Sobre Descartes, el alma y el lucero de la mañana (III)

Pequeña novela a entregas. Parte tres.


—¡Carajo, Yuli, contesta! Quién sabe cuántas llamadas perdidas mías tengas ya. ¿Qué te pasa, lloraste tanto por este trabajo para tirarlo a la basura? ¿Eso quieres, que te corran? Con una chingada, ¡revisa aunque sea los mensajes, Yuli, no te vuelvo a ayudar!

—Ya voy. Tranquila, Kari, por favor, estoy llegando. ¿Ya llegó la jefa? ¿Hay gente?

—¡Vaya, hasta que por fin te dignas en responder! ¿Te has vuelto loca o qué te ha pasado? ¡Claro que ya está la jefa acá, ya me preguntó por ti! Le dije que estabas en el baño, así que más vale que te apures y estés aquí para cuando dé su segunda ronda, porque te juro, Yuli, si me haces quedar como una mentirosa, ¡no te vuelvo a hablar el resto de tu vida!, ¿me entiendes?

—Ya estoy entrando.

—>:/

El Petite mort es un bar del centro de la ciudad que estaba en proceso de convertirse en restaurante, sino es que ya lo era del todo, sólo que no terminaba de dar ese salto al rubro de los alimentos, pues su venta principal seguía siendo la cerveza. Es verdad, la mayoría de los clientes habían dejado de ser estudiantes, que si bien nunca faltaban, ahora la clientela estaba, cada vez más, conformada por personas entorno a los treintas, así como uno que otro despistado algunas décadas mayor. El ambiente solía ser lo suficiente inspirador y atractivo, como para ser el punto de partida de varias historias que circulaban por la ciudad, para bien o para mal. Un par de veces al mes procuraban organizar tocadas que infaliblemente terminaban por atiborrar el lugar hasta el tope. Durante la hora pico eso parecía un hormiguero en plena ebullición, las mesas desaparecían y todo se pagaba conforme te lo entregaran, lo increíble era que de manera inevitable se acabara la cerveza, no porque no se hubiera previsto, sino porque simplemente ya no había espacio donde almacenarla. Eran maratónicas esas sesiones, lo normal siempre era que renunciara más de uno, durante o apenas acabando el turno, era toda una proeza salir entero de esas jornadas. Ese es el motivo por el cual los trabajadores de ahí podían contarse como pertenecientes a dos categorías muy distintas: los veteranos, individuos que habían aprendido a disfrutar de la presión, los gritos, los accidentes, seres que podían coordinarse entre ellos por medio de algo que pareciera telepatía, que lograban nadar entre ese mar de cuerpos como si fuera su medio natural, una cosa impresionante; en comparación a ellos, estaban los novatos, pobres desgraciados, algunos podían llevar pocos días trabajando y otros eran contratados específicamente para esa ocasión, eran vistos como carne de cañón, estaban ahí para ser descartados, su tarea era, en un lugar en el que apenas se podía caminar, mantener limpio, eso implicaba que en el piso no debiera haber botellas tiradas, vasos rotos, comida o líquidos desparramados, y por supuesto, algo que llegaba a ser habitual después de exagerar con el alcohol: vómito, que por extraño que pueda parecer, no era tan malo, después de todo, las reglas del bar establecían una cuota a pagar al cliente responsable de regresar los alimentos y líquidos en sentido contrario, al final, limpiarlo representaba un dinero extra. Y bueno, también estaban los baños, pero de esos mejor ni hablar, ahí era imposible identificar a los autores, probablemente ese anonimato hacía de aquellos cuartos el receptáculo de una saña malvada, de una ira social acumulada que podía ser expresada a escondidas sólo en ese tipo de espacios. Limpiarlos era la resignación total, cada media hora.

—¡Julia! No te había visto, ¿vienes llegando?

—¡Jefa, hola! No, disculpe, salí un momento nada más, lo que pasa es que se me olvidó la mochila en la universidad y un compañero me hizo el favor de venírmela a dejar.

—Qué bueno. Oye, como habrás visto, está llegando gente, creo que hoy estaremos casi llenos a pesar de ser martes, me comentaron que a la vuelta hay un festival de teatro desde ayer y tal parece que acaban de descubrir el bar. Cucho ya montó tu área, él la va a atender hoy, yo se lo pedí, te estuve buscando desde hace media hora pero, pues no te encontré. Y hay otro problema, el chavo que iba a apoyar a Joaquín con la loza, nos dejó plantados, ya de plano hasta apagó su teléfono, así que te voy a pedir que por hoy, tú lo apoyes.

—¿En la loza? Entendido, jefa, no hay problema, yo me encargo.

—Ah, y Julia, por favor, no se te vaya a olvidar, este sábado tenemos un evento importante, quién sabe, a lo mejor termina siendo el más grande del año, así que te voy a necesitar, ¿vale? Para que llegues temprano.

Los lavalozas o dishes, como les llaman, son una especie de raros visitantes de algún círculo más profundo del infierno laboral de la ciudad, como si hubieran logrado escapar de alguna condena cruel, marcados físicamente por los duros trabajos pasados, ellos llegaban y pedían voluntariamente que se les concediera la tarea que todos consideraban el castigo que era capaz de doblegar hasta los veteranos, casi que lo añoraban. Normalmente duraban varios meses, eran unas máquinas devoradoras de trastes sucios, de trabajo rudo, unos demonios ataviados de bolsas de plástico como trajes improvisados, sumergidos en montañas de detergente, ejerciendo su poder con los que ahí eran condenados a purgar alguna pena, pues esos eran sus dominios, al fondo de un pasillo con coladera y llaves de agua, pegado a los baños. Ahí, donde caían los que pretendían pasar de esa masa anónima de quien recién se integra, del escalón más bajo del bar, al podio de los veteranos. Los dishes tenían otra particularidad, así como de pronto aparecía uno y duraba meses, del mismo modo desaparecía, como si la profundidad original de donde provinieran, los reclamaran de vuelta: lo inexorable del destino.

—Qué pasó Joaco, qué hay, acá te vengo a echar la mano hoy con el relajo de la lavada.

—¿Tú, mi flaca? No le hagas, si hoy va a estar bien intenso, ya me dijo la jefa, no ves que por eso andaban buscando como locos al Canek, que ya los mandó a volar. Además, ni siquiera cuando eras novata desfilaste por aquí, cómo va a ser, o me estás bromeando o ahora sí hiciste enojar a la jefa. ¿Qué es, entonces?

—No está enojada, mi Joaco, está lo que le sigue: encabronada, yo creo que esperaba, o espera, que renuncie hoy. Ya van varias veces que llego tarde, a pesar de que han hablado conmigo, me descuentan cada que vengo a trabajar, se ha dado cuenta de que le he dicho algunas mentiras, son varias cosas. No estoy en su gracia, para acabarla pronto. Pero tú tranquilo, puede que no haya estado de dish antes, pero traigo toda la actitud de acabar la jornada con una sonrisa, a mí nadie me va hacer perder este trabajo, vas a ver.

—Entonces vamos a ver qué tanto logras mantener esa sonrisa cuando veas llegar el trasterío -le dice Joaco riendo conmovido, se dio cuenta de que Julia estaba en sus manos, tenía el poder de saturarla al grado que, antes de las doce podría haberla hecho renunciar sin problema, la sangre bombea en su corazón-. Te voy a dar un consejo, como muestra de buena voluntad, si no te quieres ir de aquí con toda tu ropa empapada, no te pongas el mandil, te voy a dar unas bolsas de basura, sólo déjame cortarles aquí. Listo, ponte esto, te va a mantener seca. Ya hay una cubeta de detergente en tu lugar, párate ahí, ahora nada más tenemos que esperar, no tarda en comenzar el relajo.

Tiene veintiocho años, pero del rostro y de un par de cicatrices gruesas en un costado del brazo izquierdo, nace la impresión de que se trate de alguien mucho mayor, y si tan solo, de algún modo, pudiéramos ver por todo lo que ha pasado, lo que le ha tocado vivir, sería imposible entonces calcularle la edad, hay personas que mueren sin tener tantas experiencias, ¿cómo medir eso en años? Y aún así, su historia no tiene nada de especial, es una constante que se repite como eco viciado por las periferias de las ciudades del país, zonas marginales a las que el gobierno les da la espalda, visitadas por alguna autoridad o político cada que hay una inundación, algún cadáver o elecciones. Padre de cuatro, tres niñas y un niño de otra mujer, con la que a veces vive, Joaquín es un poco una figura ausente, no sabe ser papá, el suyo vive, por lo regular, tirado en las banquetas, destilando aguardiente. El cariño de su madre es el que, a pesar de tantas dificultades, le había permitido albergar en él una chispa de felicidad. El amor que recibió de ella fue dosificado, dado a cuentagotas, con el miedo de que las inclemencias de la vida se lo secara o se lo arrebatara de su corta niñez, fue tan simple como el luchador de plástico envuelto con un moño el día que cumplió cinco años, o el carrito que recibió cuando salió de la primaria; ese fue un buen día, regresaron caminando a casa, permitiéndose soñar por un momento, aunque sea, con un futuro esperanzador. Tampoco es que ella tuviera mucha experiencia o entendimiento en amar, lo hacía, no obstante sintiera que era algo que no tuviera permitido hacer, como soñar.

—¿Qué pasó mi flaca? Apenas pasa de medianoche y ya no veo esa sonrisa que me presumías -Joaquín había estado trabajando a marcha forzada todo ese tiempo sin detenerse, con tal de aligerar la carga de Julia-, y como te dije, lo bueno apenas comienza como a la una, así que vete preparando porque de aquí no te vas hasta que acabes.

—No seas malo, Joaco, le he estado echando todas las ganas pero es muchísimo, ya no siento las manos, me arden los ojos, tengo los pies hechos una sopa, tres platos rotos y una copa que me descontarán, me estoy muriendo por fumarme un cigarro, pero mírame, ¡voltea a verme, Joaco -juntando fuerzas, logras brillar por un instante entregándole tu mejor sonrisa-!

En cuanto el lavaplatos alza la mirada para verte, la imagen que contempla es espectacular, la luz que cae sobre ti hace ver unos rayos dorados naciendo alrededor de ti, coronándote como una especie de antigua divinidad renacida. Las montañas de espuma del detergente por un momento se transforman en un elemento mítico de la creación del tiempo, las bolsas azul claro que te envuelven parecieran lo único que cubre tu cuerpo desnudo, joven, erguido, alzándose de entre la sombras como una estatua marmórea de victoria. La sonrisa que le muestras es lo más mágico que ha sucedido en ese cubículo lleno de trastes sucios.

—Córrele, Yuli, ve a fumar, se supone que nosotros no podemos, pero ve rápido, te cubro. Ya luego me regresarás el favor.

Te despojas de tu traje improvisado y sales corriendo a las escaleras del almacén, el lugar designado a donde se van todos a hacer su pausa, despabilarse unos minutos del ruido, fumarse un cigarro e intercambiar algunas palabras. Pasas por la zona que atiende tu amiga Karina y le haces una seña discreta para que te alcance, que ella, en cuanto te ve, no tiene necesidad siquiera de esperarla para salir tras de ti.

—¡Yuli, no puede ser, no me imaginé que te fueran a enviar de dish! ¿Cómo vas? A mí no me han dicho nada y ves que yo te solapé, ay nena, perdón que te haya estado apurando así, pero ves cómo me pongo de nerviosa.

—Sí, Kari, yo hubiera estado igual o peor, te entiendo, no te preocupes. ¿Me prestas tu encendedor? Ha estado bien intensa la sesión de lavatrastes -prendes el cigarro, le das una buena bocanada, cierras los ojos y echas lentamente la cabeza hacia atrás mientras liberas el humo-, pero Joaco es un amor conmigo, no para de hablar, ya me contó toda su vida, y aún así lava más de cuanto habla, cómo le hace, quién sabe, en una de esas lo hace para ayudarme. ¿Tú qué tal, cómo vas -le das otra fumada y le pasas el cigarro a tu amiga-? ¿Sí lograste investigar lo que te pedí?

—Aguas con Joaco, se ve que es canijo, sé que tiene varios hijos -Kari le da una buena bocanada al cigarro y suelta el humo mientras habla-, pero qué bueno que te esté echando la mano, porque sí hay un montón de gente hoy. Sí, ya te investigué lo que me pediste, amiga, pero primero me tienes que decir para qué lo quieres, ¿de qué te sirve la dirección de Samuel? No me digas que te gustan los señores -se ríe mientras vuelve a jalar humo y te lo pasa de nuevo-, ¿o qué?

—Sí te voy a contar, te lo prometo, y más a ti que eres mi amiga -el cigarro es más brasa prendida que tabaco en este punto, aún así le das otra fumada-, pero espérame todavía, tengo que estar segura, no es nada malo, te lo prometo, pero… ya verás -le muestras el filtro quemado-, te veo terminando, tengo que regresar ya.

—¡Córrele, Yuli! Ya te la envié desde hace rato por mensaje. Está bien, nada más no quiero que te vayas a meter en algún problema, me preocupo por ti, amiga.

Esa noche fue muy larga, era mentira lo que te había dicho Joaquín, el momento más pesado había sido a las doce, pero en cambio, era verdad eso de que uno no se va hasta acabar, saliste a las cinco de la mañana, dos horas después de los meseros y cuarenta minutos después de tu compañero lavalozas. A los dos platos y la copa que habías roto, se fueron sumando algunos vasos y multas por haber dejado utensilios sucios, esos que te enviaron de barra cuando ya habías terminado, estabas destruida, sola y harta, apenas enjuagaste esas últimas cosas, al final te pagaron el equivalente a poco más de un par de vómitos, pero mantuviste el trabajo, que es lo que te importaba. Casi una hora para llegar a tu cuarto, apenas tienes las fuerzas suficientes para quitarte la ropa y ponerte tu camisón, te desplomas en la cama, lavarse no importa, apestas a jabón, estiras una pierna para jalar la cortina y cerrar la ventana, todavía alcanzas a ver la última estrella que brilla en el cielo cada vez más claro.

—Si todavía hay una estrella -balbuceas con los ojos cerrados mientras el sueño se apodera completamente de ti-, me consuela saber que aún estoy a tiempo para decirme «buenas noches, Julia, lo hiciste bien, nos vemos mañana.»

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