Sobre Descartes, el alma y el lucero de la mañana (IV)

Pequeña novela a entregas. Parte cuatro.


—Bueno, veo el salón lleno, iniciemos. Como siempre, les pido, por favor, que se sientan libres de alzar la mano para compartir dudas o aportaciones, si la situación es la adecuada, les daré la voz. La clase anterior, queridos estudiantes, la terminamos bosquejando una de las ideas principales de Descartes: el argumento cartesiano que intenta probar por medio de únicamente el pensamiento, no que la mente existe, digamos que eso lo damos por sentado, sino que su existencia debe de ser una separada de la del cuerpo, una propia e inmaterial. Hasta aquí espero que vayamos bien, lo importante, por ahora, es tener clara esa intención del filósofo. Tengo que admitir que hay algo de verdaderamente atractivo, y digámoslo, de mágico, en la forma que ideó para probar esto tan trascendental, como algunos de ustedes lo catalogaron la vez pasada, pues la herramienta principal es la imaginación, justo eso, la imaginación y sus límites. Espero recuerden cómo en la lección del martes, hicimos uso de una historia en la que imaginamos las peripecias de una mente sin cuerpo, fue un ejercicio fácil, ¿cierto? Bien, con la premisa que ya obtuvimos de esa narración, debería ser suficiente para que nazca en nosotros esa inquietud, se despierte eso por lo que estamos todos presentes en este salón: la búsqueda del conocimiento. Preguntémonos entonces, en aras de esta búsqueda -el profesor camina de un lado a otro del salón, llevándose constantemente la mano a la barba en tono reflexivo-, ¿si somos capaces de imaginar una cosa sin la otra, una mente sin un cuerpo, no querrá decir eso que son dos cosas completamente distintas? Si esto es verdad, entonces, la conclusión a seguir es: mi mente no es mi cuerpo, ni una manera de hablar de él. ¿Cómo deducimos que no es tampoco una manera de hablar de él? Pues porque eso implicaría que estamos imaginando al cuerpo sin el cuerpo, y eso es imposible, ¿qué no?

Es demasiado, no obstante tu corta edad, los desvelos del Petite Mort comienzan a pasarte factura. Notas que la voz del profesor Colombo se va haciendo cada vez más grave e ininteligible, entrecierras los ojos para intentar conseguir un poco de concentración, pero eso termina jugando en tu contra; tener los párpados semi cerrados sólo logra hacer que se vuelvan más y más pesados, hasta que te vencen. «¿No soy mi cuerpo? ¿Qué soy? ¿Qué clase de sueño es el que me encuentro viviendo? Mi auténtico reflejo delante de un espejo es la nada, ¿soy nada?» Te están tocando el hombro, estabas dormida, tu compañero de a lado te despertó del modo más discreto que pudo.

—Gracias, no he dormido muy bien últimamente.

—Perdón por el atrevimiento, no te conozco pero el maestro está tocando un punto interesante, y tengo la impresión que después me lo agradecerás, quién sabe, a lo mejor con un café -te sonríe-.

¿Qué pasó?, ¿te has sonrojado? Es verdad que no has conocido a mucha gente, tu ritmo cardiaco se acelera, has sido tú quien ha decidido hacer a un lado la posible vida social de estudiante a la que podrías aspirar.

—Entonces, jóvenes, hagamos un ejercicio desde la comodidad de sus asientos, yo seguiré dando vueltas por el aula. Bien, imaginen un mundo en el que su mano izquierda exista, pero la derecha no, fácil, ¿verdad? Claro, porque son dos cosas distintas. Ahora, intentemos imaginar un mundo en el que el profesor Ernesto Colombo existe y no existe a la vez, mucho más complicado, ¿no? Es, podríamos decir, porque yo, mi esencia, es una sola cosa, no podemos imaginar algo y no hacerlo al mismo tiempo. En este punto daré por hecho que se ha comprendido la lógica del argumento: si podemos imaginar la mente sin el cuerpo, significa, entonces, que son dos cosas distintas.

Del fondo del ala izquierda del salón, se levanta una mano.

—Adelante con el comentario de la persona de allá atrás, por favor.

—Gracias, maestro, es que me ha quedado algo de duda sobre lo que comentó de «otra manera de hablar del cuerpo», ¿podría, a lo mejor, darnos un ejemplo? Sólo para tener más presente a qué se refiere.

—Sí, buen señalamiento, veamos -se detiene unos segundos a pensar-. ¡La sonrisa! La sonrisa es un ejemplo bastante ilustrativo. Todos aquí somos capaces de imaginar una sonrisa, consideren que aunque esta no sea una parte del cuerpo en sí, es el resultado de tensar algunos músculos del rostro, motivados por una amplia variedad de sentimientos, que van desde la mayor inocencia hasta la más macabra maldad, pero aquí está el detalle, a pesar de toda la capacidad que tiene para representar mensajes complejos, y recordemos, no ser una parte del cuerpo, no podemos enfermarnos de la sonrisa, ni extirparla del rostro, no podemos imaginarla realmente si no imaginamos, al menos, unos labios, como los de la sonrisa del gato de Alicia en el país de las maravillas, ¿lo recuerdan? Es decir, eso es a lo que me refiero con «otra manera de hablar del cuerpo», porque es imposible imaginarla sin una referencia física, a diferencia, como decíamos, de la mente. Espero que esto responda la pregunta para todos. Les pido, por favor, revisen las lecturas que les he encargado para este curso, y vayan desempolvando sus estudios sobre Platón, les serán de uso para las siguientes clases, pues una vez presentada la cuestión de la existencia del alma o mente como individualidad inmaterial, habrá que hurgar en el pensamiento de nuestra siguiente duda: ¿es el alma inmortal? Para eso necesitaremos los argumentos del ateniense. Pueden retirarse, la clase de hoy ha acabado.

De un momento a otro se empiezan a alzar todos, se desatan los sonidos en el salón, las sillas moviéndose, los cierres de las mochilas, las libretas y libros de pronto son máquinas de ruido, mientras lentamente avanza la procesión de estudiantes hacia las puertas, como las manadas de animales que cuando les abren la puerta del establo se arremolinan hipnóticamente entorno a ella para salir; ahí, en ese embudo de cuerpos vas tú, buscando a tu alarma andante, despeinada, ojerosa, seguramente no con tu mejor atuendo, ni siendo el momento más apropiado, pero no importa, una vez que lo encuentras entre la multitud, decides atreverte a ser tú quien dé el salto:

—Pues tenías razón, sí que estaba tocando un punto interesante el maestro, me parece que es justo que te deba ese café.

—¡Mira nada más quién está aquí! Genial, te lo acepto, me pone contento encontrarme a una persona que se preocupa por hacer lo justo entonces -ríe-. Mi nombre es Ovidio, un gusto -te estira la mano mientras, sin quitar la sonrisa, te clava la mirada en los ojos-, ¿y cómo se llama la chava que se anima a dormir en una clase del profesor Colombo?

—¡Tengo una buena explicación para eso! Bueno, a lo mejor no, disculpa mi desfachatez, pero de todos modos veamos que no se comparta fuera de nosotros la historia de mi dormida, ¿vale? Mi nombre es Julia, Ovidio, vigilante de la clase de la muerte.

—Ah, eres simpática además de dormilona, está bien, es una combinación ganadora, hasta suena de alcurnia, pero déjame recordarte que te desperté por la búsqueda del conocimiento, como diría el profe, que te lo estabas perdiendo. Oye, Julia, no sé cómo andes de tiempo, pero creo que la verdad es que nos caería bien ese café de una vez, tampoco ando en mi mejor estado de concentración que digamos, y dentro de una hora tengo otra clase pesada, además, ya me dio curiosidad qué pudo haberte hecho dormir, o no dormir, más bien. ¿Cómo ves, te late si vamos a la cafetería?

¡Vaya, aunque el sujeto sea algo raro, hasta que por fin estás socializando aquí! ¿Te das cuenta que en los pocos más de dos meses que llevas en la universidad, esta es la primera vez que hablas con alguien que no sea para un trámite o pedir orientación? Es un buen momento, ¡ve!, hoy no te toca trabajar, tienes la tarde semi libre, por así decir, pues se te han acumulado lecturas y tienes la convicción de ir a revisar la dirección que te dio Kari, pero un tiempo te lo puedes tomar.

—A ver, Ovidio, hay algo que tenemos que aceptar tú y yo si queremos empezar con el pie derecho -ya sentados en la mesa intervienes de manera tajante-, y es que tenemos suerte con el café de aquí, ¡sí qué es bueno!, ¿qué onda con eso, no?, ¿será que haya una comitiva especial de profesores y administrativos que intervenga en la decisión de su compra, algo así como «la comisión universitaria de regulación de la calidad del café -tonteas un poco para arrancar la conversación-«? Digo, al fin y al cabo es una bebida importante para el estudio y el trabajo, es algo en lo que seguro se han de fijar.

—Entonces, ¿además de estudiar filosofía te dedicas a puntuar cafeterías, eh?, perdón pero, ¿ya has hecho algún recorrido por la otras facultades? Supongo que no porque eres nueva, pero estás de suerte, porque yo sí lo he hecho y te vas a sorprender con lo que te revelaré. Tienes toda la razón, yo también cuando llegué me di cuenta que el café de aquí era particularmente bueno, créeme, mi cuerpo funciona prácticamente a base de él, y en algún momento me asaltó la misma duda, así que tomé uno de esos folletos que traen el mapa del campus y me puse en marcha. ¿Cuál fue mi sorpresa? Después de mi recorrido, me di cuenta que el café de las demás facultades era como debería de esperarse: pura agua de calcetín, por eso es que se atreven a venir hasta acá algunos maestros y uno que otro estudiante que se ha enterado, son como aventureros con termo en mano. Así que sí me he dado cuenta, pero aquí te va mi hipótesis: tu teoría de la comitiva reguladora me parece que es un cuanto utópica, implica mucho trabajo de conciencia y de organización constante que, al menos yo, no es que la vea muy patente en esta facultad, y si te soy sincero, así como he visto que se manejan las cosas por aquí, estoy seguro que esa calidad se debe al capricho de un profesor en específico, uno que tiene la particular obsesión con el tema del café. Si quieres saber quién es, es fácil, es sólo cuestión de poner atención, estamos en su madriguera, es nada más y nada menos que el profesor López de filosofía antigua, él es el responsable. Mira, es el que está sentado allá -al voltear a ver hacia donde te señala, recuerdas haberlo visto ya en algunas ocasiones ahí-, esa mesa donde está, es prácticamente su oficina, aquí recibe a todos, además, a mí me ha tocado verlo discutir un par de veces con la gente de la cafetería; una vez presencié una verdadera escena de película, el profesor estaba enojadísimo, ve tú a saber el motivo, estaba como loco queriendo entrar detrás de la barra, intentaba saltarla y obviamente no lo dejaron, pero mientras señalaba desesperado su taza, que no paraba de agitar por el aire, le gritaba al pobre trabajador en turno, que para colmo era nuevo, en griego antiguo Σχινοκέφαλον, σχινοκέφαλον!, un insulto de hace unos dos mil años o más, ja,ja, ya te imaginarás el rostro del señor que no entendía lo que estaba pasando en ese lugar que de pronto parecía más un manicomio. Esa noche seguro regresó a su casa a contarle a su familia que la gente de filosofía está mal de la cabeza.

—¡Qué loca historia! Qué risa, cómo es que pueda haber maestros que pareciera que su cabeza está en otro tiempo y en otro lugar, aunque sus cuerpos ronden por estos pasillos todos los días, quién sabe en qué viajes extravagantes han de andar, digo, no sólo el profe López, también el de historia del alto medioevo, que no recuerdo su nombre, parece que se enoja cada vez que se da cuenta de que no está en Constantinopla, como que le enfada que entre él y Justiniano hayan unos mil quinientos años. Creo que yo, de algún modo, logro identificarme mucho más con el señor nuevo de la cafetería de tu historia, que con los maestros, a mí también me pasa de llegar a mi casa en la noche sin haber entendido qué diablos sucedió ese día, aquí, entre tanto desquiciado o en la vida en general, la verdad. ¿A ti no te sucede? Y otra cosa, para no quedarme con eso: sí, es utópico lo de la comitiva y lo de la organización que decía yo, lo cual está chido, porque sólo soñando con cosas mejores es que se llega a ser mejor, porque hay un hecho innegable; el profesor López, si en verdad es él el responsable, nos está mostrando que se puede tener buen café con los esfuerzos de un solo hombre, entonces cuanto más fácil sería para un grupo de personas, que como tú y yo que ya somos conscientes de esto, podernos organizar para mantener la calidad, aún sin la presencia del maestro. La utopía no sólo es necesaria, es una responsabilidad.

—»Soñando con cosas mejores es que se llega a ser mejor», me queda claro que estás hablando del poder de la imaginación, lo que decía hace rato el maestro Colombo en la clase. Sabes, ahora que lo mencionas así me es más claro ver que el profe tenía razón, es un elemento atractivo, tiene su magia, ¿y cómo no tenerla?, si desde niños se convierte en nuestra aliada, y a veces en nuestra única compañera. Fabricar sueños con ella nos ha llevado a la Luna, a crear arte, a construir cosas como aceleradores de partículas y a dirigirnos, quizá, a un mejor futuro, pero hablando seriamente, Julia, ¿crees que en verdad la podamos utilizar de guía para razonamientos como el que acabamos de ver?, digo, todos somos capaces de imaginar centauros y monstruos voladores, podemos fantasear con un mundo plagado de seres inexistentes y leyes físicas a placer, ¿cómo puede uno darle seriedad para usarla como filtro último de la realidad? Quién iba a decir que detrás de esa impresión de racionalidad extrema de Descartes y su «pienso, por lo tanto existo», realmente pueda haber algo que también crea hadas, dioses y demonios, increíble, ¿no?

—Sí, entiendo tu punto, pero no creo que vaya del todo por ahí, te toca escuchar mi explicación, ahí te va: es verdad, la imaginación tiene esa flexibilidad, pero también tiene sus límites, y de lo que comprendo, es ahí, en esos extremos que ya no puede cruzar, que Descartes la utiliza para extraer certezas, mira, ya me voy a poner como el profe, pero trata de imaginar círculos cuadrados, ¿imposible, verdad? Ahí tienes una certeza: no puedes porque son dos cosas distintas. Ese es el mismo mecanismo que utiliza para decir que somos un cuerpo habitado por otra cosa que piensa. Aunque, ¿sabes?, a mí también me genera una desconfianza extraña, siento que hay algo que no funciona bien con eso, pero hasta ahí, sólo «siento» porque no lo entiendo. Es como un sueño muy loco que tuve la otra noche después del trabajo; estaba en una plaza atascadísima de gente presenciando las suertes de un elefante que hacía equilibrio sobre una pelota pequeña, ahí veía que todas las personas estaban como idiotizadas, preocupadísimas, haciendo un esfuerzo descomunal para que ni siquiera el respiro de alguno de ellos fuera a desconcentrar y hacer caer al pinche elefante ese cirquero, como si en eso se fuera la vida de todos. Entendía de algún modo que esa escena era una clase de metáfora, estábamos representados todos, esa era nuestra historia, nuestra cultura, vaya, y que nosotros vivimos como si estuviéramos condicionados para querer mantener al animal ese en equilibrio; la política, la ciencia, la medicina, la sociedad en general y desde el mismo Descartes, hasta los que se declaran ateos, todos defendemos y perpetuamos inconscientemente la idea del alma, pues eso era el elefante en mi sueño, la idea del alma balanceándose sobre una pequeñísima pelota, siempre a punto de derrumbarse, amenazando con aplastarnos a todos, en especial a los más cercanos a su colosal peso. ¿Será acaso que así el occidente se sienta menos responsable, menos culpable de su historia de conquistas, matanzas y colonias? Que diga «bueno, hemos liberado a unos cuantos musulmanes, indígenas, afganos, de sus cuerpos, ya la justicia divina los juzgará en la otra vida», y con esa fórmula evadir que acabaron realmente con la vida de seres humanos, que el peso del elefante esté hecho de muertos. ¿Por qué de universidades prestigiosas como estas, con «buenos valores», es que egresan aquellos que ejercen el poder? Sabes, te lo voy a decir porque me has generado confianza y veo que eres una persona lo suficiente inteligente para no juzgarme, pero creo que por la forma en que me resolvió una duda el profesor Colombo el otro día, fue que en mi sueño apareciera él cargando en sus manos una aguja para reventar la pelota de ese animal equilibrista, ¿no te parece raro? Ya sé, seguro que a esta altura de mi verborrea sin sentido aparente, me consideres una loca, pero detente y piénsalo un momento -Ovidio tiene los ojos completamente abiertos, algo comprendió en ese momento, has ganado un adepto-.

—Julia, perdón, tengo que salir corriendo, sino no llego a mi clase. Dame tú número, voy a pensar en tu sueño y ver qué tan loca estás -te sonríe de una manera distinta esta vez-, pero creo que pasas la prueba, ahora veo porqué te quedas dormida.

Regresa al Capítulo III

Un comentario el “Sobre Descartes, el alma y el lucero de la mañana (IV)

  1. Pingback: Sobre Descartes, el alma y el lucero de la mañana (III) | Instituto Polýglottos

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: