se podría estar omitiendo para poder hacer una afirmación de esta dimensión con el simple uso de la razón. No sé, muy seguramente yo esté viendo las cosas sin objetividad o sin comprenderlas, y por eso haga preguntas y comentarios con poco sentido. ¿Usted cree en el alma, maestro?

Julia era una joven con unos grandes ojos, oscuros y profundos, no tenía mucho que había llegado a la ciudad a estudiar, unos seis meses, tiempo suficiente para instalarse en un cuarto de estudiantes, encontrar trabajo de mesera en un bar y conocer las rutas que la llevarán del trabajo a la casa y de la casa a la universidad. Desde muy niña había adquirido un temperamento que tenía una linda apariencia de ternura, quedaba muy bien con los largos rizos oscuros que alborotaban el contorno de su rostro, pues ellos también revelaban su naturaleza salvaje, competitiva, dueña de su vida. Su padre la había dejado cuando tenía seis años. Apenas una semana después de su cumpleaños, el señor, sin previo aviso, le comunicó a su mamá que ese mismo día salía, junto a un grupo de migrantes que iban de paso, hacia Estados Unidos, iban a intentar cruzar la frontera y encontrar trabajo de lo que fuera. Al despedirse, el papá de Julia le prometió que iba en camino a comprarle la muñeca más hermosa que jamás hubiera visto ninguna niña en el pueblo. En los meses siguientes habló por teléfono una sola vez con él y nunca más volvieron a tener noticia alguna de su existencia.

—Ya veo, señorita Tonalli -el profesor ahora sí estaba listo para abandonar el salón vacío-, permítame comentarle que nada de lo que se vea en este curso va a ser una verdad absoluta. Si me acompaña mientras camino, puedo hacerle un par de precisiones. Lo que intentamos hacer en estas clases es comprender, de una manera más clara, cómo se ha procedido en nuestra sociedad para explorar el fenómeno de la muerte. ¿Acaso estamos compuestos de un cuerpo material y uno inmaterial? ¿Puede este último sobrevivir al colapso definitivo del cuerpo? Estudiando las respuestas que se han dado y cómo llegaron a ellas, entenderemos lo relevante que han sido para la conformación de nuestra cultura. Le adelanto que le resultará una verdadera revelación, para usar las palabras que usted utilizó, descubrir lo condicionados que estamos a ver el mundo de acuerdo a esas respuestas, y en ese sentido sí le pediría que sea más humilde, se llevaría una enorme sorpresa al descubrir que se pueden experimentar cierto tipo de epifanías dentro de las aulas de esta academia. No dude en compartirme sus dudas o comentarios sobre el curso, siempre y cuando el tiempo me lo permita, veré de orientarla. Ah, por último, si le sirve de consuelo, señorita Tonalli, no, no creo en el alma. Bonita tarde.

Después de despedirse con la seriedad y educación habitual, el profesor se echó a andar por el largo pasillo que conduce a la cafetería de la facultad. Mientras veías cómo se alejaba, sus últimas palabras te rondaron por la cabeza, había algo que no logras identificar, algo que no te agradó de él, ¿qué fue, ese tono y actitud de autoridad con el que se maneja?, ¿esa distancia que marca y mantiene con toda esa formalidad?, ¿o será acaso que de algún modo estés viendo en este curso la promesa de algo que no se te ha cumplido, y tienes miedo de que haya llegado ese momento? Levantas la mirada y del reloj del pasillo comprendes que se te ha hecho tarde, tienes veinte minutos para estar lista, atendiendo a los clientes en el bar, que aunque sea martes, es concurrido desde temprano. ¡Corre! Un retardo más y ya no será sólo un descuento, sino que te enfrascarías en una serie de problemas que arruinarían definitivamente tus planes. ¡Corre, Julia!

Lee el Capítulo II

Un comentario el “Sobre Descartes, el alma y el lucero de la mañana

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