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Pequeña novela a entregas. Parte cuatro.


—Bueno, veo el salón lleno, iniciemos. Como siempre, les pido, por favor, que se sientan libres de alzar la mano para compartir dudas o aportaciones, si la situación es la adecuada, les daré la voz. La clase anterior, queridos estudiantes, la terminamos bosquejando una de las ideas principales de Descartes: el argumento cartesiano que intenta probar por medio de únicamente el pensamiento, no que la mente existe, digamos que eso lo damos por sentado, sino que su existencia debe de ser una separada de la del cuerpo, una propia e inmaterial. Hasta aquí espero que vayamos bien, lo importante, por ahora, es tener clara esa intención del filósofo. Tengo que admitir que hay algo de verdaderamente atractivo, y digámoslo, de mágico, en la forma que ideó para probar esto tan trascendental, como algunos de ustedes lo catalogaron la vez pasada, pues la herramienta principal es la imaginación, justo eso, la imaginación y sus límites. Espero recuerden cómo en la lección del martes, hicimos uso de una historia en la que imaginamos las peripecias de una mente sin cuerpo, fue un ejercicio fácil, ¿cierto? Bien, con la premisa que ya obtuvimos de esa narración, debería ser suficiente para que nazca en nosotros esa inquietud, se despierte eso por lo que estamos todos presentes en este salón: la búsqueda del conocimiento. Preguntémonos entonces, en aras de esta búsqueda -el profesor camina de un lado a otro del salón, llevándose constantemente la mano a la barba en tono reflexivo-, ¿si somos capaces de imaginar una cosa sin la otra, una mente sin un cuerpo, no querrá decir eso que son dos cosas completamente distintas? Si esto es verdad, entonces, la conclusión a seguir es: mi mente no es mi cuerpo, ni una manera de hablar de él. ¿Cómo deducimos que no es tampoco una manera de hablar de él? Pues porque eso implicaría que estamos imaginando al cuerpo sin el cuerpo, y eso es imposible, ¿qué no?

Es demasiado, no obstante tu corta edad, los desvelos del Petite Mort comienzan a pasarte factura. Notas que la voz del profesor Colombo se va haciendo cada vez más grave e ininteligible, entrecierras los ojos para intentar conseguir un poco de concentración, pero eso termina jugando en tu contra; tener los párpados semi cerrados sólo logra hacer que se vuelvan más y más pesados, hasta que te vencen. «¿No soy mi cuerpo? ¿Qué soy? ¿Qué clase de sueño es el que me encuentro viviendo? Mi auténtico reflejo delante de un espejo es la nada, ¿soy nada?» Te están tocando el hombro, estabas dormida, tu compañero de a lado te despertó del modo más discreto que pudo.

—Gracias, no he dormido muy bien últimamente.

—Perdón por el atrevimiento, no te conozco pero el maestro está tocando un punto interesante, y tengo la impresión que después me lo agradecerás, quién sabe, a lo mejor con un café -te sonríe-.

¿Qué pasó?, ¿te has sonrojado? Es verdad que no has conocido a mucha gente, tu ritmo cardiaco se acelera, has sido tú quien ha decidido hacer a un lado la posible vida social de estudiante a la que podrías aspirar.

—Entonces, jóvenes, hagamos un ejercicio desde la comodidad de sus asientos, yo seguiré dando vueltas por el aula. Bien, imaginen un mundo en el que su mano izquierda exista, pero la derecha no, fácil, ¿verdad? Claro, porque son dos cosas distintas. Ahora, intentemos imaginar un mundo en el que el profesor Ernesto Colombo existe y no existe a la vez, mucho más complicado, ¿no? Es, podríamos decir, porque yo, mi esencia, es una sola cosa, no podemos imaginar algo y no hacerlo al mismo tiempo. En este punto daré por hecho que se ha comprendido la lógica del argumento: si podemos imaginar la mente sin el cuerpo, significa, entonces, que son dos cosas distintas.

Del fondo del ala izquierda del salón, se levanta una mano.

—Adelante con el comentario de la persona de allá atrás, por favor.

—Gracias, maestro, es que me ha quedado algo de duda sobre lo que comentó de «otra manera de hablar del cuerpo», ¿podría, a lo mejor, darnos un ejemplo? Sólo para tener más presente a qué se refiere.

—Sí, buen señalamiento, veamos -se detiene unos segundos a pensar-. ¡La sonrisa! La sonrisa es un ejemplo bastante ilustrativo. Todos aquí somos capaces de imaginar una sonrisa, consideren que aunque esta no sea una parte del cuerpo en sí, es el resultado de tensar algunos músculos del rostro, motivados por una amplia variedad de sentimientos, que van desde la mayor inocencia hasta la más macabra maldad, pero aquí está el detalle, a pesar de toda la capacidad que tiene para representar mensajes complejos, y recordemos, no ser una parte del cuerpo, no podemos enfermarnos de la sonrisa, ni extirparla del rostro, no podemos imaginarla realmente si no imaginamos, al menos, unos labios, como los de la sonrisa del gato de Alicia en el país de las maravillas, ¿lo recuerdan? Es decir, eso es a lo que me refiero con «otra manera de hablar del cuerpo», porque es imposible imaginarla sin una referencia física, a diferencia, como decíamos, de la mente. Espero que esto responda la pregunta para todos. Les pido, por favor, revisen las lecturas que les he encargado para este curso, y vayan desempolvando sus estudios sobre Platón, les serán de uso para las siguientes clases, pues una vez presentada la cuestión de la existencia del alma o mente como individualidad inmaterial, habrá que hurgar en el pensamiento de nuestra siguiente duda: ¿es el alma inmortal? Para eso necesitaremos los argumentos del ateniense. Pueden retirarse, la clase de hoy ha acabado.

De un momento a otro se empiezan a alzar todos, se desatan los sonidos en el salón, las sillas moviéndose, los cierres de las mochilas, las libretas y libros de pronto son máquinas de ruido, mientras lentamente avanza la procesión de estudiantes hacia las puertas, como las manadas de animales que cuando les abren la puerta del establo se arremolinan hipnóticamente entorno a ella para salir; ahí, en ese embudo de cuerpos vas tú, buscando a tu alarma andante, despeinada, ojerosa, seguramente no con tu mejor atuendo, ni siendo el momento más apropiado, pero no importa, una vez que lo encuentras entre la multitud, decides atreverte a ser tú quien dé el salto:

—Pues tenías razón, sí que estaba tocando un punto interesante el maestro, me parece que es justo que te deba ese café.

—¡Mira nada más quién está aquí! Genial, te lo acepto, me pone contento encontrarme a una persona que se preocupa por hacer lo justo entonces -ríe-. Mi nombre es Ovidio, un gusto -te estira la mano mientras, sin quitar la sonrisa, te clava la mirada en los ojos-, ¿y cómo se llama la chava que se anima a dormir en una clase del profesor Colombo?

—¡Tengo una buena explicación para eso! Bueno, a lo mejor no, disculpa mi desfachatez, pero de todos modos veamos que no se comparta fuera de nosotros la historia de mi dormida, ¿vale? Mi nombre es Julia, Ovidio, vigilante de la clase de la muerte.

—Ah, eres simpática además de dormilona, está bien, es una combinación ganadora, hasta suena de alcurnia, pero déjame recordarte que te desperté por la búsqueda del conocimiento, como diría el profe, que te lo estabas perdiendo. Oye, Julia, no sé cómo andes de tiempo, pero creo que la verdad es que nos caería bien ese café de una vez, tampoco ando en mi mejor estado de concentración que digamos, y dentro de una hora tengo otra clase pesada, además, ya me dio curiosidad qué pudo haberte hecho dormir, o no dormir, más bien. ¿Cómo ves, te late si vamos a la cafetería?

¡Vaya, aunque el sujeto sea algo raro, hasta que por fin estás socializando aquí! ¿Te das cuenta que en los pocos más de dos meses que llevas en la universidad, esta es la primera vez que hablas con alguien que no sea para un trámite o pedir orientación? Es un buen momento, ¡ve!, hoy no te toca trabajar, tienes la tarde semi libre, por así decir, pues se te han acumulado lecturas y tienes la convicción de ir a revisar la dirección que te dio Kari, pero un tiempo te lo puedes tomar.

—A ver, Ovidio, hay algo que tenemos que aceptar tú y yo si queremos empezar con el pie derecho -ya sentados en la mesa intervienes de manera tajante-, y es que tenemos suerte con el café de aquí, ¡sí qué es bueno!, ¿qué onda con eso, no?, ¿será que haya una comitiva especial de profesores y administrativos que intervenga en la decisión de su compra, algo así como «la comisión universitaria de regulación de la calidad del café -tonteas un poco para arrancar la conversación-«? Digo, al fin y al cabo es una bebida importante para el estudio y el trabajo, es algo en lo que seguro se han de fijar.

—Entonces, ¿además de estudiar filosofía te dedicas a puntuar cafeterías, eh?, perdón pero, ¿ya has hecho algún recorrido por la otras facultades? Supongo que no porque eres nueva, pero estás de suerte, porque yo sí lo he hecho y te vas a sorprender con lo que te revelaré. Tienes toda la razón, yo también cuando llegué me di cuenta que el café de aquí era particularmente bueno, créeme, mi cuerpo funciona prácticamente a base de él, y en algún momento me asaltó la misma duda, así que tomé uno de esos folletos que traen el mapa del campus y me puse en marcha. ¿Cuál fue mi sorpresa? Después de mi recorrido, me di cuenta que el café de las demás facultades era como debería de esperarse: pura agua de calcetín, por eso es que se atreven a venir hasta acá algunos maestros y uno que otro estudiante que se ha enterado, son como aventureros con termo en mano. Así que sí me he dado cuenta, pero aquí te va mi hipótesis: tu teoría de la comitiva reguladora me parece que es un cuanto utópica, implica mucho trabajo de conciencia y de organización constante que, al menos yo, no es que la vea muy patente en esta facultad, y si te soy sincero, así como he visto que se manejan las cosas por aquí, estoy seguro que esa calidad se debe al capricho de un profesor en específico, uno que tiene la particular obsesión con el tema del café. Si quieres saber quién es, es fácil, es sólo cuestión de poner atención, estamos en su madriguera, es nada más y nada menos que el profesor López de filosofía antigua, él es el responsable. Mira, es el que está sentado allá -al voltear a ver hacia donde te señala, recuerdas haberlo visto ya en algunas ocasiones ahí-, esa mesa donde está, es prácticamente su oficina, aquí recibe a todos, además, a mí me ha tocado verlo discutir un par de veces con la gente de la cafetería; una vez presencié una verdadera escena de película, el profesor estaba enojadísimo, ve tú a saber el motivo, estaba como loco queriendo entrar detrás de la barra, intentaba saltarla y obviamente no lo dejaron, pero mientras señalaba desesperado su taza, que no paraba de agitar por el aire, le gritaba al pobre trabajador en turno, que para colmo era nuevo, en griego antiguo Σχινοκέφαλον, σχινοκέφαλον!, un insulto de hace unos dos mil años o más, ja,ja, ya te imaginarás el rostro del señor que no entendía lo que estaba pasando en ese lugar que de pronto parecía más un manicomio. Esa noche seguro regresó a su casa a contarle a su familia que la gente de filosofía está mal de la cabeza.

—¡Qué loca historia! Qué risa, cómo es que pueda haber maestros que pareciera que su cabeza está en otro tiempo y en otro lugar, aunque sus cuerpos ronden por estos pasillos todos los días, quién sabe en qué viajes extravagantes han de andar, digo, no sólo el profe López, también el de historia del alto medioevo, que no recuerdo su nombre, parece que se enoja cada vez que se da cuenta de que no está en Constantinopla, como que le enfada que entre él y Justiniano hayan unos mil quinientos años. Creo que yo, de algún modo, logro identificarme mucho más con el señor nuevo de la cafetería de tu historia, que con los maestros, a mí también me pasa de llegar a mi casa en la noche sin haber entendido qué diablos sucedió ese día, aquí, entre tanto desquiciado o en la vida en general, la verdad. ¿A ti no te sucede? Y otra cosa, para no quedarme con eso: sí, es utópico lo de la comitiva y lo de la organización que decía yo, lo cual está chido, porque sólo soñando con cosas mejores es que se llega a ser mejor, porque hay un hecho innegable; el profesor López, si en verdad es él el responsable, nos está mostrando que se puede tener buen café con los esfuerzos de un solo hombre, entonces cuanto más fácil sería para un grupo de personas, que como tú y yo que ya somos conscientes de esto, podernos organizar para mantener la calidad, aún sin la presencia del maestro. La utopía no sólo es necesaria, es una responsabilidad.

—»Soñando con cosas mejores es que se llega a ser mejor», me queda claro que estás hablando del poder de la imaginación, lo que decía hace rato el maestro Colombo en la clase. Sabes, ahora que lo mencionas así me es más claro ver que el profe tenía razón, es un elemento atractivo, tiene su magia, ¿y cómo no tenerla?, si desde niños se convierte en nuestra aliada, y a veces en nuestra única compañera. Fabricar sueños con ella nos ha llevado a la Luna, a crear arte, a construir cosas como aceleradores de partículas y a dirigirnos, quizá, a un mejor futuro, pero hablando seriamente, Julia, ¿crees que en verdad la podamos utilizar de guía para razonamientos como el que acabamos de ver?, digo, todos somos capaces de imaginar centauros y monstruos voladores, podemos fantasear con un mundo plagado de seres inexistentes y leyes físicas a placer, ¿cómo puede uno darle seriedad para usarla como filtro último de la realidad? Quién iba a decir que detrás de esa impresión de racionalidad extrema de Descartes y su «pienso, por lo tanto existo», realmente pueda haber algo que también crea hadas, dioses y demonios, increíble, ¿no?

—Sí, entiendo tu punto, pero no creo que vaya del todo por ahí, te toca escuchar mi explicación, ahí te va: es verdad, la imaginación tiene esa flexibilidad, pero también tiene sus límites, y de lo que comprendo, es ahí, en esos extremos que ya no puede cruzar, que Descartes la utiliza para extraer certezas, mira, ya me voy a poner como el profe, pero trata de imaginar círculos cuadrados, ¿imposible, verdad? Ahí tienes una certeza: no puedes porque son dos cosas distintas. Ese es el mismo mecanismo que utiliza para decir que somos un cuerpo habitado por otra cosa que piensa. Aunque, ¿sabes?, a mí también me genera una desconfianza extraña, siento que hay algo que no funciona bien con eso, pero hasta ahí, sólo «siento» porque no lo entiendo. Es como un sueño muy loco que tuve la otra noche después del trabajo; estaba en una plaza atascadísima de gente presenciando las suertes de un elefante que hacía equilibrio sobre una pelota pequeña, ahí veía que todas las personas estaban como idiotizadas, preocupadísimas, haciendo un esfuerzo descomunal para que ni siquiera el respiro de alguno de ellos fuera a desconcentrar y hacer caer al pinche elefante ese cirquero, como si en eso se fuera la vida de todos. Entendía de algún modo que esa escena era una clase de metáfora, estábamos representados todos, esa era nuestra historia, nuestra cultura, vaya, y que nosotros vivimos como si estuviéramos condicionados para querer mantener al animal ese en equilibrio; la política, la ciencia, la medicina, la sociedad en general y desde el mismo Descartes, hasta los que se declaran ateos, todos defendemos y perpetuamos inconscientemente la idea del alma, pues eso era el elefante en mi sueño, la idea del alma balanceándose sobre una pequeñísima pelota, siempre a punto de derrumbarse, amenazando con aplastarnos a todos, en especial a los más cercanos a su colosal peso. ¿Será acaso que así el occidente se sienta menos responsable, menos culpable de su historia de conquistas, matanzas y colonias? Que diga «bueno, hemos liberado a unos cuantos musulmanes, indígenas, afganos, de sus cuerpos, ya la justicia divina los juzgará en la otra vida», y con esa fórmula evadir que acabaron realmente con la vida de seres humanos, que el peso del elefante esté hecho de muertos. ¿Por qué de universidades prestigiosas como estas, con «buenos valores», es que egresan aquellos que ejercen el poder? Sabes, te lo voy a decir porque me has generado confianza y veo que eres una persona lo suficiente inteligente para no juzgarme, pero creo que por la forma en que me resolvió una duda el profesor Colombo el otro día, fue que en mi sueño apareciera él cargando en sus manos una aguja para reventar la pelota de ese animal equilibrista, ¿no te parece raro? Ya sé, seguro que a esta altura de mi verborrea sin sentido aparente, me consideres una loca, pero detente y piénsalo un momento -Ovidio tiene los ojos completamente abiertos, algo comprendió en ese momento, has ganado un adepto-.

—Julia, perdón, tengo que salir corriendo, sino no llego a mi clase. Dame tú número, voy a pensar en tu sueño y ver qué tan loca estás -te sonríe de una manera distinta esta vez-, pero creo que pasas la prueba, ahora veo porqué te quedas dormida.

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Pequeña novela a entregas. Parte tres.


—¡Carajo, Yuli, contesta! Quién sabe cuántas llamadas perdidas mías tengas ya. ¿Qué te pasa, lloraste tanto por este trabajo para tirarlo a la basura? ¿Eso quieres, que te corran? Con una chingada, ¡revisa aunque sea los mensajes, Yuli, no te vuelvo a ayudar!

—Ya voy. Tranquila, Kari, por favor, estoy llegando. ¿Ya llegó la jefa? ¿Hay gente?

—¡Vaya, hasta que por fin te dignas en responder! ¿Te has vuelto loca o qué te ha pasado? ¡Claro que ya está la jefa acá, ya me preguntó por ti! Le dije que estabas en el baño, así que más vale que te apures y estés aquí para cuando dé su segunda ronda, porque te juro, Yuli, si me haces quedar como una mentirosa, ¡no te vuelvo a hablar el resto de tu vida!, ¿me entiendes?

—Ya estoy entrando.

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El Petite mort es un bar del centro de la ciudad que estaba en proceso de convertirse en restaurante, sino es que ya lo era del todo, sólo que no terminaba de dar ese salto al rubro de los alimentos, pues su venta principal seguía siendo la cerveza. Es verdad, la mayoría de los clientes habían dejado de ser estudiantes, que si bien nunca faltaban, ahora la clientela estaba, cada vez más, conformada por personas entorno a los treintas, así como uno que otro despistado algunas décadas mayor. El ambiente solía ser lo suficiente inspirador y atractivo, como para ser el punto de partida de varias historias que circulaban por la ciudad, para bien o para mal. Un par de veces al mes procuraban organizar tocadas que infaliblemente terminaban por atiborrar el lugar hasta el tope. Durante la hora pico eso parecía un hormiguero en plena ebullición, las mesas desaparecían y todo se pagaba conforme te lo entregaran, lo increíble era que de manera inevitable se acabara la cerveza, no porque no se hubiera previsto, sino porque simplemente ya no había espacio donde almacenarla. Eran maratónicas esas sesiones, lo normal siempre era que renunciara más de uno, durante o apenas acabando el turno, era toda una proeza salir entero de esas jornadas. Ese es el motivo por el cual los trabajadores de ahí podían contarse como pertenecientes a dos categorías muy distintas: los veteranos, individuos que habían aprendido a disfrutar de la presión, los gritos, los accidentes, seres que podían coordinarse entre ellos por medio de algo que pareciera telepatía, que lograban nadar entre ese mar de cuerpos como si fuera su medio natural, una cosa impresionante; en comparación a ellos, estaban los novatos, pobres desgraciados, algunos podían llevar pocos días trabajando y otros eran contratados específicamente para esa ocasión, eran vistos como carne de cañón, estaban ahí para ser descartados, su tarea era, en un lugar en el que apenas se podía caminar, mantener limpio, eso implicaba que en el piso no debiera haber botellas tiradas, vasos rotos, comida o líquidos desparramados, y por supuesto, algo que llegaba a ser habitual después de exagerar con el alcohol: vómito, que por extraño que pueda parecer, no era tan malo, después de todo, las reglas del bar establecían una cuota a pagar al cliente responsable de regresar los alimentos y líquidos en sentido contrario, al final, limpiarlo representaba un dinero extra. Y bueno, también estaban los baños, pero de esos mejor ni hablar, ahí era imposible identificar a los autores, probablemente ese anonimato hacía de aquellos cuartos el receptáculo de una saña malvada, de una ira social acumulada que podía ser expresada a escondidas sólo en ese tipo de espacios. Limpiarlos era la resignación total, cada media hora.

—¡Julia! No te había visto, ¿vienes llegando?

—¡Jefa, hola! No, disculpe, salí un momento nada más, lo que pasa es que se me olvidó la mochila en la universidad y un compañero me hizo el favor de venírmela a dejar.

—Qué bueno. Oye, como habrás visto, está llegando gente, creo que hoy estaremos casi llenos a pesar de ser martes, me comentaron que a la vuelta hay un festival de teatro desde ayer y tal parece que acaban de descubrir el bar. Cucho ya montó tu área, él la va a atender hoy, yo se lo pedí, te estuve buscando desde hace media hora pero, pues no te encontré. Y hay otro problema, el chavo que iba a apoyar a Joaquín con la loza, nos dejó plantados, ya de plano hasta apagó su teléfono, así que te voy a pedir que por hoy, tú lo apoyes.

—¿En la loza? Entendido, jefa, no hay problema, yo me encargo.

—Ah, y Julia, por favor, no se te vaya a olvidar, este sábado tenemos un evento importante, quién sabe, a lo mejor termina siendo el más grande del año, así que te voy a necesitar, ¿vale? Para que llegues temprano.

Los lavalozas o dishes, como les llaman, son una especie de raros visitantes de algún círculo más profundo del infierno laboral de la ciudad, como si hubieran logrado escapar de alguna condena cruel, marcados físicamente por los duros trabajos pasados, ellos llegaban y pedían voluntariamente que se les concediera la tarea que todos consideraban el castigo que era capaz de doblegar hasta los veteranos, casi que lo añoraban. Normalmente duraban varios meses, eran unas máquinas devoradoras de trastes sucios, de trabajo rudo, unos demonios ataviados de bolsas de plástico como trajes improvisados, sumergidos en montañas de detergente, ejerciendo su poder con los que ahí eran condenados a purgar alguna pena, pues esos eran sus dominios, al fondo de un pasillo con coladera y llaves de agua, pegado a los baños. Ahí, donde caían los que pretendían pasar de esa masa anónima de quien recién se integra, del escalón más bajo del bar, al podio de los veteranos. Los dishes tenían otra particularidad, así como de pronto aparecía uno y duraba meses, del mismo modo desaparecía, como si la profundidad original de donde provinieran, los reclamaran de vuelta: lo inexorable del destino.

—Qué pasó Joaco, qué hay, acá te vengo a echar la mano hoy con el relajo de la lavada.

—¿Tú, mi flaca? No le hagas, si hoy va a estar bien intenso, ya me dijo la jefa, no ves que por eso andaban buscando como locos al Canek, que ya los mandó a volar. Además, ni siquiera cuando eras novata desfilaste por aquí, cómo va a ser, o me estás bromeando o ahora sí hiciste enojar a la jefa. ¿Qué es, entonces?

—No está enojada, mi Joaco, está lo que le sigue: encabronada, yo creo que esperaba, o espera, que renuncie hoy. Ya van varias veces que llego tarde, a pesar de que han hablado conmigo, me descuentan cada que vengo a trabajar, se ha dado cuenta de que le he dicho algunas mentiras, son varias cosas. No estoy en su gracia, para acabarla pronto. Pero tú tranquilo, puede que no haya estado de dish antes, pero traigo toda la actitud de acabar la jornada con una sonrisa, a mí nadie me va hacer perder este trabajo, vas a ver.

—Entonces vamos a ver qué tanto logras mantener esa sonrisa cuando veas llegar el trasterío -le dice Joaco riendo conmovido, se dio cuenta de que Julia estaba en sus manos, tenía el poder de saturarla al grado que, antes de las doce podría haberla hecho renunciar sin problema, la sangre bombea en su corazón-. Te voy a dar un consejo, como muestra de buena voluntad, si no te quieres ir de aquí con toda tu ropa empapada, no te pongas el mandil, te voy a dar unas bolsas de basura, sólo déjame cortarles aquí. Listo, ponte esto, te va a mantener seca. Ya hay una cubeta de detergente en tu lugar, párate ahí, ahora nada más tenemos que esperar, no tarda en comenzar el relajo.

Tiene veintiocho años, pero del rostro y de un par de cicatrices gruesas en un costado del brazo izquierdo, nace la impresión de que se trate de alguien mucho mayor, y si tan solo, de algún modo, pudiéramos ver por todo lo que ha pasado, lo que le ha tocado vivir, sería imposible entonces calcularle la edad, hay personas que mueren sin tener tantas experiencias, ¿cómo medir eso en años? Y aún así, su historia no tiene nada de especial, es una constante que se repite como eco viciado por las periferias de las ciudades del país, zonas marginales a las que el gobierno les da la espalda, visitadas por alguna autoridad o político cada que hay una inundación, algún cadáver o elecciones. Padre de cuatro, tres niñas y un niño de otra mujer, con la que a veces vive, Joaquín es un poco una figura ausente, no sabe ser papá, el suyo vive, por lo regular, tirado en las banquetas, destilando aguardiente. El cariño de su madre es el que, a pesar de tantas dificultades, le había permitido albergar en él una chispa de felicidad. El amor que recibió de ella fue dosificado, dado a cuentagotas, con el miedo de que las inclemencias de la vida se lo secara o se lo arrebatara de su corta niñez, fue tan simple como el luchador de plástico envuelto con un moño el día que cumplió cinco años, o el carrito que recibió cuando salió de la primaria; ese fue un buen día, regresaron caminando a casa, permitiéndose soñar por un momento, aunque sea, con un futuro esperanzador. Tampoco es que ella tuviera mucha experiencia o entendimiento en amar, lo hacía, no obstante sintiera que era algo que no tuviera permitido hacer, como soñar.

—¿Qué pasó mi flaca? Apenas pasa de medianoche y ya no veo esa sonrisa que me presumías -Joaquín había estado trabajando a marcha forzada todo ese tiempo sin detenerse, con tal de aligerar la carga de Julia-, y como te dije, lo bueno apenas comienza como a la una, así que vete preparando porque de aquí no te vas hasta que acabes.

—No seas malo, Joaco, le he estado echando todas las ganas pero es muchísimo, ya no siento las manos, me arden los ojos, tengo los pies hechos una sopa, tres platos rotos y una copa que me descontarán, me estoy muriendo por fumarme un cigarro, pero mírame, ¡voltea a verme, Joaco -juntando fuerzas, logras brillar por un instante entregándole tu mejor sonrisa-!

En cuanto el lavaplatos alza la mirada para verte, la imagen que contempla es espectacular, la luz que cae sobre ti hace ver unos rayos dorados naciendo alrededor de ti, coronándote como una especie de antigua divinidad renacida. Las montañas de espuma del detergente por un momento se transforman en un elemento mítico de la creación del tiempo, las bolsas azul claro que te envuelven parecieran lo único que cubre tu cuerpo desnudo, joven, erguido, alzándose de entre la sombras como una estatua marmórea de victoria. La sonrisa que le muestras es lo más mágico que ha sucedido en ese cubículo lleno de trastes sucios.

—Córrele, Yuli, ve a fumar, se supone que nosotros no podemos, pero ve rápido, te cubro. Ya luego me regresarás el favor.

Te despojas de tu traje improvisado y sales corriendo a las escaleras del almacén, el lugar designado a donde se van todos a hacer su pausa, despabilarse unos minutos del ruido, fumarse un cigarro e intercambiar algunas palabras. Pasas por la zona que atiende tu amiga Karina y le haces una seña discreta para que te alcance, que ella, en cuanto te ve, no tiene necesidad siquiera de esperarla para salir tras de ti.

—¡Yuli, no puede ser, no me imaginé que te fueran a enviar de dish! ¿Cómo vas? A mí no me han dicho nada y ves que yo te solapé, ay nena, perdón que te haya estado apurando así, pero ves cómo me pongo de nerviosa.

—Sí, Kari, yo hubiera estado igual o peor, te entiendo, no te preocupes. ¿Me prestas tu encendedor? Ha estado bien intensa la sesión de lavatrastes -prendes el cigarro, le das una buena bocanada, cierras los ojos y echas lentamente la cabeza hacia atrás mientras liberas el humo-, pero Joaco es un amor conmigo, no para de hablar, ya me contó toda su vida, y aún así lava más de cuanto habla, cómo le hace, quién sabe, en una de esas lo hace para ayudarme. ¿Tú qué tal, cómo vas -le das otra fumada y le pasas el cigarro a tu amiga-? ¿Sí lograste investigar lo que te pedí?

—Aguas con Joaco, se ve que es canijo, sé que tiene varios hijos -Kari le da una buena bocanada al cigarro y suelta el humo mientras habla-, pero qué bueno que te esté echando la mano, porque sí hay un montón de gente hoy. Sí, ya te investigué lo que me pediste, amiga, pero primero me tienes que decir para qué lo quieres, ¿de qué te sirve la dirección de Samuel? No me digas que te gustan los señores -se ríe mientras vuelve a jalar humo y te lo pasa de nuevo-, ¿o qué?

—Sí te voy a contar, te lo prometo, y más a ti que eres mi amiga -el cigarro es más brasa prendida que tabaco en este punto, aún así le das otra fumada-, pero espérame todavía, tengo que estar segura, no es nada malo, te lo prometo, pero… ya verás -le muestras el filtro quemado-, te veo terminando, tengo que regresar ya.

—¡Córrele, Yuli! Ya te la envié desde hace rato por mensaje. Está bien, nada más no quiero que te vayas a meter en algún problema, me preocupo por ti, amiga.

Esa noche fue muy larga, era mentira lo que te había dicho Joaquín, el momento más pesado había sido a las doce, pero en cambio, era verdad eso de que uno no se va hasta acabar, saliste a las cinco de la mañana, dos horas después de los meseros y cuarenta minutos después de tu compañero lavalozas. A los dos platos y la copa que habías roto, se fueron sumando algunos vasos y multas por haber dejado utensilios sucios, esos que te enviaron de barra cuando ya habías terminado, estabas destruida, sola y harta, apenas enjuagaste esas últimas cosas, al final te pagaron el equivalente a poco más de un par de vómitos, pero mantuviste el trabajo, que es lo que te importaba. Casi una hora para llegar a tu cuarto, apenas tienes las fuerzas suficientes para quitarte la ropa y ponerte tu camisón, te desplomas en la cama, lavarse no importa, apestas a jabón, estiras una pierna para jalar la cortina y cerrar la ventana, todavía alcanzas a ver la última estrella que brilla en el cielo cada vez más claro.

—Si todavía hay una estrella -balbuceas con los ojos cerrados mientras el sueño se apodera completamente de ti-, me consuela saber que aún estoy a tiempo para decirme «buenas noches, Julia, lo hiciste bien, nos vemos mañana.»

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Pequeña novela a entregas. Parte dos.


Capítulo II

«Si le sirve de consuelo, no, no creo en el alma, bonita tarde», pero qué clase de frase tan estúpida es esa, ¿qué impulso me hizo despedirme así de esa joven?, para una persona normal esto sería una enorme contradicción, pues justamente por consuelo es que se cree en ella. La gente común difícilmente lograría percatarse del grado de intimidad que se esconde en esa oración que solté; es algo así como los saludos de las logias secretas, que a través de ciertos gestos cifrados, inaccesibles a la comprensión de los no iniciados, hace que se reconozcan como iguales, como pertenecientes a un grupo muy particular de personas que comparten cierta revelación oculta. Así somos nosotros, sólo que en este sentido, a diferencia de la gente común y de las sociedades secretas que operan bajo el velo de las sombras, nuestro gesto cifrado, lo que en verdad nos hermana y nos identifica, salta de inmediato a la vista: somos los que no encontramos consuelo en la idea de ser salvados, somos los que no habitamos un cuerpo, sino que lo conformamos. Listo, lo he enunciado y lo seguiré haciendo el resto de mis días; ningún credo, ninguna ilusión, ninguna promesa mas la que nosotros mismos nos hagamos. Solos y a expensas de una vida que por momentos es un remanso de felicidad, aunque buena parte del tiempo resulte un torrente de sufrimiento, al cual reaccionamos de una de dos: u odiamos siquiera voltear a ver, o nos revolcamos en él poniendo hasta la cara de frente, hundiéndonos hasta donde podamos. Como sea, me doy cuenta que me ha causado una extraña impresión esa joven, ¿por qué es que pude pensar que pudiéramos compartir esa claridad, a pesar de su corta edad? Compartir la marca maldita de quien se ha querido emancipar, el signo por el cual la sociedad ha encontrado un pretexto más para encausar su violencia contra quien decide ver el caos directamente. Son incapaces de percatarse que esa claridad, esa visión, es el modo en el que nuestra especie exige el derecho a un destino, sea lo que sea que intente decir esa palabra. ¡Eso es!, la frase estúpida, lo que yo realmente le estaba diciendo a esa joven es: «Espero que te sirva de consuelo saber que no estás sola en esta vida llena de ilusiones y falsas promesas, alguien más, como tú, te ha reconocido y está cerca de ti, bonita tarde, Julia». ¡Carajo!, ahora sí que el insomnio está desesperado, mira que echar mano de esta parte del día para mantenerme despierto es hasta sádico, si algo así puede hacerme dar tantas vueltas en la cabeza, quiere decir que se pronostica una noche pesada. A jugarle sucio yo también, sino esto se prolongará por horas y cuando menos me lo espere, será de día nuevamente, fatal. Vayamos a la cocina y abramos la botella de vino que me regaló Gretel, en fin, todavía tengo que revisar algunos de los trabajos. Estoy seguro que me dormiré antes así, que si me quedo peleando contra mi divagar acostado en la cama. Tigre de mil batallas.

El profesor Colombo llevaba casi cincuenta años dando clases en esas mismas aulas, se había convertido en una de las personalidades de la facultad de filosofía, más por la manera en la que se abarrotaban de estudiantes sus cursos, particularmente el que él mismo había propuesto a la junta universitaria y que había terminado por convertirse en el más frecuentado, el de la muerte, que por la barba que le enmarcaba el rostro, los lentes redondos y lo inflexiblemente formal que era para hacer un reclamo o uno de sus muy escasos cumplidos. Tenía fama de ser duro. Ernesto Colombo nunca se casó, sino que había compartido parte de sus cuarentas con quien podría haber sido su pareja más estable, o la única, Nico, algunos años menor que él, era parecido a un fantasma de rostro atormentado que hacía sus apariciones sólo durante los momentos de mayor soledad, pues acurrucado en sus brazos y en las respuestas que hallaba en Ernesto, encontraba calma, y quizá, una ligera sensación de felicidad. Un día las visitas espectrales se acabaron, el fantasma había recobrado su cuerpo e iniciado una nueva vida, lejos de ese sueño que irrumpió, durante algunos años, la monótona vida del maestro, a quien le quedó, por un tiempo, la amargura de su ausencia.

—¡Ay, señor Colombo!, disculpe que haya yo entrado así en su habitación, es que no estaba segura si usted seguía descansando o estaba ya en el baño. Lo que pasa es que está el veterinario en el teléfono y quiere hablar con usted, ya le dije que yo podía tomarle el recado, pero insistió en hablar solamente con usted, tanto, que sino no me hubiera atrevido a entrar de esta manera y molestarlo, espero me comprenda.

—Se me ha hecho un poco tarde esta mañana -se limpia la garganta y se frota los ojos mientras termina de despertarse-. Coméntele, por favor, que en cinco minutos le regreso la llamada. Necesito al menos enderezarme y lavarme la cara antes de empezar a interactuar. Ah, Juanita, será que le pueda encargar, si es tan amable, que además de abrirme las cortinas, me vaya sirviendo una taza de café, en un momento salgo y me incorporo. Gracias.

Hipócrates había muerto, ese era el mensaje urgente. Siete años habían sido pocos para un gato que había recibido tanta atención, no sólo del dueño, que se había realmente encariñado, sino de todos los vecinos del condominio. El veterinario explicó que se debió a una enfermedad de inmunodeficiencia transmitida por un virus, algo que era, hasta cierto punto, común contraer por lamer la herida de algún felino infectado. La ironía de la vida; el gato llevaba el nombre del padre de la medicina y falleció muy enfermo por, precisamente, «atender» las heridas de otro compañero suyo. Intensifiquemos lo irónico, la naturaleza de la enfermedad de Hipócrates, el proceso biológico que acabó con su vida, fue justo la destrucción de su capacidad para curarse. Como si uno en el nombre tuviera cifrada su suerte o dictada su condena. ¿Qué quiere decir Ernesto?

—¡Maestro, -grita la vecina- qué bueno que por fin lo veo, no sabe cuánto lo siento! Ya sé que usted y yo, a pesar de llevar añísimos viviendo uno enfrentito del otro, casi nunca hemos hablado, bueno sí, un «hola», un «buenos días» y de ahí no hemos pasado. Bueno, pues no ha de creer lo bien que me llevaba con su michito, que era como mío también, era un amor, un solecito que andaba arriba y abajo con su carita tierna, ya no sigo porque lloro, no puedo creer que ya no esté entre nosotros, mi pobre Toñito. Perdone, así le llamaba de cariño yo, Toñito. Pero maestro, por favor, pase a tomar una taza de té a mi departamento, no le vaya a hacer la grosería a una mujer solitaria que perdió lo mismo que usted este día. Hagámosle un pequeño velorio entre nosotros al pobrecito, algo chiquito, simbólico, hablar tantito de él, dedicarle un momentito a su memoria, nosotros, que de alguna manera fuimos sus seres cercanos. Bueno, si no es que esté ocupado con otras cosas.

—Buena tarde, vecina, estoy sorprendido de que ya sea conocida la noticia, lamentablemente es cierto, esta madrugada ha decidido abandonarnos nuestro querido Toño, que ahora que lo menciona y me entero, no sé porqué pero tengo la fuerte impresión que él hubiera preferido ese nombre. Tiene razón, yo también siento que sería una buena acción que brindemos con una taza de té por las hazañas del gato, que sin saberlo yo, nos creó un vínculo, un punto de unión, algo lindo para dejar después de su paso por la vida. Permítame nada más entrar a guardar mi maletín y lavarme un poco. En un momento estoy con usted.

—Ay, maestro, qué gusto me da que acepte, sí, no se preocupe, vaya, vaya, tómese el tiempo que necesite, yo estaré alistando todo. Por cierto, puede llamarme Cris, como de Cristina, vaya, dejaré la puerta entreabierta para que pase directamente, siéntase como en su casa en cuanto entre.

Increíble cómo Hipócrates me siga generando compromisos aún después de muerto, ahora en qué me has metido, gato malvado. Bien podría quedarme acá y estar tranquilo con mis asuntos, a lo mejor pueda hablarle por teléfono y poner como pretexto que he recibido una llamada de la universidad, que necesitan, de inmediato, algún informe o reporte, uno de esos papeles que alimentan y mantienen vivo al monstruo de la burocracia. No, no tengo escapatoria esta vez, ya dije que sí iba, además, no tengo modo de saber su número. Vayamos, me tomo rápido la taza que me ofrece y nos regresamos, porque es verdad que todavía tengo trabajo pendiente, además, no he logrado resolver el problema de la agenda del viernes, ya solamente faltan dos días y siguen esperando mi confirmación para asistir al debate de moralidad, un tema que, en lo personal, detesto debatir porque buena parte de los asistentes se dividen en dos: los que están ahí para convertir adeptos, y por lo tanto no están debatiendo, aunque simulen estar muy dispuestos; y los que fueron empujados por la necesidad de encontrar un refugio a los dolorosos errores de la vida, los que, quizá, hubieran sido menos, si hubieran contado con la guía de una moral que se los evitara. Es gente desesperada como sea, que no asiste con el afán de expandir las ideas, de aclarar los conceptos desde un punto de vista más tolerante, con la conciencia de que todos estamos ahí para aprender. Qué no se nos olvide que somos siempre estudiantes, en especial en los momentos en los que se supone que no. Confirmaré mi asistencia.

—Con permiso, señora Cristina, soy yo, el profesor Colombo, disculpe la tardanza, ¿puedo pasar?

—¡Acá, maestro, al fondo, siga mi voz! ¡Ya sólo lo estamos esperando a usted!

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Pequeña novela a entregas. Parte uno.


Capítulo I

Vienen los perros persiguiéndote, azuzados por los gritos de las sombras que, determinadas a alcanzarte, vienen corriendo detrás de ti. Es difícil distinguir cuántos son, debería de ser más sencillo, es luna llena, pero la neblina del bosque hace que todo sea confuso. Algo pasó, entraste a un lugar al que no debías, robaste, quizá, algo preciado. Tu presencia, tu ánimo curioso te ha llevado a adentrarte, cada vez más, a zonas prohibidas. Llegó el momento de pagar por lo profanado. ¡Corre! Los perros están por alcanzarte y por si eso fuera poco, el terreno se va inclinando conforme avanzas, te das cuenta, entonces, que estás subiendo una colina bastante empinada. Las sombras de los árboles son unos verdaderos gigantes de brazos abiertos, en cambio, tú eres un diminuto ser, casi insignificante, que corre desesperado por preservar su vida. Justo cuando empiezan a morderte los talones, es que tienes la certeza, lo sabes, va a ser inevitable, vas a afrontar todo el sufrimiento del castigo que se avecina, vas a morir. Pero sucede que el ánimo se reanima con nuevos bríos al percatarte que, sin esperarlo, te vuelves más ligero, tus zancadas empiezan a transformarse en saltos, uno más largo que el otro, uno más alto que el otro. Todavía no has ganado nada, también ellos han redoblado esfuerzos, pero mantente así, podría ser que aún cuentes con alguna esperanza.

Ahí, en la cima, en el punto más extenuante de toda tu carrera, donde parece que finalmente se han agotado todas tus fuerzas, das un último salto cerrando los ojos, haciendo tu mayor esfuerzo te concentras, intentas mover las manos bruscamente, agitándolas como si de algún modo pudieras jalar del aire para impulsarte, pones toda la intención que puedes reunir en ese último salto al vacío, y de pronto, lo que tanto anhelabas, pero creías imposible, sucede: estás volando. Has despegado, vas dejando abajo el mar de neblina salpicado por las altas copas de los árboles, como si fueran islas de un archipiélago lejano, perdido. Has escapado de esa amenaza de muerte porque tú, sólo tú, has logrado el milagro del vuelo.

—Lo sabía, siempre lo supe -con la calma recobrada, te permites pensar mientras atraviesas el cielo-, no podía ser este mi fin, estaba seguro de que iba a sobrevivir, de algún modo, pero lo iba a hacer. ¿Ahora, adónde me dirigiré?

Son las seis de la mañana, pero con el nuevo horario recién entrado en vigor, es como si fueran las cinco, por eso es que todavía está oscuro cuando suena la alarma del despertador. Como si los días pasados no hubieran sido lo suficiente intensos; el funeral de la abuela, la familia enfrentada por lo poco de valor que ha quedado de su sufrida existencia, el trabajo que no mejora, la continua falta del amor de una pareja y la incapacidad para conseguirlo, las deudas, la responsabilidad de ser una mejor persona en un mundo de gente indiferente y ahora esto, un sueño en el que cuando por fin, contra todo pronóstico, logro salir victorioso y salvarme de un destino que no quiero siquiera imaginar, se corta, se esfuma por el sonido que yo mismo programé unas horas antes. Me río porque es como si tuviera una habilidad muy sofisticada para boicotearme, y mira nada más qué alcances, incluso los sueños que pudieran hacerme sentir bien, terminan por amargarme mis primeros minutos despierto, pues antes de dormir me tomé el tiempo de elegir de un catálogo de sonidos molestos, el que más me diera la impresión que lograría interrumpir de manera eficaz mi sueño y claro, seleccioné que sonara, no antes, mientras me venía persiguiendo esa muchedumbre de sombras y bestias, sino para que entrara chillando como las trompetas del Apocalipsis cuando por fin, por mi propio mérito, me había salvado, y no nada más eso, sino que había, de alguna manera, evolucionado en la escala de las existencias, pues podía volar. Victorias inservibles, me aseguré de subirle el volumen a la alarma y colocarla a unos escasos centímetros de mi cabeza antes de irme a dormir, la dejé lista para que esperara con paciencia su momento triunfal, en el que me arrebatara una gloria que, a duras penas, siquiera acaricié. Lo normal.

Hay que levantarse y comenzar el día, pero la verdad es que por un momento parece más fácil el salto prodigioso del sueño, que salir de la cama. Ni modo, no hay opción tampoco aquí, hay que saltar de la montaña de cobijas, lanzarse y caer en el abismo de la vida cotidiana, habitada y compartida por tantos más como yo. Mientras me dirijo al baño voy pensando «¿Cómo es que la casita en la que vivió durante tantos años la abuela, donde crio a todos sus hijos, donde si acaso conocieron la felicidad, fue ahí, protegidos por esos pocos muros, ahora que está muerta, sea el motivo por el cual se odien tan encarnizadamente y no dejen por un instante de pelear, de sacar lo peor de todos? Pobre abuela, seguro si ella hubiera sabido que así iban a ser la cosas, y si hubiera tenido las fuerzas también, ella misma habría destruido esa casa con sus propias manos, sin importarle toda la historia que pudiera evocarle, no dudo que no hubiera dejado ladrillo sobre ladrillo, piedra sobre piedra, porque así era ella, preciaba por sobre todo, aquello que la hiciera feliz, en este caso, conservar la familia». Entro al baño y prendo la luz, en automático abro el grifo del agua y me inclino a hacer unos buches, no me voy a lavar los dientes, voy a tomarme un café primero y luego regreso a lavármelos antes de salir al trabajo. Acerco las manos y junto un poco de agua para lavarme la cara, que aunque no cambie mucho, esa simple lavada y una sonrisa hacen más llevadera la primera impresión de mí mismo al verme al espejo en las mañanas, supongo que hoy va a ser particular, con todo lo acumulado veamos qué tal sale la sonrisa esta vez…

Y es aquí donde el relato se pone algo extraño… al subir la cabeza para enfrentarse al espejo, la sorpresa y el desconcierto lo invadieron; no había ningún reflejo. El temor se apoderó de él, hundido en ese pequeño cuarto de baño, se llevaba, desesperado, las manos a la cara, o más bien, a donde debería de haber estado su cara. Nada, tan solo un cuarto vacío con la luz prendida antes de que salga el sol, eso era lo único que regresaba ese espejo. Agitaba bruscamente las manos, como si de algún modo pudiera así exigir que le regresase también una imagen suya, terminó entrando en pánico y desmayándose. Nada, absolutamente nada se reflejó, sólo el baño, pues él no tenía sustancia. Cogito ergo sum.

—Con esta historia que les acabo de contar -se dirige el profesor al salón lleno de estudiantes-, es como Descartes intenta comprobar la existencia de algo tan sutil como enigmático: el alma. Como pudieron ver, el personaje, aunque no posea un cuerpo, es capaz de anhelar el amor de una pareja, de tomar decisiones, tan banales como levantarse de la cama, aunque esta pueda parecerle una tarea titánica, o tan trascendentales como lanzarse al vacío, pues antes de saber que estaba soñando, no tenía idea. Puede discernir, de una situación de conflicto como la de la herencia material de la abuela, lo que sería «lo justo y lo injusto», es decir, desarrolla la idea de algo que ni siquiera existe en la realidad, al menos no de manera perfecta: la justicia. Es más, hasta los momentos de euforia o depresión, de calma o de miedo, de concentración y dispersión, existen en este ser inmaterial, forman parte de su naturaleza que le permite sentirse elevado o hundido, y que a pesar de que no posea un cuerpo físico, como apuntamos, pudimos, sin problemas, presentar y seguir la historia, pudimos identificarnos, en una u otra medida, con algunos pasajes de la experiencia narrativa vivida por nuestro personaje. Pero, porque hay un gran pero, todo esto podríamos tirarlo a la basura por completo, así es, pues bastaría con quedarnos con una sola cosa para darle peso al argumento: el personaje piensa. Esto, que podría parecer trivial, es realmente muy importante, aquí está el gran truco de Descartes, con esto está intentando convencernos que pensar, esa acción que nos constituye, se hace con algo inmaterial, y que por lo tanto, si nos apegáramos a la razón, entonces tendríamos más certeza de que existimos porque pensamos, que por tener un cuerpo. Ese ‘cogito ergo sum’ es realmente un intento de comprobar que somos una existencia inmaterial, y queridos estudiantes, intentar comprobar que somos una existencia inmaterial, es intentar comprobar la existencia del alma. Así es, iniciemos este curso abordando un tema sensible para nuestra sociedad. ¿Sí lo logra Descartes, o cómo lo sustenta, más bien? Lo veremos el jueves, les pido sean puntuales y revisen durante la semana la plataforma de la escuela, subiré las lecturas de esta parte. Gracias, pueden retirarse.

Conforme el salón se inunda de los sonidos de las sillas arrastrándose, las tantas voces que rompen en una especie de murmullo, las libretas, las mochilas, las puertas cerrándose, Julia, la estudiante recién llegada de un pueblo no tan lejos de la capital, se abre paso entre sus demás compañeros, obstáculos de carne y hueso que parecieran movidos por el azar, hasta que por fin logra llegar al escritorio del profesor, que todavía se encuentra manipulando algunas hojas, haciendo como que guarda sus cosas mientras espera discretamente a que salgan todos.

—Profesor, disculpe, no quisiera quitarle de su tiempo, es que me ha causado mucha impresión esta clase y si le soy sincera, también he quedado un poco consternada, por así decir, quisiera compartirle una duda que me ha quedado, si es que todavía tenga un par de minutos, sino no hay problema, me retiro y ya será en otra ocasión, supongo.

—No, no, en lo absoluto, no se preocupe, todavía tengo un par de minutos. Dígame, cuál es esta duda en la qué posiblemente pueda ayudarle, este…

—Julia, Julia Contreras Tonalli, maestro, muchas gracias. Mire, intenté ir siguiendo su explicación de la mejor manera en la que me fue posible, lo hice, creo yo, de forma aceptable pues me pareció entender el punto, aunque seguro se me han pasado varias cosas a fuerza de concentrarme en el argumento principal. La cuestión, para no hacer el rodeo largo y quitarle más tiempo, es que al final de su explicación me quedó la sensación de que algo no cuadra, disculpe que lo diga así, es que siento, y digo «siento» también porque no lo puedo explicar, no tengo la claridad para formularlo, que hay algo mal en que se pueda llegar a una conclusión tan trascendental de un modo tan sencillo, quiero decir, que exista o no exista el alma es una cuestión fuerte, radical, quién sabe qué tantas cosas se fundamentan sobre ella en nuestra sociedad. ¿Puede un ejercicio creativo en donde se acomoden circunstancias y personajes comprobar lo que místicos buscan en monasterios y montañas? Entré hoy a su clase con la certeza de que todos en este planeta compartimos la incertidumbre sobre la muerte, y para mi sorpresa, siento que me encuentro saliendo con los elementos que podrían revelarme que lo que realmente soy es un ser inmaterial, un alma, un poco esa sensación que debió haber sentido nuestro perseguido cuando cobró vuelo. ¿Acaso un cuento tiene en verdad la capacidad de hacernos experimentar la epifanía que nos revele nuestra auténtica naturaleza?; y lo haga mientras me encuentre tomando apuntes en mi banca, y no en alguna cueva de alguna montaña sagrada. ¿Cómo puede ser posible? Siento que hay algo en todo esto que simplemente no puede encajar, que hay algo importante que se podría estar omitiendo para poder hacer una afirmación de esta dimensión con el simple uso de la razón. No sé, muy seguramente yo esté viendo las cosas sin objetividad o sin comprenderlas, y por eso haga preguntas y comentarios con poco sentido. ¿Usted cree en el alma, maestro?

Julia era una joven con unos grandes ojos, oscuros y profundos, no tenía mucho que había llegado a la ciudad a estudiar, unos seis meses, tiempo suficiente para instalarse en un cuarto de estudiantes, encontrar trabajo de mesera en un bar y conocer las rutas que la llevarán del trabajo a la casa y de la casa a la universidad. Desde muy niña había adquirido un temperamento que tenía una linda apariencia de ternura, quedaba muy bien con los largos rizos oscuros que alborotaban el contorno de su rostro, pues ellos también revelaban su naturaleza salvaje, competitiva, dueña de su vida. Su padre la había dejado cuando tenía seis años. Apenas una semana después de su cumpleaños, el señor, sin previo aviso, le comunicó a su mamá que ese mismo día salía, junto a un grupo de migrantes que iban de paso, hacia Estados Unidos, iban a intentar cruzar la frontera y encontrar trabajo de lo que fuera. Al despedirse, el papá de Julia le prometió que iba en camino a comprarle la muñeca más hermosa que jamás hubiera visto ninguna niña en el pueblo. En los meses siguientes habló por teléfono una sola vez con él y nunca más volvieron a tener noticia alguna de su existencia.

—Ya veo, señorita Tonalli -el profesor ahora sí estaba listo para abandonar el salón vacío-, permítame comentarle que nada de lo que se vea en este curso va a ser una verdad absoluta. Si me acompaña mientras camino, puedo hacerle un par de precisiones. Lo que intentamos hacer en estas clases es comprender, de una manera más clara, cómo se ha procedido en nuestra sociedad para explorar el fenómeno de la muerte. ¿Acaso estamos compuestos de un cuerpo material y uno inmaterial? ¿Puede este último sobrevivir al colapso definitivo del cuerpo? Estudiando las respuestas que se han dado y cómo llegaron a ellas, entenderemos lo relevante que han sido para la conformación de nuestra cultura. Le adelanto que le resultará una verdadera revelación, para usar las palabras que usted utilizó, descubrir lo condicionados que estamos a ver el mundo de acuerdo a esas respuestas, y en ese sentido sí le pediría que sea más humilde, se llevaría una enorme sorpresa al descubrir que se pueden experimentar cierto tipo de epifanías dentro de las aulas de esta academia. No dude en compartirme sus dudas o comentarios sobre el curso, siempre y cuando el tiempo me lo permita, veré de orientarla. Ah, por último, si le sirve de consuelo, señorita Tonalli, no, no creo en el alma. Bonita tarde.

Después de despedirse con la seriedad y educación habitual, el profesor se echó a andar por el largo pasillo que conduce a la cafetería de la facultad. Mientras veías cómo se alejaba, sus últimas palabras te rondaron por la cabeza, había algo que no logras identificar, algo que no te agradó de él, ¿qué fue, ese tono y actitud de autoridad con el que se maneja?, ¿esa distancia que marca y mantiene con toda esa formalidad?, ¿o será acaso que de algún modo estés viendo en este curso la promesa de algo que no se te ha cumplido, y tienes miedo de que haya llegado ese momento? Levantas la mirada y del reloj del pasillo comprendes que se te ha hecho tarde, tienes veinte minutos para estar lista, atendiendo a los clientes en el bar, que aunque sea martes, es concurrido desde temprano. ¡Corre! Un retardo más y ya no será sólo un descuento, sino que te enfrascarías en una serie de problemas que arruinarían definitivamente tus planes. ¡Corre, Julia!

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Traducción al español del pequeño texto en el que el historiador de arte italiano, Enrico Maria Dal Pozzolo, nos abre los ojos a algo sorprendente: cómo es que no hemos visto nunca a la verdadera Mona Lisa, y cómo es que se debería de ver.


La Gioconda 1503-1519, Leonardo da Vinci, Museo del Louvre, fig.1

El cuadro más famoso del mundo es la Gioconda, sin embargo nadie lo ha visto realmente (fig. 1). En el sentido de que nadie ha visto cómo es debajo de esa espesísima capa de suciedad y barnices oxidados que la recubre. Hoy en día, la piel de la mujer tiene un color ámbar, como si hubiera estado pintada con abundante maquillaje; el cielo es verde, igual que los montes a lo lejos; todo se encuentra como cristalizado en una crisálida de color opaco que no corresponde a la creación original. Si no se tratara de la Gioconda, la obra ya se hubiera restaurado desde hace tiempo, sobre todo porque sabemos, casi exactamente, cómo se vería si se le realizase una limpieza profunda.

Desde hace unos años, de hecho, de las bodegas del Museo del Prado en Madrid, resurgió una copia realizada dentro del taller del mismo Leonardo da Vinci, que muestra a una Gioconda con colores muy diferentes: la tez es clara, el cielo es azul, la mangas son rojas y no marrones… (fig. 2). ¿Por qué, entonces, la Gioconda continua quedándose con ese aspecto que el tiempo y los antiguos restauradores han terminado por conferirle? La razón es muy simple. Porque, si se le hiciera un restauro, perderíamos la imagen del cuadro tal y como lo conocemos ahora: justo esa ‘emblemática apariencia.

Es decir, le sucedería lo mismo que le pasó, después de la restauración, a los frescos de Miguel Ángel Buonarroti en la Capilla Sixtina. Impecablemente limpiados por Gianluigi Colalucci y su equipo de restauradores en una intervención que duró varios años, estos emergieron tal y como los había concebido su autor (frescos, claros, brillantes, con plasticidad), pero muy distintos de como estábamos acostumbrados a verlos, o sea, como decía Federico Zeri, color café latte. Surgieron, debido al restauro, una infinidad de polémicas, con incluso expertos importantes que alzaron la voz por el desastre que habían previsto, por los estragos irreparables.

Teniendo esto en mente, ninguno de los directores del Louvre que hasta ahora ha ocupado el cargo, ha considerado en destruir la ‘emblemática apariencia‘ que tiene, y exponerse con eso a las polémicas que conllevaría, que en el caso de la Gioconda, serían mucho más furiosas.

Testo originale in Italiano:

La Gioconda 1503-1516, anónimo, copia del Museo del Prado, fig. 2

Il quadro più famoso del mondo è la Gioconda, eppure nessuno lo ha visto davvero (fig. 1). Nel senso che nessuno lo ha visto per come è sotto lo spessissimo strato di sporco e vernici ossidate che lo ricopre. Ora come ora la pelle della donna ha una coloritura ambrata, come se fosse stata integralmente truccata con un pesante fondotinta; il cielo è verde, al pari dei monti in lontananza; tutto è cristallizzato in un bozzolo cromatico che non corrisponde all’impostazione originale. Se non si trattasse della Gioconda, il dipinto sarebbe stato restaurato da tempo, anche perché siamo in grado di sapere quasi esattamente come si presenterebbe qualora si operasse una pulitura accorta.

Da qualche anno, infatti, nei depositi del Prado a Madrid è riemersa una copia realizzata all’interno della bottega di Leonardo che mostra la Gioconda con colori diversissimi: la carnagione è chiara, il cielo azzurro, le maniche rosse e non marroni… (fig. 2). Perché dunque la Gioconda continua a rimanere nell’aspetto che il tempo e gli antichi restauratori le hanno conferito? La ragione è molto semplice. Perché, in caso di restauro, perderemmo l’immagine del quadro così come lo conosciamo ora: appunto l’icona.

Insomma, succederebbe quello che è capitato a seguito del restauro degli affreschi di Michelangelo nella Cappella Sistina. Impeccabilmente ripuliti da Gianluigi Colalucci e dalla sua équipe nel corso di un intervento durato vari anni, riapparvero come Michelangelo li aveva concepiti (freschi, chiari, brillanti, plastici) ma molto diversamente da come eravamo stati abituati a conoscerli: ossia, come diceva Federico Zeri, color caffè latte. Ne sortirono polemiche a non finire, con esperti anche importanti che gridarono al disastro annunciato, allo scempio irrisarcibile.

Immaginando tutto ciò, i vari direttori del Louvre fino ad ora succedutisi non hanno ritenuto di distruggere l’icona e di esporsi a polemiche che nel caso della “Gioconda” sarebbero ancor più furiose.


(di/de Enrico Maria Dal Pozzolo, traduzione/traducción Luis Jiménez Chargoy)

Una reflexión sobre la historia/leyenda del posible origen de la venganza, o al menos de su palabra en los idiomas romances.


Antes de comenzar, habría que tener en mente que el objetivo de este texto es el de exponer el curioso caso en el que una historia puede, hasta cierto punto, determinar a una sociedad a reconocer, nombrar y actuar ante un acto de ‘venganza’, o dicho de otra manera, a inventarla con una palabra.

Tenemos, para lograr exponer el punto, que afianzarnos a dos teorías: la de Sapir-Whorf, que postula, a grandes rasgos, que la lengua que hablamos determina la manera en que concebimos el mundo, y por lo tanto, el modo en que nos relacionamos con él. Es decir, los idiomas, más que sólo un sistema de signos, símbolos y sonidos, son realmente una construcción cultural que representa todos los ámbitos del pueblo que la comparte, haciendo que ese pueblo reconozca la realidad solamente desde sus propias referencias culturales. Por eso podríamos decir que al aprender otro idioma, aprendemos también una manera distinta de entender el mundo. La segunda teoría es la teoría del método antropológico del filólogo Friedrich Nietzsche que, en breve, sugiere que para conocer realmente el objeto de estudio, habría que preguntarnos no ‘¿qué es?‘, sino ‘¿cómo vino al mundo este objeto, cómo surgió?

Entonces, pues, si la existencia de la palabra determina la idea, la pregunta sería ¿cómo surgió la palabra ‘venganza’?, ¿qué hecho causó que se empezara a nombrar? Esta es la leyenda que le dio origen:

El famoso historiador latino de la época de Augusto (44 a.C. – 14 d.C.), el mítico Tito Livio, nos narra en su obra histórica, Ab urbe condita, los motivos detrás del momento en que el pueblo romano derroca la monarquía que los regía desde su fundación (753 a.C.), desterrando al último de una línea de seis reyes (509 a.C.), al polémico y antipático Tarquinio el Soberbio, quien se había hecho con el trono después de matar al rey anterior, su suegro.

Sucedió que se encontraban las legiones romanas junto con sus regentes, como se acostumbraba en esa época, sitiando la ciudad de Ardea mientras le hacían la guerra a los rútulos; cierto día, su hijo Sexto, quien ya mostraba un carácter prepotente y de corte tiránico, abandonó una noche el campamento con una idea terrible. Tomó su caballo y se hizo acompañar por uno de sus hombres hasta Roma, hasta la casa de su primo y amigo, Colatino, que como se encontraba en el campamento de Ardea, fue entonces recibido por su esposa, Lucrecia, quien tenía fama de mujer virtuosa. Ella lo recibió del mejor modo, ofreciéndole la cena y un cuarto de huéspedes, lugar hasta donde lo condujo como amable anfitriona, sin saber que a mitad de la noche, el macabro Sexto Tarquinio daría rienda suelta al deseo que lo había conducido hasta ahí, el cual, había nacido unos días antes, al descubrir lo buena y bondadosa mujer que era Lucrecia.

Cuando ya todos dormían, se levantó de la cama, desenvainó su espada y se introdujo a su habitación, donde, oprimiéndole el pecho con una mano y con el arma en la otra, la amenazó de manchar su buena reputación e imagen colocándole un esclavo muerto junto a su propio cadáver desnudo si no cedía ante sus deseos. Al amanecer, Sexto huyó de ahí orgulloso de su fechoría, mientras Lucrecia escribía dos mensajes, uno a su padre y otro a su esposo, pidiéndoles que se presentaran en su casa en cuanto antes, haciéndose acompañar por un amigo fiel, en vista de un suceso que había sobrevenido. Al llegar y verla en un estado de suma tristeza, le inquirieron sobre su condición, y ella, rompiendo en llanto, les dijo: «Huellas de hombre extraño, Colatino, hay en tu lecho, mi cuerpo ha sido mancillado, pero no mi alma inocente; la muerte me será testigo. Extiendan sus manos y júrenme que el delito no quedará impune. Fue Sexto Tarquinio, enemigo disfrazado de huésped quien se llevó de aquí anoche un placer que le será tan funesto como a mí, si es que ustedes saben mantener su palabra.» Y sin pensarlo se hundió en el pecho un puñal que llevaba escondido bajo el vestido.

Bien, hasta aquí esta historia parece suficiente material narrativo para generar la idea de ‘venganza‘, si no fuera por el hecho de que si ponemos bajo una lupa este término, nos damos cuenta de que es más complejo en sus dinámicas sociales que la más simple idea de resarcir mediante un pago o reponer la ofensa imponiendo un castigo al infractor, que sí encontramos generalizado en muchas sociedades. Las circunstancias que lo dotan de su complejidad, están todavía por darse dentro de esta historia.

Al enterarse el pueblo romano del crimen y la tragedia de la joven mujer, la indignación se esparció de inmediato y los ánimos se enardecieron aún más con el discurso que el amigo que había acompañado a Colatino, y presenciado todo, Bruto, pronunció delante de la muchedumbre. Hizo un recuento de todos los crímenes que la familia real había realizado, un parricidio entre ellos, enlistó uno a uno los abusos cometidos contra el pueblo e invocó a los dioses para que escarmentaran a tan funesto linaje. El pueblo, desbordado, ese día suprimió el poder real y ordenó la expulsión y el destierro de por vida del rey, su esposa e hijos. El mismo Bruto, después de armar a los voluntarios, marchó al campamento de Ardea para sublevar al ejército. Tarquinio el Soberbio, viéndose despojado de reino y ejército, se fue al exilio. Así se fundó la república romana, gobernada por un senado y dos cónsules elegidos por un breve periodo de tiempo, el primero de ellos fue, claramente, Bruto.

Y aquí, cuando la historia parece haber llegado a un punto armónico, es que de nueva cuenta la conjura y la traición aparecen disfrazadas de intenciones sinceras. Llegó a Roma un grupo de emisarios a reclamar los bienes de los desterrados, el Senado, después de haber oído su petición, tomó la deliberación de entregárselos por miedo a que esto fuera a ser la causa de una guerra, les dio además permiso de quedarse unos días, los suficientes para juntar los vehículos necesarios para el traslado del patrimonio de los tarquinios. Tiempo que aprovecharon para llevar a cabo sus verdaderos planes: organizar al resto de los nobles que perdieron sus privilegios y se encontraran inconformes, así como a los jóvenes propensos a formar parte de la conspiración que planeaba ingresar a escondidas a los reyes y devolverles el poder. Muchas de las reuniones y cenas, donde hablaban abiertamente sobre sus planes, se hacían en la casa de los Vitelios, cuñados del cónsul, ignorante de la situación. Nadie tenía acceso a esos convites, a excepción de los invitados y los esclavos, y fue justo uno de estos últimos, que se mantuvo siempre al tanto de lo que ahí se discutía, que habiendo esperado el momento en el que todos firmaron una carta comprometiéndose con la familia exiliada, salió a dar aviso a los cónsules y senadores. De inmediato llegaron y aprehendieron a todos, incluso a los dos hijos adolescentes de Bruto que se encontraban ahí, acompañando a sus tíos. Todos recibieron el mismo trato de traidores y el mismo castigo: ser apaleados y después ejecutados con un hacha públicamente. Algo que un padre no debería nunca ni siquiera presenciar, le tocó, esta vez a uno, ordenar la condena de sus propios hijos. Nadie le quitó la vista del rostro al cónsul durante el cumplimiento de la condena. El Senado también determinó que los susodichos bienes se concedieran al pillaje público, todos eran libres de ir y tomar algo. En verdad, no sólo repartían las riquezas, sino que en especial, repartían la culpa entre todos los ciudadanos.

Los lictores llevan a Bruto el cuerpo de sus hijos, 1789, Jacques Louis David

Al esclavo denunciante, y que terminó siendo el broche de toda esta serie de penosas circunstancias, al que el azar o el destino lo convirtió, en cierto modo, en el engranaje de esta historia, se le concedió un premio, su libertad y la ciudadanía romana, su nombre era Vindicio, de donde se originó el verbo en latín, vindicāre; en italiano, vendicare; en español, vengar; en francés, venger; en portugués, vingar.

El punto es, no tenemos que conocer esta historia, culturalmente nos pertenece, forma parte de nuestra percepción del mundo; sabemos que la venganza es algo mucho más trágico que esa primera impresión de restituir una ofensa con otra, la venganza es una vorágine que crece, involucra a personas ajenas, altera todos los órdenes de la vida pública y sobre todo, hace pagar un precio muy caro a quien la ejecuta. Esta historia es sólo lo que se esconde detrás de la palabra, cuyo fantasma se hace presente y nos condiciona, cada vez que surge ante nuestros ojos, ahora, quizá, después de haber echado un vistazo en su interior, nos aparecerá completa, de carne y hueso, la próxima vez que la leamos, siendo así una invitación a reflexionar sobre el enorme patrimonio cultural que custodian los idiomas.

Una historia del nombre del monumento más significativo de la antigua Roma.


Tal vez hayas escuchado hablar o conozcas sobre los excesos del emperador romano Nerón, en especial, la más famosa de sus historias; haber incendiado Roma. La leyenda dice que este extravagante político –quien había mandado a asesinar a su madre, Agripina-, era un amante del teatro, y un buen día del año 64 d.C. tomó la decisión de prenderle fuego a la ciudad imperial, en específico a la zona de las residencias de los aristócratas, para así poder, en medio de ese caos y usándolo de escenografía, recitar con su lira la caída de Troya ante los ejércitos griegos. Si bien, este devastador incendio de varios días sí ocurrió, es muy probable que esta anécdota de Nerón sea sólo parte de la leyenda, un producto de la fantasía. Lo que sí es un hecho, es que el emperador aprovechó la destrucción de las casas ubicadas a un lado del foro romano, para aplanar y construir ahí uno más de sus excesos; la Domus Aurea o Casa de Oro.

La Domus Aurea era un verdadero agasajo de palacio, en sus 50 hectáreas fueron construidos jardines, salones de banquetes, avenidas de paseo, estancias llenas de lujo, decoradas con mosaicos, estatuas y las más refinadas pinturas de la época, vaya, ¡contaba hasta con un lago privado que le permitía al emperador poder pasearse en barco en el mismo corazón de Roma! Por si esto fuera poco, mandó a diseñar y fabricar en bronce una estatua del dios Helios, la divinidad del sol, con su propio rostro, y que con sus 37 metros de altura, medía más de lo que la actual Estatua de la Libertad mide de pies a cabeza. Además, esta representación del emperador como el dios sol, estaba recubierta de oro. La magnífica obra, llamada Colossus Neronis o el Coloso de Nerón –que evocaría a la maravilla del mundo antiguo, el Coloso de Rodas-, llevaba la imagen de la Domus Aurea a extremos más allá de la imaginación para los asombrados que tuvieran el privilegio de entrar a este palacio de ensueño.

Todo esto, aunado a que Nerón nunca emprendió ninguna campaña militar –es decir, sin generar riqueza para el pueblo-, sino que dedicó sus días a deleitarse sin hacer un verdadero trabajo político, conllevó a que no gozara de popularidad, tanto, que uno de los gobernadores de su provincia hispana se levantó en armas contra él. Nerón, que siempre había rehuido de la acción bélica, optó en el año 68 d.C. por suicidarse en lugar de confrontarlo. La crisis política que generó, hizo que en el año 69 d.C. se sucedieran, matándose uno a otro, cuatro emperadores, hasta que finalmente quedó de manera más estable el general de origen humilde, Vespasiano.

Vespasiano Flavio, acababa de regresar, acompañado de su hijo Tito, de una campaña militar en la provincia de Judea, donde saqueó los tesoros de la ciudad de Jerusalén e hizo prisioneros a una buena cantidad de hebreos. Al contar con esos recursos y con la mano de obra de sus prisioneros, para legitimarse en el poder, decidió arrasar con la Domus Aurea, destruir ese soberbio palacio y entregar lo que antaño había sido de uso exclusivo del emperador, al disfrute de todos los romanos. Y en su sitio inició la construcción del anfiteatro, sólo que cuando apenas llevaba el segundo piso, fallece y le hereda la tarea a su hijo Tito Flavio, quien se erige como nuevo emperador, pero su ascenso fue seguido de varios hechos funestos; un nuevo incendio en la ciudad, una peste que diezmó a la población y ni más ni menos que la erupción del volcán Vesubio, acabando con la vida de decenas de miles de personas. Algo que corrió el rumor que tal vez los dioses no estaban de acuerdo con este nuevo emperador.

Tito Flavio, desesperado por darle un giro a su inicio de gobierno, aceleró lo más que pudo los trabajos de construcción que estaban realizándose –y como muchos políticos en campaña-, decidió inaugurar el ‘Anfiteatro Flavio‘ sin estar todavía terminado. Con esto, logró consagrarse ante el pueblo y les hizo olvidar los terribles sucesos recientemente acaecidos, pues en el Anfiteatro comenzó una temporada de juegos sin fin, donde todos los ciudadanos romanos podían ingresar de manera gratuita, ya que tanto los espectáculos como las entradas eran pagadas directamente del bolsillo del emperador. Además, había permanencia voluntaria, así que cualquier persona podía entrar en la mañana y salir hasta la noche, viendo toda la variedad de juegos que se presentaban a lo largo del día sin cesar. Había desde batallas de animales contra otros animales, animales contra personas, representaciones históricas o mitológicas, como tomar a un prisionero, vestirlo de Hércules y prenderle fuego para evocar el final de este héroe griego, hasta las famosas batallas de gladiadores, algunas incluso navales, pues la arena estaba construida sobre lo que fue alguna vez el lago privado de Nerón. Fue un rotundo éxito, el Anfiteatro Flavio se convirtió en un punto de unión entre el gobernante y el pueblo, pues los dos acudían a los espectáculos y ambos disfrutaban de los mismos juegos, se impresionaban, gritaban y apabullaban al unísono; un logro político del emperador.

En las afueras del Anfiteatro, fue colocado el otrora Colossus Neronis, con las facciones del rostro, eso sí, modificadas y sin el oro que en tiempos pasados lo cubriera, junto a una fuente cónica. Pasó este a ser una enorme decoración que daba la bienvenida a los espectadores a este nuevo corazón de Roma. El caso es que esta estatua era tan conocida, que la gente simplemente decía «vamos a donde el coloso», en lugar de un «vamos al Anfiteatro Flavio», hecho que terminó por cambiar para siempre –irónicamente, pues se trataba de borrar la memoria de Nerón y establecer la de los Flavio-, el nombre de la más icónica construcción del Imperio Romano: el Coliseo.

«Mientras el Coliseo permanezca, Roma permanecerá. Cuando el Coliseo caiga, Roma caerá. Y cuando caiga Roma, caerá el mundo.»

Lord Byron

Una precisión calendárica sobre los 500 años de la rendición de Tenochtitlan (como se pronuncia en náhuatl) o Tenochtitlán (como pronunciamos en español).


Debemos tener en cuenta que el cómputo del tiempo en el mundo mesoamericano era más complejo que el occidental -tema en el que no ahondaremos en esta publicación-, de donde deriva su precisión astronómica, pues no sólo eran dos engranajes calendáricos funcionando conjuntamente; uno solar y otro lunar, sino que estos tenían divisiones que funcionaban, a su vez, de engranajes aún más pequeños, casi como la imagen que podría venir a nosotros al pensar en la maquinaria de un reloj moderno. Había un siglo de 52 años (Xiuhmolpilli), un cuarto de siglo de 13 años (Tlalpilli), un año de 18 meses (Xihuitl) más cinco días «funestos» (Nemontemi), un mes de 20 días (Metztli) y cada día con su noche (Tonalli) tenía un nombre propio. Por si esto fuera poco, a cada uno de los 20 días le precedía un número secuencial que se repetía cada trecena, cuya secuencia no se interrumpía al pasar de un mes a otro.

El problema radica en que logremos encontrar una correspondencia entre el calendario mesoamericano y el gregoriano, en uso en nuestros días. Pues para tal efecto, existe un evento que quedó registrado con una fecha exacta en los dos calendarios, es decir, tanto por parte de los europeos, como por parte de los mexicas; la rendición de Tenochtitlan.

Bernal Díaz del Castillo fijó este acontecimiento el 13 de agosto de 1521, fiesta de San Hipólito, en su Historia General, mientras que los mesoamericanos, en los Anales de Tlatelolco, dan la fecha exacta de este infausto hecho el año 3 Calli, mes Tlaxochimaco, día 1 Coatl.

Bien, tenemos ya una correspondencia, aunque hay un pequeño enorme detalle que parece quedar en el olvido: la fecha que da Bernal Díaz del Castillo es del calendario juliano, desde la reforma hecha por Julio César en tiempo del imperio romano, este no había sido actualizado…hasta 1582, que el Papa Gregorio XIII lo reformó, decretando un salto de 10 días para subsanar el retraso acumulado, hecho por el cual nuestro actual calendario recibe el nombre de gregoriano.

Este ajuste de cuentas, si quisiéramos ser precisos (como lo eran nuestros antepasados mesoamericanos), nos indica que será hasta el 23 de agosto el día en el que realmente se cumplan los 500 años del fatídico momento en el que Cuauhtemoctzin le pide a Hernán Cortés que lo mate, y en uno de las primeros malentendidos de traducción intercultural, el capitán hispano, creyendo que hacía un acto magnánimo al perdonarle la vida, condena al Huey Tlahtoani a una vida de humillación, sin posibilidad de alcanzar el anhelado cielo de los guerreros, al que realmente le está pidiendo que le permita acceder al solicitarle la muerte, pero esa es otra historia.


En este 2021 conmemoramos los 700 años de la obra y vida del autor. Este es el VII CENTENARIO DANTESCO.

Para sumarnos a los festejos del VII CENTENARIO DANTESCO, seguimos compartiendo nuestra sorpresa especial; el INFIERNO, contado de una manera muy particular, según la idea de traducción semiótica comentada por Umberto Eco, es decir, les presentamos la Divina Comedia como novela. Este texto, que es el CANTO V, forma parte de un trabajo de traducción mucho más amplio y ambicioso, en el cual nos encontramos trabajando en este momento.

¡Qué sea de provecho!

Traducción del italiano antiguo al español, realizada por el maestro de lengua y cultura italiana del Instituto Polýglottos; Luis Jiménez Chargoy.



INFIERNO

Canto V

Así fue como descendí del primer círculo al segundo, lugar aún más estrecho que el anterior, pues al bajar se va reduciendo el espacio, pero se encierra cada vez más sufrimiento, razón por la que los lamentos van siempre en aumento.

Aquí fue que encontramos la horrible presencia del demonio y juez Minos, que gruñendo examina las culpas de todos los condenados en este ingreso, los juzga y sentencia a su círculo correspondiente, envolviéndolos con su larga cola la misma cantidad de veces que los niveles que tendrán que descender. Cada vez que una de estas almas, destinadas a la perdición, se pone delante de él, en automático le confiesa todos sus pecados; y él, que es un gran conocedor de todo tipo de depravaciones, entiende de inmediato el lugar exacto del Infierno al que debe ser enviado. Siempre se encuentra delante de una multitud de almas, en donde cada una se va presentando por turnos para ser enjuiciado, dicen sus pecados, reciben su condena y los hunde en las oscuras profundidades.

-¡Oh, tú que llegas a este, el albergue del sufrimiento! –se dirigió hacia mí Minos gritando en cuanto me vio, dejando por un momento su trabajo tan importante-, ¡fíjate bien a dónde estás entrando, y fíjate bien de quién te fías, no te dejes engañar sólo porque veas una entrada!

-¡Pero para qué tanto grito! -intervino mi guía- No te atrevas a impedir su travesía, Minos, es de este modo como se ha querido en lo más alto de la existencia, lugar en donde todo lo que se quiera es entonces posible, así que no te entrometas más.

Pasándolo, empezamos a escuchar los gritos de dolor, ahora estábamos rodeados de llantos que golpeaban nuestros oídos. Llegamos a un lugar privo de toda luz, habitado por un fuerte rugir, como el del mar cuando es azotado por una tempestad, donde combaten furiosos los vientos encontrados. Aquí, nos encontramos para mi asombro, un ciclón infernal que no cesa nunca, su terrible fuerza arrastra a los espíritus, las terribles ráfagas que emanan de este tornado hacen que den vueltas sin parar, azotándolos con ira contra las paredes cavernosas, atormentándolos de este modo. Cada vez que pasan volando por la enorme grieta que atraviesa el Infierno, gritan todavía más fuerte, aumentan la fuerza de sus llantos y lamentos, en este punto es que blasfeman y maldicen todas las virtudes divinas. Comprendí que semejante tortura podía ser sólo para los condenados por pecados carnales, pues ellos habían sometido la razón a la pasión, dejando que esta última los gobernara y arrastrara por un camino de sufrimiento.

Justo como cuando el frío del invierno hace batir las alas a los estorninos, levantando el vuelo en anchas y tupidas parvadas, así ese viento maldito levanta y arrastra a las almas perdidas por todas las direcciones; de un lado a otro, de arriba abajo. No albergan ninguna esperanza que los consuele, ni siquiera una imposible tregua a su eterno vuelo. Pueden, a lo mucho, desear que aminore, de algún modo, su dolor.

Así como las grullas, que mientras vuelan se lamentan con sus graznidos, y que en sus recorridos trazan una larga línea en el cielo, así vi venir hacia nosotros, lamentándose, una parvada de sombras.

-Maestro, ¿quiénes son estas personas que son castigadas de tal modo por esta obscura vorágine? -pregunté.

-La primera de esta gente, de la que tú quieres estar enterado –me responde-, fue la emperatriz de muchos pueblos de lenguas distintas. Se entregó a la lujuria de un modo tan desenfrenado, que promulgó leyes que pretendían hacer lícitos sus placeres, y así intentar disimular las culpas y el deshonor en el que había caído por tener una relación con su hijo. Ella es Semíramis, de quien se narra sucedió en el trono, después de muerto, al rey Nino, su esposo, convirtiéndose en la gobernante de la ciudad de Babilonia, que ahora está en manos de un Sultán.

La segunda que viene es Dido, quien se suicidó por amor, después de haber roto el pacto de fidelidad que le había jurado a las cenizas de Siqueo, su marido. Detrás de ella le sigue otra alma lujuriosa suicida; Cleopatra. Observa también a Helena, que por causa de ella murieron tantos y durante tanto tiempo, mira al grande Aquiles que combatió por amor. Ahí están también Paris y Tristán.

Prosiguió mi maestro, mostrándome un número enorme de almas que el amor arrancó de la vida terrenal, indicándomelas con el dedo. Después de haber terminado de nombrar a las mujeres de la antigüedad y a los caballeros, me sobrecogió un sentimiento intenso de compasión, tanto que por un momento estuve a punto de perder el conocimiento.

-Poeta –intervine-, me gustaría poder tener la oportunidad de hablar con aquellos dos, pues me llama la atención que vuelen juntos y que parezca, por la fuerza con la que son arrastrados, ser más ligeros que los demás.

-Verás que cuando pasen cerca de nosotros, si se los pides en nombre del amor que los arrastra, ellos vendrán. -me contestó-

Así que, en cuanto me di cuenta de que el viento los empujaba hacia nosotros, los empecé a llamar: “Oh, almas atormentadas, vengan a hablar con nosotros, si es que alguien no se los ha prohibido.” Y como las palomas que, atendiendo el llamado del instinto de amar, vuelan con las alas abiertas y rectas hacia su dulce nido, movidas sólo por el deseo amoroso, así fue que salieron volando esas dos almas de la parvada donde se encontraba Dido, se dirigieron hacia nosotros a través de ese maligno viento, mientras intentaba gritarles, afectuosamente, un saludo a modo de agradecimiento.

-Eres un ser viviente cortés y benévolo -inició a hablar ella-, pues aún en este tenebroso lugar, te encuentras visitando a gente como nosotros, que hemos pintado la tierra con nuestra sangre. Si tan sólo el rey del universo nos tuviera en su gracia, le pediríamos te tuviera en consideración y concediera paz, puesto que logras tener compasión por nuestro atroz sufrimiento. Eso que tiene ganas de escuchar y hablar, nosotros lo escucharemos y hablaremos contigo, mientras que el viento nos lo permita como lo hace ahorita; descubrirás quiénes somos.

La tierra donde nací -continuó ella- se sitúa en el punto en el que desemboca el río Po al mar, encontrando, junto a sus afluentes, la paz en el amplio océano.

¡Ay, el amor! Que de inmediato se rinde ante los corazones gentiles y las bellas personas, así como me rendí yo ante este hermoso cuerpo que ahora me acompaña, pero que en vida me arrebataron de tal modo, que aún me sigue doliendo.

¡Ay, el amor! Que no le concede a nadie que es amado, de no regresar amor a su vez. A él y a su belleza quedé sujeta con tanta fuerza, que como puedes observar, ni siquiera aquí nos separamos.

¡Ay, el amor! Nos llevó a una misma muerte. Pero la Caína, en lo profundo del Infierno, esperará a quien la vida nos arrancó.

Estas fueron las palabras que dirigieron hacia nosotros la atormentada pareja, y después de haberlas escuchado incliné la cabeza y me mantuve así hasta que el poeta, mi guía, me inquirió sobre lo que hacía: “¿En qué estás pensando?”, me preguntó, a lo que sólo le alcancé a responder; “Oh, cómo son dulces estos sentimientos, cuánto deseo hay en ellos, y cómo es que los fue arrastrando a tan fatal destino.” Después, me dirigí hacia ellos:

-Francesca, tu martirio me entristece y me llena de compasión hasta las lágrimas, pero por favor, dime, en aquellos momentos en los que los dos suspiraban al verse, ¿en qué modo o cuáles fueron las circunstancias para que el Amor los condujera a ceder ante los deseos del pecado?

-No hay mayor dolor –me contestó- que el recordar los momentos de felicidad cuando uno se encuentra en la desgracia, y esto lo sabe bien tu maestro que te guía. Pero, ya que estás interesado en conocer el momento que originó nuestra condena de amor, te lo diré, aunque tenga que hacerlo intercalando palabras y lágrimas. Cierto día nos encontrábamos leyendo por entretenimiento el libro que narra cómo Lancelot amó a Ginebra. Estábamos solos y nunca imaginamos lo que habría de suceder. Varias veces la lectura hizo que nos buscáramos las miradas, como si reconociéramos en ellos nuestra historia, lo que nos hacía también empalidecer de vergüenza, pero fue una parte muy precisa la que nos venció ante el deseo; cuando leímos que la boca, tan deseada, de Ginebra, fue finalmente besada por su amante, entonces Paolo, que no se separará nunca más de mí, temblando, besó la boca mía. El libro se convirtió, como lo hacía el personaje Galeotto en la trama, en nuestro alcahuete. Desde ese momento, no volvimos a leer ni una página más.

Mientras el espíritu de Francesca nos refería esta historia, el otro no paraba en su llanto desesperado. Tanto fue el sobrecogimiento que sentí, lleno de compasión, pero tan mermado en mi persona, que terminé por desmayarme, como si muriera también.

Cayendo, como cae un cuerpo muerto.


Para seguir leyendo la Divina Comedia en esta traducción especial, te invitamos a comprar el libro.

Traducción del italiano antiguo al español, realizada por el maestro de lengua y cultura italiana del Instituto Polýglottos; Luis Jiménez Chargoy.



INFIERNO

Canto IV

Un sólido estruendo interrumpió, en mi cabeza, el sueño. Consternado y confundido, me levanté como quien con un sobresalto se despierta. Moví entonces la mirada de un lado hacia el otro, entrecerré los ojos para poner atención, intentando reconocer el lugar donde ahora me encontraba. Era verdad, había llegado a uno de los extremos de este sitio maldito, estaba en el borde donde inicia el doloroso valle del Infierno; el lugar donde retumban una infinidad de lamentos. La oscuridad era tan densa y profunda aquí, que aun esforzando la mirada, no lograba discernir absolutamente nada, ni a poca distancia.

-Ahora es que iniciaremos a descender en este ciego mundo -comentó, con el rostro pálido, el gran poeta-. Yo iré adelante y tú caminarás detrás de mí.

-Pero, ¿cómo podré ir contigo, maestro? -le interrumpí al darme cuenta de su cambio de color, ahora demacrado- Tú, que continuamente me das el valor de seguir, aclarando con aplomo todas mis dudas, si ahora soy yo quien te ve seriamente asustado. ¿Cómo puedo avanzar de este modo? 

-El tormento que sufren las almas relegadas en este sitio, hace que mi rostro adquiera esta imagen de angustia y aflicción que tú confundes con miedo. Sigamos, que el viaje es largo y no tenemos tiempo que perder.

Entonces seguimos, fuimos ingresando cada vez más en ese primer círculo que rodea el comienzo de la espiral del Infierno. Aquí ya no se escuchaban llantos, sino que se percibían sólo suspiros, algunos que incluso por momentos hacían temblar el aire a nuestro alrededor. No gritaban porque, aunque sufrían de intenso dolor estas interminables filas de almas de niños en su mayoría, mujeres y hombres, al menos no estaban siendo torturadas.  

-¿No me vas a preguntar quiénes son estos espíritus que ves? -inquirió mi bondadoso guía, para después confesarme- Antes de que continuemos con nuestro camino, quiero que sepas algo, ellos no cometieron ningún pecado, incluso pudieron hasta haber hecho algún mérito. Pero eso no fue suficiente para estas personas, pues nunca recibieron el bautismo estando en vida, que es la puerta de entrada a la fe. Y si acaso vivieron antes del advenimiento del cristianismo, no supieron tampoco adorar a Dios en el modo correcto; yo formo parte de esta categoría. Estamos condenados por esta culpa y no por algún pecado, nuestra sentencia es la de vivir en un eterno deseo sin esperanza alguna.

Al momento de escuchar esto sentí de inmediato un fuerte dolor en el pecho, en mi corazón, pues comprendí que ahí en el Limbo se encontraban suspendidas almas eminentes, había grandes personajes penando en este lugar.

-Dime, por favor maestro -pregunté movido por la necesidad de afianzarme a certezas, a aumentar mi fe-. ¿Ha sucedido alguna vez que alguien logre salir de aquí, ya sea por mérito propio o de alguien más? ¿Alguien de aquí ha logrado ir al Paraíso?  

-Acababa yo de llegar acá, a encontrarme en esta mísera condición -respondió entendiendo lo que veladamente le preguntaba-, cuando vi entrar a un espíritu todopoderoso coronado con los signos de la victoria. Él sacó de aquí la sombra del primer padre: Adán, y la de su hijo Abel; así como la de Noé y la de Moisés, el obediente conciliador. Se llevó también las almas del patriarca Abraham y del rey David, así como la de Jacobo junto con las de sus hijos y su esposa, Raquel, la mujer por la que tanto hizo. Se fueron con él muchas almas más, y a todas las llevó al Paraíso. Pero quiero que sepas, antes de esa vez, no había salido absolutamente nadie de aquí, ningún espíritu había alcanzado jamás la salvación. 

Mientras Virgilio me contestaba, no parábamos de caminar, seguimos andando hasta que superamos esa densa multitud de almas silenciosas. No habíamos hecho todavía un camino muy largo desde el momento en que recuperé la conciencia, cuando vi una gran luz que, a modo de domo protector, mantenía fuera de ella a las tinieblas. No obstante nos encontráramos aún a una buena distancia, era lo suficientemente clara para darme cuenta de que en ese lugar moraban espíritus magnánimos. 

-¡Oh, tú que le haces honor a la ciencia y al arte, maestro! Te pregunto, ¿quiénes son estas almas que ahí moran y por qué se les tiene en tan alta consideración, tanta, que tienen incluso un trato distinto al de todas las demás?  

-Es debido –me respondió-, a la excelsa fama que han ganado y que aún perdura en el mundo terrenal, esto les ha permitido obtener una gracia en el cielo que los distingue, en verdad, de las otras almas.  

En ese momento escuché una voz diciendo fuerte: “¡Rindan honor al altísimo poeta, pues su alma, que se había ausentado, ahora se encuentra de regreso!” Dicho esto, cesó y se aquietó de nuevo, entonces vi a cuatro grandes almas dirigiéndose hacia nosotros, su aspecto no era ni triste, ni alegre.

-Observa bien al que tiene la espada en la mano –me dice mi maestro-, viene delante de los otros tres, guiándolos. Él es Homero, el más grande de todos los poetas; después le sigue Horacio, el autor de las Sátiras; el tercero es Ovidio y el último es Lucano. Puesto que cada uno de nosotros tiene en común lo que acaba de gritar esa solitaria voz sobre mí, el hecho de ser poetas, es que se nos rinde ese honor, y en eso hacen bien.

Así fue como vi que se reunía la hermosa escuela poética de aquel gran señor de altísimos versos, con los que logra volar por encima de los demás, igual que un águila. Estuvieron conversando un rato entre ellos, hasta que en cierto momento se voltearon hacia mí y me hicieron un gesto de saludo, vi a mi maestro sonreír con agrado por este motivo. Aún mayor fue mi sorpresa cuando me hicieron el gran honor de invitarme a estar junto a ellos, donde de pronto me convertí en el sexto miembro de tan distinguido grupo. Nos encaminamos juntos a la gran bóveda de luz mientras hablábamos de las cosas bellas que tiene el silencio, tan bellas como las que tiene el hablar en este lugar. Después de unos pasos, llegamos al pie de un hermoso castillo circundado por siete muros, que a su vez eran protegidos por un riachuelo que los rodeaba. Este último lo pasamos como si no existiera, atravesé, junto a los sabios que acompañaba, las siete puertas de los muros, para finalmente dar con un prado de hierba fresca que se abría ante nosotros. Ahí había almas de mirada tranquila y seria, con semblantes de gran autoridad, hablaban poco y cuando lo hacían sus voces eran suaves, amenas. Nos movimos a uno de los lados, donde encontramos un lugar al abierto, luminoso y en lo alto, de tal modo que podíamos ver desde ese punto a todos los que se encontraban en este jardín. Ahí, frente a nosotros, como colocados sobre el esmalte verde del prado, me mostraron a los “espíritus magnánimos”, es decir, a las grandes almas del Limbo; recuerdo lo mucho que me emocioné al verlos. 

Vi a Elektra con varios de sus compañeros, entre los que reconocí a Héctor y a Eneas, así como a Julio César que se encontraba armado y con una mirada amenazante. Vi a Camila y a Pentesilea; de la parte opuesta vi al rey Latino que estaba sentado con su hija Lavinia. Reconocí también a uno de los fundadores de la república romana, Lucio Bruto, quien desterró a Tarquinio el Soberbio, a Lucrecia, Julia, Marcia y Cornelia. Separado y en un rincón solitario, vi también a Saladino. Después de alzar un poco la mirada, alcancé a distinguir al maestro de todos los sabios, a Aristóteles, sentado en medio de varios otros filósofos. Todos lo admiran, todos le rinden homenaje. Aquí vi al mismo Sócrates y a Platón, más cercanos al centro que los demás que alcancé a ver de esta antigua familia filosófica: a Demócrito, quien cree que el mundo es gobernado por la casualidad; al cínico Diógenes, a Anaxágoras y a Tales de Mileto, así como a Empédocles, Heráclito y Zenón. Vi a ese gran sabio que describió las cualidades de las plantas, Dioscórides, y a Orfeo, al mismo Cicerón, a Lino, quien fuera hijo del dios Apolo, y al máximo filósofo Séneca. Ahí se encontraba Euclides, fundador de la geometría, Tolomeo, Hipócrates, el persa Avicena y el musulmán Averroes, escritor del mejor comentario de la obra de Aristóteles. No puedo detenerme a hablar detalladamente de todos los que vi, pues es tan vasto lo que pudiera decir, que aun haciéndolo, omitiría seguramente a varios.

Fue entonces, de un momento a otro, que el grupo de poetas del que formaba parte, se dividió en dos, pues mi maestro y yo nos separamos, dirigiéndonos por un camino distinto, fuera de ese lugar. Del ambiente tranquilo en el que nos hallábamos, pasamos a aquel tormentoso.

Y llegué a donde no existe la luz.


En este 2021 conmemoramos los 700 años de la obra y vida del autor. Este es el VII CENTENARIO DANTESCO.

Para sumarnos a los festejos del VII CENTENARIO DANTESCO, seguimos compartiendo nuestra sorpresa especial; el INFIERNO, contado de una manera muy particular, según la idea de traducción semiótica comentada por Umberto Eco, es decir, les presentamos la Divina Comedia como novela. Este texto, que es el CANTO III, forma parte de un trabajo de traducción mucho más amplio y ambicioso, en el cual nos encontramos trabajando en este momento.

¡Qué sea de provecho!

Traducción del italiano antiguo al español, realizada por el maestro de lengua y cultura italiana del Instituto Polýglottos; Luis Jiménez Chargoy.



INFIERNO

Canto III

“A través de mí es que se llega a la ciudad del sufrimiento, a través de mí se entra en el dolor eterno, a través de mí es que se va a dar con las almas perdidas. No fue, sino por justicia, que el más alto creador se movió para hacerme, poniendo en uso su potencia divina, su suma sabiduría y el amor primigenio. Antes de mí, no fue nada creado más que las cosas eternas, y yo, entre ellas, duraré para la eternidad. Tú, que entras, abandona aquí todo resquicio de esperanza.” 

Alcancé a ver estas oscuras palabras, de turbio significado, escritas en lo alto de una puerta, y de inmediato, preguntándole a mi maestro por el sentido de ellas, me contestó como el hombre de rápido entendimiento que es: “A partir de aquí, es menester que abandones toda duda, a partir de aquí, es necesario que abandones toda vileza. Hemos llegado al lugar donde te dije que verías a las almas afligidas de sufrimiento, de aquellos que han perdido la razón, de los que se han quedado sin el bien del intelecto y han extraviado para siempre la posibilidad de contemplar la verdad.»

Después de haber posado, con un aire de serenidad en el rostro, su mano sobre la mía, logré reconfortarme y sentir cierta tranquilidad, estando en ese estado, fue que me introdujo a lo que hasta entonces para mí, permanecía secreto; un mundo separado del de los vivos, escondido e impenetrable. 

Aquí, en el aire viciado, privo de estrellas, resonaban los llantos y los suspiros. Se escuchaban, sin cesar, agudos lamentos. Era tan fuerte y estrepitoso el ambiente, que al comienzo lloré mientras daba mis primeros pasos. Se oían varias lenguas, pronunciadas de manera horrible, con palabras llenas de dolor y exclamaciones llenas de ira, voces desgarradas y débiles. Había, también, un incesante sonido de manos batiendo, con el que se terminaba por crear un terrible estruendo que retumbaba en esa ancestral oscuridad que no conoce el tiempo. Era como estar en el torbellino de una tormenta de arena. Y yo, que por error llevaba ya la cabeza cubierta de dudas, de nuevo pregunté: 

-Maestro, ¿qué es eso que se escucha? ¿Y qué gente es esta, quiénes son estas personas que se ven tan deshechas de dolor? 

-Se encuentran en esta condición tan mísera, -me contestó él- las almas de aquellos que tristemente, estando en vida no lograron conseguir ni gloria, ni infamia. Mezclados, entre ellos, están también los ángeles que si bien, no se rebelaron a Dios, tampoco decidieron serle fiel; pretendieron ser neutrales. Los cielos no los reciben, los repudian porque su vileza mancharía la beatitud celestial, y en el infierno profundo, el que encontraremos cruzando el Aqueronte, no son admitidos, pues los condenados tendrían un motivo para enorgullecerse en comparación con ellos. 

-Maestro, pero, ¿qué puede ser tan doloroso como para hacerlos gritar y lamentar de este modo tan fuerte? 

-Te lo diré de manera breve. Ellos han perdido la esperanza de morir, este es su destino final, y esta vida en la oscuridad es lo más bajo y miserable que hay, por eso es que envidiarían haber tenido cualquier otra suerte, cualquier otro paradero. En el mundo no se permite que sobreviva de ellos ningún recuerdo, incluso la misericordia y la justicia divina los desprecia. Te pido, no hablemos más de ellos, obsérvalos y pasémoslos. 

Entonces me puse a observar, vi a uno con un estandarte corriendo en círculos, iba tan rápido como podía, me daba la impresión de que no tenía permitido detenerse, aunque quisiera. Detrás de él venía corriendo una columna de gente, tan numerosa que nunca me imaginé que la muerte hubiera podido acabar con tantas personas. Después de estarlos viendo por un momento, reconocí a algunos, incluso vi y reconocí la sombra de aquel que en su vileza, cometió ese conocido y gran rechazo. Inmediatamente comprendí que estaba ante la hilera de esos seres miserables que no son aceptados ni por Dios, ni por sus enemigos, los demonios. Estos pobres desgraciados, los cuales podrían considerarse que nunca estuvieron realmente vivos por su insignificancia, se encontraban por entero desnudos y eran mordidos, sin cesar, por moscardones y picados por avispones, que vivían ahí, pegados a ellos. Estos insectos no se cansaban de hacer brotar sangre de los rostros de sus víctimas, la cual, mezclada con sus propias lágrimas, caía regada al suelo, de donde unos repugnantes gusanos la recogían y de ella abrevaban. 

Me puse, después, a observar lo que había más allá, vi una multitud de gente arremolinada en la orilla de un río enorme, por lo que de nueva cuenta pregunté: “Maestro, ahora, por favor, concédeme saber quiénes son aquellas almas que distingo entre estas tinieblas, y por qué parecen estar como necesitados, ansiosos por atravesar ya.” 

-Las cosas se te aclararán -me responde-, cuando lleguemos ahí con ellos, a la orilla de ese triste río que es el Aqueronte. 

Bajé la mirada por la vergüenza de mi insistencia, de ahí hasta llegar al río, me contuve de volver a hablar. Fue cuando por fin llegamos que apareció una barca, venía hacia nosotros y era dirigida por un anciano de barbas y cabellos completamente blancos por la edad, conforme se fue acercando, escuchamos que gritaba: “¡Vaya desgracias las que les esperan, almas malvadas! No verán nunca el paraíso, puesto que he venido a conducirlos a la otra orilla, en donde los esperan las tinieblas eternas en el fuego y en el hielo. Y tú que estás ahí -señalándome-, alma viva, aléjate de estos que están muertos.” Pero como vio que no me alejaba, se dirigió de nuevo hacia mí: “Es por otro camino, por otros puertos es que llegarás a la orilla que te atraviesa al más allá, pero por aquí no pasarás, está establecido que a ti te transporte una barca más ligera, la del ángel que conduce al Purgatorio.” 

-¡Caronte! -le gritó mi guía- Ni te angusties, así es como se ha querido en lo más alto de la existencia, lugar en donde todo lo que se quiere es entonces posible, así que no te entrometas más. 

De aquí en adelante, se aquietaron los cachetes barbudos del barquero de este negro pantano, cuyos ojos se veían rodeados por círculos de fuego. Pero las almas, desnudas y hechas polvo por la fatiga, cambiaron de color, empalidecieron y empezaron a rechinar los dientes en el momento en el que escucharon las crueles palabras que habían proferido hacia ellos un instante antes: habían llegado a recogerlos. Maldijeron a Dios y a sus padres, a todo el género humano, así como el lugar y el momento en el que tuvieron que nacer; maldijeron la semilla de su ascendencia y de su propia concepción. Después, se amontonaron todas juntas llorando fuerte, en esa orilla infernal que espera a todos los hombres que no le temieron a Dios. El demonio Caronte entonces, haciéndoles una señal con sus ojos envueltos en flamas, inició a acarrearlas, golpeando salvajemente con el remo a las que le parecían demasiado lentas. 

Así como se desprenden las hojas durante el otoño, una enseguida de la otra, hasta que la rama no ve finalmente tirados todos sus despojos en la tierra, así, esta mala estirpe de descendientes de Adán se aventaba desde la orilla, uno a uno, a la señal del barquero, como un ave que responde de inmediato al llamado de su dueño. Entonces se van, desapareciendo entre esas oscuras aguas, y antes de que desciendan a la otra orilla, en esta se ha vuelto a formar una nueva multitud de condenados.

-Hijo mío, -se dirige mi maestro hacia mí con gentileza- aquellos que mueren enemistados con el creador, convergen aquí desde todos los pueblos, vienen, por raro que te parezca, deseosos de atravesar el río, pues la justicia divina los instiga de tal modo, que su miedo es transformado en deseo. Por aquí no pasará nunca un alma buena, así que, si Caronte ha protestado por tu presencia en este lugar, puedes entender ahora el buen augurio que eso significa. 

Apenas terminaron sus palabras empezó a temblar en ese oscuro páramo, se sacudió tan fuerte, que de solo evocar el recuerdo aún me empapo de sudor por el susto. La tierra, llena de lágrimas, soltó entonces un vapor que desencadenó un fuerte relámpago de luz roja; todo esto terminó por abrumarme, había visto demasiado ya, todos mis sentidos se habían vencido.

Caí, como quien por sueño cae preso. 

En este 2021 conmemoramos los 700 años de la obra y vida del autor. Este es el VII CENTENARIO DANTESCO.

Para conmemorarlo, nos sumamos a los festejos compartiendo una sorpresa especial; el INFIERNO, contado de una manera muy particular, según la idea de traducción semiótica comentada por Umberto Eco, es decir, les presentamos la Divina Comedia como novela. Este texto, que es el CANTO II, forma parte de un trabajo de traducción mucho más amplio y ambicioso, en el cual nos encontramos trabajando en este momento.

¡Qué sea de provecho!

Traducción del italiano antiguo al español, realizada por el maestro de lengua y cultura italiana del Instituto Polýglottos; Luis Jiménez Chargoy.


INFIERNO

Canto II

Se acaba el día, la atmósfera se oscurece, todos los seres vivientes sobre la tierra comienzan a descansar, a recuperarse de las fatigas acumuladas de una jornada más de vida. En cambio yo, a diferencia del resto de ellos, me preparaba para soportar los tormentos de una travesía que, desde ese momento, me generaba una terrible angustia, pero que mi memoria intentó registrar lo mejor que pudo para que la pudiera contar. ¡Musas, ayúdenme a explicar lo que viví! ¡Ven a mí, inspiración poética, para que pueda describir lo visto por mis propios ojos! Aquí es donde pondré a prueba la capacidad de mi intelecto.  

–¡Poeta –inquieto, rompí el silencio mientras caminábamos-, tú que eres mi guía, te pido, por favor, que consideres bien mis debilidades y alcances, antes de someterme a este arriesgado viaje por un mundo ultra terrenal! Tú has escrito que el padre de Silvio, Eneas, estando todavía vivo, visitó uno de estos lugares eternos con todo y su cuerpo. Sin embargo, es claro para cualquiera que conozca esta hazaña que, si el gran enemigo del mal le permitió tal cortesía, es porque se puede justificar completamente debido a la grandeza de su persona, pensemos tan sólo en las extraordinarias consecuencias que surgieron de la historia de su vida, eso, sin contar si quiera que su madre era la misma diosa Venus. Él fue elegido desde lo más alto de los cielos para ser el fundador de la estirpe romana y de su gran imperio. Su destino fue el de ser él, el motor que dio origen a Roma que, bueno, seamos sinceros, viendo las cosas así, es todavía más fácil darse cuenta cómo la voluntad divina ya la había también predestinado para ser la sede de la ciudad santa. Gracias, justamente, a ese viaje que conocemos por ti, Eneas pudo escuchar de la boca de su difunto padre los detalles que le aseguraron su eventual victoria, con la que finalmente afianzó el advenimiento de la ciudad eterna.

Ahora, pensemos un momento en el gran Pablo, a quien también se le concedió la gracia de hacer un viaje al más allá, donde le fue mostrado el Paraíso en su ascenso por los cielos. Él, que desbordaba santidad, fue el instrumento para que se sostuviera la fe, para que se volviera firme el camino que conduce a la salvación. Pero, ¿yo por qué debería hacer un viaje así? ¿A mí quién me lo concede? Yo no soy Eneas, yo no soy Pablo. Esto es algo que ni yo, ni nadie más, me consideraría nunca a la altura para hacer. Por eso, si me estoy dejando llevar en esta travesía, temo que me esté equivocando y cometiendo una tontería. Temo que sea temerario de mi parte, y que al final resulte castigado por querer sobrepasar lo permitido. Tú que eres sabio, puedes entender mucho mejor lo que trato de explicar.  

Fue así, como cuando uno desecha lo que ya no se quiere, pero que antes se anhelaba intensamente. Como cuando te llegan nuevas ideas y cambias de parecer, tanto, que se desvía por completo tu objetivo inicial. Así me encontraba de ánimo en esos oscuros páramos, pues me había dado cuenta que se había agotado en mí la idea del viaje, al que tan prontamente y sin pensarlo mucho, me había aferrado.

–Si entiendo bien lo que estás tratando de decirme -contestó el magnánimo espíritu-, veo que tu alma está corrupta, se ha envilecido con la pusilanimidad, con el desánimo que obstaculiza a los hombres de realizar grandes proezas, de hazañas dignas de ser vividas. Actúas como los animales que se espantan con su propia sombra.

Con tal de que te liberes de tu insensato miedo, te contaré qué estoy haciendo aquí, por qué te he venido a buscar. Así como aquello que me fue dicho la primera vez que supe de ti, que me hizo sentir piedad y consideración de tu persona. Escucha bien entonces; me encontraba yo entre mis iguales, suspendido entre las almas del Limbo, cuando me percaté que una mujer de belleza celestial me llamaba, en ese instante me puse a sus órdenes. Sus ojos, en ese fondo de eterna oscuridad, contenían más brillo que las propias estrellas. Comenzó a hablarme con una voz tan suave y amena, que descubrí en ella la forma en la que hablan los ángeles.

Me dijo; “Oh, noble alma mantuana, cuya fama aún vive entre los seres y perdurará cuanto dure vivo el mundo, escucha mi plegaria; aquel que alguna vez me amó sin freno alguno, ha extraviado su camino, se encuentra perdido y en este momento va camino de regreso a la selva oscura, resbalando por una pendiente, pues el miedo se ha apoderado de él. ¡Oh, cuánto temo, por aquello que logré oír en el cielo sobre su situación, haber llegado ya demasiado tarde para socorrerlo! Te pido; ¡ve tú, ayúdalo, haz uso de tu don de palabra! Él lo sabrá apreciar. Por favor, no repares en usar todo lo que te sea necesario para salvarlo, si lo logras, podré entonces encontrar consuelo. Yo, quien te solicita esta empresa, soy Beatriz y vengo desde el lugar al que todas las almas anhelan llegar. Si he salido y bajado desde ahí para venir a hablarte, fue porque este amor que siento me ha empujado a hacerlo. Si después de haberme explicado, está en tu sentir aceptar lo que te pido, yo, cada vez que esté delante de mi señor, no me cansaré de elogiar tus virtudes.”

Después calló, esperando mi respuesta.

“Oh, mujer -inicié-, eres la clara representante de la virtud por la cual, el ser humano es que supera a todas las demás criaturas existentes bajo el cielo, bajo la luna. Permíteme comentarte, tanto me agrada tener una petición tuya y tan dispuesto estoy a atenderla que, si en este momento la hubiera ya cumplido, sentiría que me habría tardado en complacerte. Basta con que me digas cuál es tu voluntad, para que yo la haga. Por mi parte sólo te pido, por favor, me compartas la razón por la cual te ves tan tranquila, sin temor de bajar a estas profundidades del centro de la Tierra, tú que vienes desde el cielo más alto, al que sin duda anhelas estar de regreso en cuanto antes.”

“Ya que estás interesado en conocer tan a fondo los motivos por los que he venido -me respondió la angelical mujer-, te diré el porqué no temo estar aquí abajo. A decir verdad, uno debe temer sólo a aquello que pueda hacernos daño, y a nada más. Todo lo que no tenga la posibilidad de lastimarnos, no debe provocarnos el más mínimo miedo. Yo fui hecha por el creador, por su gracia y de tal modo, que la miseria de este lugar no podría siquiera tocarme, ninguna flama de este incendio infernal podría tampoco siquiera rozarme.

Ahora bien, debes saber que hay en el cielo una mujer, tan gentil, que se ha compadecido de esta grave situación, en la que te he pedido que intercedas, a tal punto que ha infringido la sentencia dictada allá arriba. Ella, tan noble, llamó a la mártir y santa, Lucía, la protectora de la visión, y le pidió que acudiera en rescate de su devoto, el cual se encontraba obstaculizado por tres grandes bestias en ese momento. Lucía, enemiga de todo tipo de crueldad, reaccionó de inmediato y llegó ante mí, que sentaba junto a Raquel, antigua mujer, símbolo de la vida contemplativa, y me dijo:

–Beatriz, tu virtud y belleza son un auténtico elogio al creador, pero, ¿por qué es que no vas en camino a socorrer a aquel que te amó con tanta fuerza, tanta, que su amor por ti lo hizo sobresalir por encima de los demás hombres comunes? ¿Acaso no escuchas la angustia de su llanto, no ves cómo combate contra la muerte en ese tempestuoso remolino de pasiones, en el que es arrastrado con más ímpetu de lo que el mismo mar pudiera ser capaz?

No hubo nunca en el mundo alguien tan rápido a actuar en favor de su propio interés, o de huir de algún peligro, como lo fui yo después de haber escuchado estas palabras que me fueron dirigidas. En ese instante bajé de mi asiento celestial y vine a presentarme ante ti, poeta, pues me encomiendo a la fama que te precede de tener un lenguaje honesto, que honra tanto a tu persona, como a quienes te han escuchado.” 

Después de haberme dado esta explicación, que yo no merecía, retiró la mirada girando la cabeza y dirigiendo los ojos, resplandecientes de lágrimas, hacia otro lado.  Viendo esto, me apresuré en cuanto antes a venir lo más rápido que me fuera posible. Y vine ante ti, tal como ella me lo pidió; a socorrerte, pues fui yo quien ahuyentó a esa loba hambrienta que te impedía el paso a la cima de la colina. Habiéndote dicho esto, te pregunto entonces, ¿qué te sucede? ¿por qué o para qué te detienes? ¿por qué permites que se adentre tanta vileza en tu corazón? ¿por qué no tienes el coraje y la determinación para avanzar? Más ahora, que estás enterado que tres santas mujeres ven por ti en la corte del Paraíso, y que mis palabras te prometen alcanzar un bien tan grande.

Así, como las pequeñas flores que tiritan vencidas y cerradas por el gélido frio de la noche, que cuando son apenas tocadas por los primeros rayos de luz y calor, se enderezan, irguiendo el tallo, abriéndose hacia lo alto. Así como ellas, adquirí yo también la misma fuerza de voluntad para alzarme después de haber escuchado las palabras de Virgilio, y regresó a mi corazón la determinación para decir con toda franqueza:

–¡Oh, cuánto es piadosa la mujer que acude a mi socorro! ¡Y cuánto eres cortés, poeta, pues has obedecido al instante las palabras sinceras que ella te dirigió! Tú, con tu don de palabra, en verdad has logrado disponer a mi corazón de tal modo que se encuentra deseoso de emprender el viaje contigo. He regresado a aferrarme al propósito originario. Ahora, pues, partamos, ya que de nuevo tenemos la misma intención. Tú eres mi guía, mi señor, mi maestro. ¡Vayamos! 

Y entré por un camino alto y difícil.