Instituto Polýglottos

Una reflexión sobre la historia/leyenda del posible origen de la venganza, o al menos de su palabra en los idiomas romances.


Antes de comenzar, habría que tener en mente que el objetivo de este texto es el de exponer el curioso caso en el que una historia puede, hasta cierto punto, determinar a una sociedad a reconocer, nombrar y actuar ante un acto de ‘venganza’, o dicho de otra manera, a inventarla con una palabra.

Tenemos, para lograr exponer el punto, que afianzarnos a dos teorías: la de Sapir-Whorf, que postula, a grandes rasgos, que la lengua que hablamos determina la manera en que concebimos el mundo, y por lo tanto, el modo en que nos relacionamos con él. Es decir, los idiomas, más que sólo un sistema de signos, símbolos y sonidos, son realmente una construcción cultural que representa todos los ámbitos del pueblo que la comparte, haciendo que ese pueblo reconozca la realidad solamente desde sus propias referencias culturales. Por eso podríamos decir que al aprender otro idioma, aprendemos también una manera distinta de entender el mundo. La segunda teoría es la teoría del método antropológico del filólogo Friedrich Nietzsche que, en breve, sugiere que para conocer realmente el objeto de estudio, habría que preguntarnos no ‘¿qué es?‘, sino ‘¿cómo vino al mundo este objeto, cómo surgió?

Entonces, pues, si la existencia de la palabra determina la idea, la pregunta sería ¿cómo surgió la palabra ‘venganza’?, ¿qué hecho causó que se empezara a nombrar? Esta es la leyenda que le dio origen:

El famoso historiador latino de la época de Augusto (44 a.C. – 14 d.C.), el mítico Tito Livio, nos narra en su obra histórica, Ab urbe condita, los motivos detrás del momento en que el pueblo romano derroca la monarquía que los regía desde su fundación (753 a.C.), desterrando al último de una línea de seis reyes (509 a.C.), al polémico y antipático Tarquinio el Soberbio, quien se había hecho con el trono después de matar al rey anterior, su suegro.

Sucedió que se encontraban las legiones romanas junto con sus regentes, como se acostumbraba en esa época, sitiando la ciudad de Ardea mientras le hacían la guerra a los rútulos; cierto día, su hijo Sexto, quien ya mostraba un carácter prepotente y de corte tiránico, abandonó una noche el campamento con una idea terrible. Tomó su caballo y se hizo acompañar por uno de sus hombres hasta Roma, hasta la casa de su primo y amigo, Colatino, que como se encontraba en el campamento de Ardea, fue entonces recibido por su esposa, Lucrecia, quien tenía fama de mujer virtuosa. Ella lo recibió del mejor modo, ofreciéndole la cena y un cuarto de huéspedes, lugar hasta donde lo condujo como amable anfitriona, sin saber que a mitad de la noche, el macabro Sexto Tarquinio daría rienda suelta al deseo que lo había conducido hasta ahí, el cual, había nacido unos días antes, al descubrir lo buena y bondadosa mujer que era Lucrecia.

Cuando ya todos dormían, se levantó de la cama, desenvainó su espada y se introdujo a su habitación, donde, oprimiéndole el pecho con una mano y con el arma en la otra, la amenazó de manchar su buena reputación e imagen colocándole un esclavo muerto junto a su propio cadáver desnudo si no cedía ante sus deseos. Al amanecer, Sexto huyó de ahí orgulloso de su fechoría, mientras Lucrecia escribía dos mensajes, uno a su padre y otro a su esposo, pidiéndoles que se presentaran en su casa en cuanto antes, haciéndose acompañar por un amigo fiel, en vista de un suceso que había sobrevenido. Al llegar y verla en un estado de suma tristeza, le inquirieron sobre su condición, y ella, rompiendo en llanto, les dijo: «Huellas de hombre extraño, Colatino, hay en tu lecho, mi cuerpo ha sido mancillado, pero no mi alma inocente; la muerte me será testigo. Extiendan sus manos y júrenme que el delito no quedará impune. Fue Sexto Tarquinio, enemigo disfrazado de huésped quien se llevó de aquí anoche un placer que le será tan funesto como a mí, si es que ustedes saben mantener su palabra.» Y sin pensarlo se hundió en el pecho un puñal que llevaba escondido bajo el vestido.

Bien, hasta aquí esta historia parece suficiente material narrativo para generar la idea de ‘venganza‘, si no fuera por el hecho de que si ponemos bajo una lupa este término, nos damos cuenta de que es más complejo en sus dinámicas sociales que la más simple idea de resarcir mediante un pago o reponer la ofensa imponiendo un castigo al infractor, que sí encontramos generalizado en muchas sociedades. Las circunstancias que lo dotan de su complejidad, están todavía por darse dentro de esta historia.

Al enterarse el pueblo romano del crimen y la tragedia de la joven mujer, la indignación se esparció de inmediato y los ánimos se enardecieron aún más con el discurso que el amigo que había acompañado a Colatino, y presenciado todo, Bruto, pronunció delante de la muchedumbre. Hizo un recuento de todos los crímenes que la familia real había realizado, un parricidio entre ellos, enlistó uno a uno los abusos cometidos contra el pueblo e invocó a los dioses para que escarmentaran a tan funesto linaje. El pueblo, desbordado, ese día suprimió el poder real y ordenó la expulsión y el destierro de por vida del rey, su esposa e hijos. El mismo Bruto, después de armar a los voluntarios, marchó al campamento de Ardea para sublevar al ejército. Tarquinio el Soberbio, viéndose despojado de reino y ejército, se fue al exilio. Así se fundó la república romana, gobernada por un senado y dos cónsules elegidos por un breve periodo de tiempo, el primero de ellos fue, claramente, Bruto.

Y aquí, cuando la historia parece haber llegado a un punto armónico, es que de nueva cuenta la conjura y la traición aparecen disfrazadas de intenciones sinceras. Llegó a Roma un grupo de emisarios a reclamar los bienes de los desterrados, el Senado, después de haber oído su petición, tomó la deliberación de entregárselos por miedo a que esto fuera a ser la causa de una guerra, les dio además permiso de quedarse unos días, los suficientes para juntar los vehículos necesarios para el traslado del patrimonio de los tarquinios. Tiempo que aprovecharon para llevar a cabo sus verdaderos planes: organizar al resto de los nobles que perdieron sus privilegios y se encontraran inconformes, así como a los jóvenes propensos a formar parte de la conspiración que planeaba ingresar a escondidas a los reyes y devolverles el poder. Muchas de las reuniones y cenas, donde hablaban abiertamente sobre sus planes, se hacían en la casa de los Vitelios, cuñados del cónsul, ignorante de la situación. Nadie tenía acceso a esos convites, a excepción de los invitados y los esclavos, y fue justo uno de estos últimos, que se mantuvo siempre al tanto de lo que ahí se discutía, que habiendo esperado el momento en el que todos firmaron una carta comprometiéndose con la familia exiliada, salió a dar aviso a los cónsules y senadores. De inmediato llegaron y aprehendieron a todos, incluso a los dos hijos adolescentes de Bruto que se encontraban ahí, acompañando a sus tíos. Todos recibieron el mismo trato de traidores y el mismo castigo: ser apaleados y después ejecutados con un hacha públicamente. Algo que un padre no debería nunca ni siquiera presenciar, le tocó, esta vez a uno, ordenar la condena de sus propios hijos. Nadie le quitó la vista del rostro al cónsul durante el cumplimiento de la condena. El Senado también determinó que los susodichos bienes se concedieran al pillaje público, todos eran libres de ir y tomar algo. En verdad, no sólo repartían las riquezas, sino que en especial, repartían la culpa entre todos los ciudadanos.

Los lictores llevan a Bruto el cuerpo de sus hijos, 1789, Jacques Louis David

Al esclavo denunciante, y que terminó siendo el broche de toda esta serie de penosas circunstancias, al que el azar o el destino lo convirtió, en cierto modo, en el engranaje de esta historia, se le concedió un premio, su libertad y la ciudadanía romana, su nombre era Vindicio, de donde se originó el verbo en latín, vindicāre; en italiano, vendicare; en español, vengar; en francés, venger; en portugués, vingar.

El punto es, no tenemos que conocer esta historia, culturalmente nos pertenece, forma parte de nuestra percepción del mundo; sabemos que la venganza es algo mucho más trágico que esa primera impresión de restituir una ofensa con otra, la venganza es una vorágine que crece, involucra a personas ajenas, altera todos los órdenes de la vida pública y sobre todo, hace pagar un precio muy caro a quien la ejecuta. Esta historia es sólo lo que se esconde detrás de la palabra, cuyo fantasma se hace presente y nos condiciona, cada vez que surge ante nuestros ojos, ahora, quizá, después de haber echado un vistazo en su interior, nos aparecerá completa, de carne y hueso, la próxima vez que la leamos, siendo así una invitación a reflexionar sobre el enorme patrimonio cultural que custodian los idiomas.

Una historia del nombre del monumento más significativo de la antigua Roma.


Tal vez hayas escuchado hablar o conozcas sobre los excesos del emperador romano Nerón, en especial, la más famosa de sus historias; haber incendiado Roma. La leyenda dice que este extravagante político –quien había mandado a asesinar a su madre, Agripina-, era un amante del teatro, y un buen día del año 64 d.C. tomó la decisión de prenderle fuego a la ciudad imperial, en específico a la zona de las residencias de los aristócratas, para así poder, en medio de ese caos y usándolo de escenografía, recitar con su lira la caída de Troya ante los ejércitos griegos. Si bien, este devastador incendio de varios días sí ocurrió, es muy probable que esta anécdota de Nerón sea sólo parte de la leyenda, un producto de la fantasía. Lo que sí es un hecho, es que el emperador aprovechó la destrucción de las casas ubicadas a un lado del foro romano, para aplanar y construir ahí uno más de sus excesos; la Domus Aurea o Casa de Oro.

La Domus Aurea era un verdadero agasajo de palacio, en sus 50 hectáreas fueron construidos jardines, salones de banquetes, avenidas de paseo, estancias llenas de lujo, decoradas con mosaicos, estatuas y las más refinadas pinturas de la época, vaya, ¡contaba hasta con un lago privado que le permitía al emperador poder pasearse en barco en el mismo corazón de Roma! Por si esto fuera poco, mandó a diseñar y fabricar en bronce una estatua del dios Helios, la divinidad del sol, con su propio rostro, y que con sus 37 metros de altura, medía más de lo que la actual Estatua de la Libertad mide de pies a cabeza. Además, esta representación del emperador como el dios sol, estaba recubierta de oro. La magnífica obra, llamada Colossus Neronis o el Coloso de Nerón –que evocaría a la maravilla del mundo antiguo, el Coloso de Rodas-, llevaba la imagen de la Domus Aurea a extremos más allá de la imaginación para los asombrados que tuvieran el privilegio de entrar a este palacio de ensueño.

Todo esto, aunado a que Nerón nunca emprendió ninguna campaña militar –es decir, sin generar riqueza para el pueblo-, sino que dedicó sus días a deleitarse sin hacer un verdadero trabajo político, conllevó a que no gozara de popularidad, tanto, que uno de los gobernadores de su provincia hispana se levantó en armas contra él. Nerón, que siempre había rehuido de la acción bélica, optó en el año 68 d.C. por suicidarse en lugar de confrontarlo. La crisis política que generó, hizo que en el año 69 d.C. se sucedieran, matándose uno a otro, cuatro emperadores, hasta que finalmente quedó de manera más estable el general de origen humilde, Vespasiano.

Vespasiano Flavio, acababa de regresar, acompañado de su hijo Tito, de una campaña militar en la provincia de Judea, donde saqueó los tesoros de la ciudad de Jerusalén e hizo prisioneros a una buena cantidad de hebreos. Al contar con esos recursos y con la mano de obra de sus prisioneros, para legitimarse en el poder, decidió arrasar con la Domus Aurea, destruir ese soberbio palacio y entregar lo que antaño había sido de uso exclusivo del emperador, al disfrute de todos los romanos. Y en su sitio inició la construcción del anfiteatro, sólo que cuando apenas llevaba el segundo piso, fallece y le hereda la tarea a su hijo Tito Flavio, quien se erige como nuevo emperador, pero su ascenso fue seguido de varios hechos funestos; un nuevo incendio en la ciudad, una peste que diezmó a la población y ni más ni menos que la erupción del volcán Vesubio, acabando con la vida de decenas de miles de personas. Algo que corrió el rumor que tal vez los dioses no estaban de acuerdo con este nuevo emperador.

Tito Flavio, desesperado por darle un giro a su inicio de gobierno, aceleró lo más que pudo los trabajos de construcción que estaban realizándose –y como muchos políticos en campaña-, decidió inaugurar el ‘Anfiteatro Flavio‘ sin estar todavía terminado. Con esto, logró consagrarse ante el pueblo y les hizo olvidar los terribles sucesos recientemente acaecidos, pues en el Anfiteatro comenzó una temporada de juegos sin fin, donde todos los ciudadanos romanos podían ingresar de manera gratuita, ya que tanto los espectáculos como las entradas eran pagadas directamente del bolsillo del emperador. Además, había permanencia voluntaria, así que cualquier persona podía entrar en la mañana y salir hasta la noche, viendo toda la variedad de juegos que se presentaban a lo largo del día sin cesar. Había desde batallas de animales contra otros animales, animales contra personas, representaciones históricas o mitológicas, como tomar a un prisionero, vestirlo de Hércules y prenderle fuego para evocar el final de este héroe griego, hasta las famosas batallas de gladiadores, algunas incluso navales, pues la arena estaba construida sobre lo que fue alguna vez el lago privado de Nerón. Fue un rotundo éxito, el Anfiteatro Flavio se convirtió en un punto de unión entre el gobernante y el pueblo, pues los dos acudían a los espectáculos y ambos disfrutaban de los mismos juegos, se impresionaban, gritaban y apabullaban al unísono; un logro político del emperador.

En las afueras del Anfiteatro, fue colocado el otrora Colossus Neronis, con las facciones del rostro, eso sí, modificadas y sin el oro que en tiempos pasados lo cubriera, junto a una fuente cónica. Pasó este a ser una enorme decoración que daba la bienvenida a los espectadores a este nuevo corazón de Roma. El caso es que esta estatua era tan conocida, que la gente simplemente decía «vamos a donde el coloso», en lugar de un «vamos al Anfiteatro Flavio», hecho que terminó por cambiar para siempre –irónicamente, pues se trataba de borrar la memoria de Nerón y establecer la de los Flavio-, el nombre de la más icónica construcción del Imperio Romano: el Coliseo.

«Mientras el Coliseo permanezca, Roma permanecerá. Cuando el Coliseo caiga, Roma caerá. Y cuando caiga Roma, caerá el mundo.»

Lord Byron

Una precisión calendárica sobre los 500 años de la rendición de Tenochtitlan (como se pronuncia en náhuatl) o Tenochtitlán (como pronunciamos en español).


Debemos tener en cuenta que el cómputo del tiempo en el mundo mesoamericano era más complejo que el occidental -tema en el que no ahondaremos en esta publicación-, de donde deriva su precisión astronómica, pues no sólo eran dos engranajes calendáricos funcionando conjuntamente; uno solar y otro lunar, sino que estos tenían divisiones que funcionaban, a su vez, de engranajes aún más pequeños, casi como la imagen que podría venir a nosotros al pensar en la maquinaria de un reloj moderno. Había un siglo de 52 años (Xiuhmolpilli), un cuarto de siglo de 13 años (Tlalpilli), un año de 18 meses (Xihuitl) más cinco días «funestos» (Nemontemi), un mes de 20 días (Metztli) y cada día con su noche (Tonalli) tenía un nombre propio. Por si esto fuera poco, a cada uno de los 20 días le precedía un número secuencial que se repetía cada trecena, cuya secuencia no se interrumpía al pasar de un mes a otro.

El problema radica en que logremos encontrar una correspondencia entre el calendario mesoamericano y el gregoriano, en uso en nuestros días. Pues para tal efecto, existe un evento que quedó registrado con una fecha exacta en los dos calendarios, es decir, tanto por parte de los europeos, como por parte de los mexicas; la rendición de Tenochtitlan.

Bernal Díaz del Castillo fijó este acontecimiento el 13 de agosto de 1521, fiesta de San Hipólito, en su Historia General, mientras que los mesoamericanos, en los Anales de Tlatelolco, dan la fecha exacta de este infausto hecho el año 3 Calli, mes Tlaxochimaco, día 1 Coatl.

Bien, tenemos ya una correspondencia, aunque hay un pequeño enorme detalle que parece quedar en el olvido: la fecha que da Bernal Díaz del Castillo es del calendario juliano, desde la reforma hecha por Julio César en tiempo del imperio romano, este no había sido actualizado…hasta 1582, que el Papa Gregorio XIII lo reformó, decretando un salto de 10 días para subsanar el retraso acumulado, hecho por el cual nuestro actual calendario recibe el nombre de gregoriano.

Este ajuste de cuentas, si quisiéramos ser precisos (como lo eran nuestros antepasados mesoamericanos), nos indica que será hasta el 23 de agosto el día en el que realmente se cumplan los 500 años del fatídico momento en el que Cuauhtemoctzin le pide a Hernán Cortés que lo mate, y en uno de las primeros malentendidos de traducción intercultural, el capitán hispano, creyendo que hacía un acto magnánimo al perdonarle la vida, condena al Huey Tlahtoani a una vida de humillación, sin posibilidad de alcanzar el anhelado cielo de los guerreros, al que realmente le está pidiendo que le permita acceder al solicitarle la muerte, pero esa es otra historia.