Sobre Descartes, el alma y el lucero de la mañana (II)

Pequeña novela a entregas. Parte dos.


Capítulo II

«Si le sirve de consuelo, no, no creo en el alma, bonita tarde», pero qué clase de frase tan estúpida es esa, ¿qué impulso me hizo despedirme así de esa joven?, para una persona normal esto sería una enorme contradicción, pues justamente por consuelo es que se cree en ella. La gente común difícilmente lograría percatarse del grado de intimidad que se esconde en esa oración que solté; es algo así como los saludos de las logias secretas, que a través de ciertos gestos cifrados, inaccesibles a la comprensión de los no iniciados, hace que se reconozcan como iguales, como pertenecientes a un grupo muy particular de personas que comparten cierta revelación oculta. Así somos nosotros, sólo que en este sentido, a diferencia de la gente común y de las sociedades secretas que operan bajo el velo de las sombras, nuestro gesto cifrado, lo que en verdad nos hermana y nos identifica, salta de inmediato a la vista: somos los que no encontramos consuelo en la idea de ser salvados, somos los que no habitamos un cuerpo, sino que lo conformamos. Listo, lo he enunciado y lo seguiré haciendo el resto de mis días; ningún credo, ninguna ilusión, ninguna promesa mas la que nosotros mismos nos hagamos. Solos y a expensas de una vida que por momentos es un remanso de felicidad, aunque buena parte del tiempo resulte un torrente de sufrimiento, al cual reaccionamos de una de dos: u odiamos siquiera voltear a ver, o nos revolcamos en él poniendo hasta la cara de frente, hundiéndonos hasta donde podamos. Como sea, me doy cuenta que me ha causado una extraña impresión esa joven, ¿por qué es que pude pensar que pudiéramos compartir esa claridad, a pesar de su corta edad? Compartir la marca maldita de quien se ha querido emancipar, el signo por el cual la sociedad ha encontrado un pretexto más para encausar su violencia contra quien decide ver el caos directamente. Son incapaces de percatarse que esa claridad, esa visión, es el modo en el que nuestra especie exige el derecho a un destino, sea lo que sea que intente decir esa palabra. ¡Eso es!, la frase estúpida, lo que yo realmente le estaba diciendo a esa joven es: «Espero que te sirva de consuelo saber que no estás sola en esta vida llena de ilusiones y falsas promesas, alguien más, como tú, te ha reconocido y está cerca de ti, bonita tarde, Julia». ¡Carajo!, ahora sí que el insomnio está desesperado, mira que echar mano de esta parte del día para mantenerme despierto es hasta sádico, si algo así puede hacerme dar tantas vueltas en la cabeza, quiere decir que se pronostica una noche pesada. A jugarle sucio yo también, sino esto se prolongará por horas y cuando menos me lo espere, será de día nuevamente, fatal. Vayamos a la cocina y abramos la botella de vino que me regaló Gretel, en fin, todavía tengo que revisar algunos de los trabajos. Estoy seguro que me dormiré antes así, que si me quedo peleando contra mi divagar acostado en la cama. Tigre de mil batallas.

El profesor Colombo llevaba casi cincuenta años dando clases en esas mismas aulas, se había convertido en una de las personalidades de la facultad de filosofía, más por la manera en la que se abarrotaban de estudiantes sus cursos, particularmente el que él mismo había propuesto a la junta universitaria y que había terminado por convertirse en el más frecuentado, el de la muerte, que por la barba que le enmarcaba el rostro, los lentes redondos y lo inflexiblemente formal que era para hacer un reclamo o uno de sus muy escasos cumplidos. Tenía fama de ser duro. Ernesto Colombo nunca se casó, sino que había compartido parte de sus cuarentas con quien podría haber sido su pareja más estable, o la única, Nico, algunos años menor que él, era parecido a un fantasma de rostro atormentado que hacía sus apariciones sólo durante los momentos de mayor soledad, pues acurrucado en sus brazos y en las respuestas que hallaba en Ernesto, encontraba calma, y quizá, una ligera sensación de felicidad. Un día las visitas espectrales se acabaron, el fantasma había recobrado su cuerpo e iniciado una nueva vida, lejos de ese sueño que irrumpió, durante algunos años, la monótona vida del maestro, a quien le quedó, por un tiempo, la amargura de su ausencia.

—¡Ay, señor Colombo!, disculpe que haya yo entrado así en su habitación, es que no estaba segura si usted seguía descansando o estaba ya en el baño. Lo que pasa es que está el veterinario en el teléfono y quiere hablar con usted, ya le dije que yo podía tomarle el recado, pero insistió en hablar solamente con usted, tanto, que sino no me hubiera atrevido a entrar de esta manera y molestarlo, espero me comprenda.

—Se me ha hecho un poco tarde esta mañana -se limpia la garganta y se frota los ojos mientras termina de despertarse-. Coméntele, por favor, que en cinco minutos le regreso la llamada. Necesito al menos enderezarme y lavarme la cara antes de empezar a interactuar. Ah, Juanita, será que le pueda encargar, si es tan amable, que además de abrirme las cortinas, me vaya sirviendo una taza de café, en un momento salgo y me incorporo. Gracias.

Hipócrates había muerto, ese era el mensaje urgente. Siete años habían sido pocos para un gato que había recibido tanta atención, no sólo del dueño, que se había realmente encariñado, sino de todos los vecinos del condominio. El veterinario explicó que se debió a una enfermedad de inmunodeficiencia transmitida por un virus, algo que era, hasta cierto punto, común contraer por lamer la herida de algún felino infectado. La ironía de la vida; el gato llevaba el nombre del padre de la medicina y falleció muy enfermo por, precisamente, «atender» las heridas de otro compañero suyo. Intensifiquemos lo irónico, la naturaleza de la enfermedad de Hipócrates, el proceso biológico que acabó con su vida, fue justo la destrucción de su capacidad para curarse. Como si uno en el nombre tuviera cifrada su suerte o dictada su condena. ¿Qué quiere decir Ernesto?

—¡Maestro, -grita la vecina- qué bueno que por fin lo veo, no sabe cuánto lo siento! Ya sé que usted y yo, a pesar de llevar añísimos viviendo uno enfrentito del otro, casi nunca hemos hablado, bueno sí, un «hola», un «buenos días» y de ahí no hemos pasado. Bueno, pues no ha de creer lo bien que me llevaba con su michito, que era como mío también, era un amor, un solecito que andaba arriba y abajo con su carita tierna, ya no sigo porque lloro, no puedo creer que ya no esté entre nosotros, mi pobre Toñito. Perdone, así le llamaba de cariño yo, Toñito. Pero maestro, por favor, pase a tomar una taza de té a mi departamento, no le vaya a hacer la grosería a una mujer solitaria que perdió lo mismo que usted este día. Hagámosle un pequeño velorio entre nosotros al pobrecito, algo chiquito, simbólico, hablar tantito de él, dedicarle un momentito a su memoria, nosotros, que de alguna manera fuimos sus seres cercanos. Bueno, si no es que esté ocupado con otras cosas.

—Buena tarde, vecina, estoy sorprendido de que ya sea conocida la noticia, lamentablemente es cierto, esta madrugada ha decidido abandonarnos nuestro querido Toño, que ahora que lo menciona y me entero, no sé porqué pero tengo la fuerte impresión que él hubiera preferido ese nombre. Tiene razón, yo también siento que sería una buena acción que brindemos con una taza de té por las hazañas del gato, que sin saberlo yo, nos creó un vínculo, un punto de unión, algo lindo para dejar después de su paso por la vida. Permítame nada más entrar a guardar mi maletín y lavarme un poco. En un momento estoy con usted.

—Ay, maestro, qué gusto me da que acepte, sí, no se preocupe, vaya, vaya, tómese el tiempo que necesite, yo estaré alistando todo. Por cierto, puede llamarme Cris, como de Cristina, vaya, dejaré la puerta entreabierta para que pase directamente, siéntase como en su casa en cuanto entre.

Increíble cómo Hipócrates me siga generando compromisos aún después de muerto, ahora en qué me has metido, gato malvado. Bien podría quedarme acá y estar tranquilo con mis asuntos, a lo mejor pueda hablarle por teléfono y poner como pretexto que he recibido una llamada de la universidad, que necesitan, de inmediato, algún informe o reporte, uno de esos papeles que alimentan y mantienen vivo al monstruo de la burocracia. No, no tengo escapatoria esta vez, ya dije que sí iba, además, no tengo modo de saber su número. Vayamos, me tomo rápido la taza que me ofrece y nos regresamos, porque es verdad que todavía tengo trabajo pendiente, además, no he logrado resolver el problema de la agenda del viernes, ya solamente faltan dos días y siguen esperando mi confirmación para asistir al debate de moralidad, un tema que, en lo personal, detesto debatir porque buena parte de los asistentes se dividen en dos: los que están ahí para convertir adeptos, y por lo tanto no están debatiendo, aunque simulen estar muy dispuestos; y los que fueron empujados por la necesidad de encontrar un refugio a los dolorosos errores de la vida, los que, quizá, hubieran sido menos, si hubieran contado con la guía de una moral que se los evitara. Es gente desesperada como sea, que no asiste con el afán de expandir las ideas, de aclarar los conceptos desde un punto de vista más tolerante, con la conciencia de que todos estamos ahí para aprender. Qué no se nos olvide que somos siempre estudiantes, en especial en los momentos en los que se supone que no. Confirmaré mi asistencia.

—Con permiso, señora Cristina, soy yo, el profesor Colombo, disculpe la tardanza, ¿puedo pasar?

—¡Acá, maestro, al fondo, siga mi voz! ¡Ya sólo lo estamos esperando a usted!

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2 comentarios el “Sobre Descartes, el alma y el lucero de la mañana (II)

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