Instituto Polýglottos

Traducción al español del pequeño texto en el que el historiador de arte italiano, Enrico Maria Dal Pozzolo, nos abre los ojos a algo sorprendente: cómo es que no hemos visto nunca a la verdadera Mona Lisa, y cómo es que se debería de ver.


La Gioconda 1503-1519, Leonardo da Vinci, Museo del Louvre, fig.1

El cuadro más famoso del mundo es la Gioconda, sin embargo nadie lo ha visto realmente (fig. 1). En el sentido de que nadie ha visto cómo es debajo de esa espesísima capa de suciedad y barnices oxidados que la recubre. Hoy en día, la piel de la mujer tiene un color ámbar, como si hubiera estado pintada con abundante maquillaje; el cielo es verde, igual que los montes a lo lejos; todo se encuentra como cristalizado en una crisálida de color opaco que no corresponde a la creación original. Si no se tratara de la Gioconda, la obra ya se hubiera restaurado desde hace tiempo, sobre todo porque sabemos, casi exactamente, cómo se vería si se le realizase una limpieza profunda.

Desde hace unos años, de hecho, de las bodegas del Museo del Prado en Madrid, resurgió una copia realizada dentro del taller del mismo Leonardo da Vinci, que muestra a una Gioconda con colores muy diferentes: la tez es clara, el cielo es azul, la mangas son rojas y no marrones… (fig. 2). ¿Por qué, entonces, la Gioconda continua quedándose con ese aspecto que el tiempo y los antiguos restauradores han terminado por conferirle? La razón es muy simple. Porque, si se le hiciera un restauro, perderíamos la imagen del cuadro tal y como lo conocemos ahora: justo esa ‘emblemática apariencia.

Es decir, le sucedería lo mismo que le pasó, después de la restauración, a los frescos de Miguel Ángel Buonarroti en la Capilla Sixtina. Impecablemente limpiados por Gianluigi Colalucci y su equipo de restauradores en una intervención que duró varios años, estos emergieron tal y como los había concebido su autor (frescos, claros, brillantes, con plasticidad), pero muy distintos de como estábamos acostumbrados a verlos, o sea, como decía Federico Zeri, color café latte. Surgieron, debido al restauro, una infinidad de polémicas, con incluso expertos importantes que alzaron la voz por el desastre que habían previsto, por los estragos irreparables.

Teniendo esto en mente, ninguno de los directores del Louvre que hasta ahora ha ocupado el cargo, ha considerado en destruir la ‘emblemática apariencia‘ que tiene, y exponerse con eso a las polémicas que conllevaría, que en el caso de la Gioconda, serían mucho más furiosas.

Testo originale in Italiano:

La Gioconda 1503-1516, anónimo, copia del Museo del Prado, fig. 2

Il quadro più famoso del mondo è la Gioconda, eppure nessuno lo ha visto davvero (fig. 1). Nel senso che nessuno lo ha visto per come è sotto lo spessissimo strato di sporco e vernici ossidate che lo ricopre. Ora come ora la pelle della donna ha una coloritura ambrata, come se fosse stata integralmente truccata con un pesante fondotinta; il cielo è verde, al pari dei monti in lontananza; tutto è cristallizzato in un bozzolo cromatico che non corrisponde all’impostazione originale. Se non si trattasse della Gioconda, il dipinto sarebbe stato restaurato da tempo, anche perché siamo in grado di sapere quasi esattamente come si presenterebbe qualora si operasse una pulitura accorta.

Da qualche anno, infatti, nei depositi del Prado a Madrid è riemersa una copia realizzata all’interno della bottega di Leonardo che mostra la Gioconda con colori diversissimi: la carnagione è chiara, il cielo azzurro, le maniche rosse e non marroni… (fig. 2). Perché dunque la Gioconda continua a rimanere nell’aspetto che il tempo e gli antichi restauratori le hanno conferito? La ragione è molto semplice. Perché, in caso di restauro, perderemmo l’immagine del quadro così come lo conosciamo ora: appunto l’icona.

Insomma, succederebbe quello che è capitato a seguito del restauro degli affreschi di Michelangelo nella Cappella Sistina. Impeccabilmente ripuliti da Gianluigi Colalucci e dalla sua équipe nel corso di un intervento durato vari anni, riapparvero come Michelangelo li aveva concepiti (freschi, chiari, brillanti, plastici) ma molto diversamente da come eravamo stati abituati a conoscerli: ossia, come diceva Federico Zeri, color caffè latte. Ne sortirono polemiche a non finire, con esperti anche importanti che gridarono al disastro annunciato, allo scempio irrisarcibile.

Immaginando tutto ciò, i vari direttori del Louvre fino ad ora succedutisi non hanno ritenuto di distruggere l’icona e di esporsi a polemiche che nel caso della “Gioconda” sarebbero ancor più furiose.


(di/de Enrico Maria Dal Pozzolo, traduzione/traducción Luis Jiménez Chargoy)

Una reflexión sobre la historia/leyenda del posible origen de la venganza, o al menos de su palabra en los idiomas romances.


Antes de comenzar, habría que tener en mente que el objetivo de este texto es el de exponer el curioso caso en el que una historia puede, hasta cierto punto, determinar a una sociedad a reconocer, nombrar y actuar ante un acto de ‘venganza’, o dicho de otra manera, a inventarla con una palabra.

Tenemos, para lograr exponer el punto, que afianzarnos a dos teorías: la de Sapir-Whorf, que postula, a grandes rasgos, que la lengua que hablamos determina la manera en que concebimos el mundo, y por lo tanto, el modo en que nos relacionamos con él. Es decir, los idiomas, más que sólo un sistema de signos, símbolos y sonidos, son realmente una construcción cultural que representa todos los ámbitos del pueblo que la comparte, haciendo que ese pueblo reconozca la realidad solamente desde sus propias referencias culturales. Por eso podríamos decir que al aprender otro idioma, aprendemos también una manera distinta de entender el mundo. La segunda teoría es la teoría del método antropológico del filólogo Friedrich Nietzsche que, en breve, sugiere que para conocer realmente el objeto de estudio, habría que preguntarnos no ‘¿qué es?‘, sino ‘¿cómo vino al mundo este objeto, cómo surgió?

Entonces, pues, si la existencia de la palabra determina la idea, la pregunta sería ¿cómo surgió la palabra ‘venganza’?, ¿qué hecho causó que se empezara a nombrar? Esta es la leyenda que le dio origen:

El famoso historiador latino de la época de Augusto (44 a.C. – 14 d.C.), el mítico Tito Livio, nos narra en su obra histórica, Ab urbe condita, los motivos detrás del momento en que el pueblo romano derroca la monarquía que los regía desde su fundación (753 a.C.), desterrando al último de una línea de seis reyes (509 a.C.), al polémico y antipático Tarquinio el Soberbio, quien se había hecho con el trono después de matar al rey anterior, su suegro.

Sucedió que se encontraban las legiones romanas junto con sus regentes, como se acostumbraba en esa época, sitiando la ciudad de Ardea mientras le hacían la guerra a los rútulos; cierto día, su hijo Sexto, quien ya mostraba un carácter prepotente y de corte tiránico, abandonó una noche el campamento con una idea terrible. Tomó su caballo y se hizo acompañar por uno de sus hombres hasta Roma, hasta la casa de su primo y amigo, Colatino, que como se encontraba en el campamento de Ardea, fue entonces recibido por su esposa, Lucrecia, quien tenía fama de mujer virtuosa. Ella lo recibió del mejor modo, ofreciéndole la cena y un cuarto de huéspedes, lugar hasta donde lo condujo como amable anfitriona, sin saber que a mitad de la noche, el macabro Sexto Tarquinio daría rienda suelta al deseo que lo había conducido hasta ahí, el cual, había nacido unos días antes, al descubrir lo buena y bondadosa mujer que era Lucrecia.

Cuando ya todos dormían, se levantó de la cama, desenvainó su espada y se introdujo a su habitación, donde, oprimiéndole el pecho con una mano y con el arma en la otra, la amenazó de manchar su buena reputación e imagen colocándole un esclavo muerto junto a su propio cadáver desnudo si no cedía ante sus deseos. Al amanecer, Sexto huyó de ahí orgulloso de su fechoría, mientras Lucrecia escribía dos mensajes, uno a su padre y otro a su esposo, pidiéndoles que se presentaran en su casa en cuanto antes, haciéndose acompañar por un amigo fiel, en vista de un suceso que había sobrevenido. Al llegar y verla en un estado de suma tristeza, le inquirieron sobre su condición, y ella, rompiendo en llanto, les dijo: «Huellas de hombre extraño, Colatino, hay en tu lecho, mi cuerpo ha sido mancillado, pero no mi alma inocente; la muerte me será testigo. Extiendan sus manos y júrenme que el delito no quedará impune. Fue Sexto Tarquinio, enemigo disfrazado de huésped quien se llevó de aquí anoche un placer que le será tan funesto como a mí, si es que ustedes saben mantener su palabra.» Y sin pensarlo se hundió en el pecho un puñal que llevaba escondido bajo el vestido.

Bien, hasta aquí esta historia parece suficiente material narrativo para generar la idea de ‘venganza‘, si no fuera por el hecho de que si ponemos bajo una lupa este término, nos damos cuenta de que es más complejo en sus dinámicas sociales que la más simple idea de resarcir mediante un pago o reponer la ofensa imponiendo un castigo al infractor, que sí encontramos generalizado en muchas sociedades. Las circunstancias que lo dotan de su complejidad, están todavía por darse dentro de esta historia.

Al enterarse el pueblo romano del crimen y la tragedia de la joven mujer, la indignación se esparció de inmediato y los ánimos se enardecieron aún más con el discurso que el amigo que había acompañado a Colatino, y presenciado todo, Bruto, pronunció delante de la muchedumbre. Hizo un recuento de todos los crímenes que la familia real había realizado, un parricidio entre ellos, enlistó uno a uno los abusos cometidos contra el pueblo e invocó a los dioses para que escarmentaran a tan funesto linaje. El pueblo, desbordado, ese día suprimió el poder real y ordenó la expulsión y el destierro de por vida del rey, su esposa e hijos. El mismo Bruto, después de armar a los voluntarios, marchó al campamento de Ardea para sublevar al ejército. Tarquinio el Soberbio, viéndose despojado de reino y ejército, se fue al exilio. Así se fundó la república romana, gobernada por un senado y dos cónsules elegidos por un breve periodo de tiempo, el primero de ellos fue, claramente, Bruto.

Y aquí, cuando la historia parece haber llegado a un punto armónico, es que de nueva cuenta la conjura y la traición aparecen disfrazadas de intenciones sinceras. Llegó a Roma un grupo de emisarios a reclamar los bienes de los desterrados, el Senado, después de haber oído su petición, tomó la deliberación de entregárselos por miedo a que esto fuera a ser la causa de una guerra, les dio además permiso de quedarse unos días, los suficientes para juntar los vehículos necesarios para el traslado del patrimonio de los tarquinios. Tiempo que aprovecharon para llevar a cabo sus verdaderos planes: organizar al resto de los nobles que perdieron sus privilegios y se encontraran inconformes, así como a los jóvenes propensos a formar parte de la conspiración que planeaba ingresar a escondidas a los reyes y devolverles el poder. Muchas de las reuniones y cenas, donde hablaban abiertamente sobre sus planes, se hacían en la casa de los Vitelios, cuñados del cónsul, ignorante de la situación. Nadie tenía acceso a esos convites, a excepción de los invitados y los esclavos, y fue justo uno de estos últimos, que se mantuvo siempre al tanto de lo que ahí se discutía, que habiendo esperado el momento en el que todos firmaron una carta comprometiéndose con la familia exiliada, salió a dar aviso a los cónsules y senadores. De inmediato llegaron y aprehendieron a todos, incluso a los dos hijos adolescentes de Bruto que se encontraban ahí, acompañando a sus tíos. Todos recibieron el mismo trato de traidores y el mismo castigo: ser apaleados y después ejecutados con un hacha públicamente. Algo que un padre no debería nunca ni siquiera presenciar, le tocó, esta vez a uno, ordenar la condena de sus propios hijos. Nadie le quitó la vista del rostro al cónsul durante el cumplimiento de la condena. El Senado también determinó que los susodichos bienes se concedieran al pillaje público, todos eran libres de ir y tomar algo. En verdad, no sólo repartían las riquezas, sino que en especial, repartían la culpa entre todos los ciudadanos.

Los lictores llevan a Bruto el cuerpo de sus hijos, 1789, Jacques Louis David

Al esclavo denunciante, y que terminó siendo el broche de toda esta serie de penosas circunstancias, al que el azar o el destino lo convirtió, en cierto modo, en el engranaje de esta historia, se le concedió un premio, su libertad y la ciudadanía romana, su nombre era Vindicio, de donde se originó el verbo en latín, vindicāre; en italiano, vendicare; en español, vengar; en francés, venger; en portugués, vingar.

El punto es, no tenemos que conocer esta historia, culturalmente nos pertenece, forma parte de nuestra percepción del mundo; sabemos que la venganza es algo mucho más trágico que esa primera impresión de restituir una ofensa con otra, la venganza es una vorágine que crece, involucra a personas ajenas, altera todos los órdenes de la vida pública y sobre todo, hace pagar un precio muy caro a quien la ejecuta. Esta historia es sólo lo que se esconde detrás de la palabra, cuyo fantasma se hace presente y nos condiciona, cada vez que surge ante nuestros ojos, ahora, quizá, después de haber echado un vistazo en su interior, nos aparecerá completa, de carne y hueso, la próxima vez que la leamos, siendo así una invitación a reflexionar sobre el enorme patrimonio cultural que custodian los idiomas.

Una historia del nombre del monumento más significativo de la antigua Roma.


Tal vez hayas escuchado hablar o conozcas sobre los excesos del emperador romano Nerón, en especial, la más famosa de sus historias; haber incendiado Roma. La leyenda dice que este extravagante político –quien había mandado a asesinar a su madre, Agripina-, era un amante del teatro, y un buen día del año 64 d.C. tomó la decisión de prenderle fuego a la ciudad imperial, en específico a la zona de las residencias de los aristócratas, para así poder, en medio de ese caos y usándolo de escenografía, recitar con su lira la caída de Troya ante los ejércitos griegos. Si bien, este devastador incendio de varios días sí ocurrió, es muy probable que esta anécdota de Nerón sea sólo parte de la leyenda, un producto de la fantasía. Lo que sí es un hecho, es que el emperador aprovechó la destrucción de las casas ubicadas a un lado del foro romano, para aplanar y construir ahí uno más de sus excesos; la Domus Aurea o Casa de Oro.

La Domus Aurea era un verdadero agasajo de palacio, en sus 50 hectáreas fueron construidos jardines, salones de banquetes, avenidas de paseo, estancias llenas de lujo, decoradas con mosaicos, estatuas y las más refinadas pinturas de la época, vaya, ¡contaba hasta con un lago privado que le permitía al emperador poder pasearse en barco en el mismo corazón de Roma! Por si esto fuera poco, mandó a diseñar y fabricar en bronce una estatua del dios Helios, la divinidad del sol, con su propio rostro, y que con sus 37 metros de altura, medía más de lo que la actual Estatua de la Libertad mide de pies a cabeza. Además, esta representación del emperador como el dios sol, estaba recubierta de oro. La magnífica obra, llamada Colossus Neronis o el Coloso de Nerón –que evocaría a la maravilla del mundo antiguo, el Coloso de Rodas-, llevaba la imagen de la Domus Aurea a extremos más allá de la imaginación para los asombrados que tuvieran el privilegio de entrar a este palacio de ensueño.

Todo esto, aunado a que Nerón nunca emprendió ninguna campaña militar –es decir, sin generar riqueza para el pueblo-, sino que dedicó sus días a deleitarse sin hacer un verdadero trabajo político, conllevó a que no gozara de popularidad, tanto, que uno de los gobernadores de su provincia hispana se levantó en armas contra él. Nerón, que siempre había rehuido de la acción bélica, optó en el año 68 d.C. por suicidarse en lugar de confrontarlo. La crisis política que generó, hizo que en el año 69 d.C. se sucedieran, matándose uno a otro, cuatro emperadores, hasta que finalmente quedó de manera más estable el general de origen humilde, Vespasiano.

Vespasiano Flavio, acababa de regresar, acompañado de su hijo Tito, de una campaña militar en la provincia de Judea, donde saqueó los tesoros de la ciudad de Jerusalén e hizo prisioneros a una buena cantidad de hebreos. Al contar con esos recursos y con la mano de obra de sus prisioneros, para legitimarse en el poder, decidió arrasar con la Domus Aurea, destruir ese soberbio palacio y entregar lo que antaño había sido de uso exclusivo del emperador, al disfrute de todos los romanos. Y en su sitio inició la construcción del anfiteatro, sólo que cuando apenas llevaba el segundo piso, fallece y le hereda la tarea a su hijo Tito Flavio, quien se erige como nuevo emperador, pero su ascenso fue seguido de varios hechos funestos; un nuevo incendio en la ciudad, una peste que diezmó a la población y ni más ni menos que la erupción del volcán Vesubio, acabando con la vida de decenas de miles de personas. Algo que corrió el rumor que tal vez los dioses no estaban de acuerdo con este nuevo emperador.

Tito Flavio, desesperado por darle un giro a su inicio de gobierno, aceleró lo más que pudo los trabajos de construcción que estaban realizándose –y como muchos políticos en campaña-, decidió inaugurar el ‘Anfiteatro Flavio‘ sin estar todavía terminado. Con esto, logró consagrarse ante el pueblo y les hizo olvidar los terribles sucesos recientemente acaecidos, pues en el Anfiteatro comenzó una temporada de juegos sin fin, donde todos los ciudadanos romanos podían ingresar de manera gratuita, ya que tanto los espectáculos como las entradas eran pagadas directamente del bolsillo del emperador. Además, había permanencia voluntaria, así que cualquier persona podía entrar en la mañana y salir hasta la noche, viendo toda la variedad de juegos que se presentaban a lo largo del día sin cesar. Había desde batallas de animales contra otros animales, animales contra personas, representaciones históricas o mitológicas, como tomar a un prisionero, vestirlo de Hércules y prenderle fuego para evocar el final de este héroe griego, hasta las famosas batallas de gladiadores, algunas incluso navales, pues la arena estaba construida sobre lo que fue alguna vez el lago privado de Nerón. Fue un rotundo éxito, el Anfiteatro Flavio se convirtió en un punto de unión entre el gobernante y el pueblo, pues los dos acudían a los espectáculos y ambos disfrutaban de los mismos juegos, se impresionaban, gritaban y apabullaban al unísono; un logro político del emperador.

En las afueras del Anfiteatro, fue colocado el otrora Colossus Neronis, con las facciones del rostro, eso sí, modificadas y sin el oro que en tiempos pasados lo cubriera, junto a una fuente cónica. Pasó este a ser una enorme decoración que daba la bienvenida a los espectadores a este nuevo corazón de Roma. El caso es que esta estatua era tan conocida, que la gente simplemente decía «vamos a donde el coloso», en lugar de un «vamos al Anfiteatro Flavio», hecho que terminó por cambiar para siempre –irónicamente, pues se trataba de borrar la memoria de Nerón y establecer la de los Flavio-, el nombre de la más icónica construcción del Imperio Romano: el Coliseo.

«Mientras el Coliseo permanezca, Roma permanecerá. Cuando el Coliseo caiga, Roma caerá. Y cuando caiga Roma, caerá el mundo.»

Lord Byron

Una precisión calendárica sobre los 500 años de la rendición de Tenochtitlan (como se pronuncia en náhuatl) o Tenochtitlán (como pronunciamos en español).


Debemos tener en cuenta que el cómputo del tiempo en el mundo mesoamericano era más complejo que el occidental -tema en el que no ahondaremos en esta publicación-, de donde deriva su precisión astronómica, pues no sólo eran dos engranajes calendáricos funcionando conjuntamente; uno solar y otro lunar, sino que estos tenían divisiones que funcionaban, a su vez, de engranajes aún más pequeños, casi como la imagen que podría venir a nosotros al pensar en la maquinaria de un reloj moderno. Había un siglo de 52 años (Xiuhmolpilli), un cuarto de siglo de 13 años (Tlalpilli), un año de 18 meses (Xihuitl) más cinco días «funestos» (Nemontemi), un mes de 20 días (Metztli) y cada día con su noche (Tonalli) tenía un nombre propio. Por si esto fuera poco, a cada uno de los 20 días le precedía un número secuencial que se repetía cada trecena, cuya secuencia no se interrumpía al pasar de un mes a otro.

El problema radica en que logremos encontrar una correspondencia entre el calendario mesoamericano y el gregoriano, en uso en nuestros días. Pues para tal efecto, existe un evento que quedó registrado con una fecha exacta en los dos calendarios, es decir, tanto por parte de los europeos, como por parte de los mexicas; la rendición de Tenochtitlan.

Bernal Díaz del Castillo fijó este acontecimiento el 13 de agosto de 1521, fiesta de San Hipólito, en su Historia General, mientras que los mesoamericanos, en los Anales de Tlatelolco, dan la fecha exacta de este infausto hecho el año 3 Calli, mes Tlaxochimaco, día 1 Coatl.

Bien, tenemos ya una correspondencia, aunque hay un pequeño enorme detalle que parece quedar en el olvido: la fecha que da Bernal Díaz del Castillo es del calendario juliano, desde la reforma hecha por Julio César en tiempo del imperio romano, este no había sido actualizado…hasta 1582, que el Papa Gregorio XIII lo reformó, decretando un salto de 10 días para subsanar el retraso acumulado, hecho por el cual nuestro actual calendario recibe el nombre de gregoriano.

Este ajuste de cuentas, si quisiéramos ser precisos (como lo eran nuestros antepasados mesoamericanos), nos indica que será hasta el 23 de agosto el día en el que realmente se cumplan los 500 años del fatídico momento en el que Cuauhtemoctzin le pide a Hernán Cortés que lo mate, y en uno de las primeros malentendidos de traducción intercultural, el capitán hispano, creyendo que hacía un acto magnánimo al perdonarle la vida, condena al Huey Tlahtoani a una vida de humillación, sin posibilidad de alcanzar el anhelado cielo de los guerreros, al que realmente le está pidiendo que le permita acceder al solicitarle la muerte, pero esa es otra historia.


En este 2021 conmemoramos los 700 años de la obra y vida del autor. Este es el VII CENTENARIO DANTESCO.

Para sumarnos a los festejos del VII CENTENARIO DANTESCO, seguimos compartiendo nuestra sorpresa especial; el INFIERNO, contado de una manera muy particular, según la idea de traducción semiótica comentada por Umberto Eco, es decir, les presentamos la Divina Comedia como novela. Este texto, que es el CANTO V, forma parte de un trabajo de traducción mucho más amplio y ambicioso, en el cual nos encontramos trabajando en este momento.

¡Qué sea de provecho!

Traducción del italiano antiguo al español, realizada por el maestro de lengua y cultura italiana del Instituto Polýglottos; Luis Jiménez Chargoy.



INFIERNO

Canto V

Así fue como descendí del primer círculo al segundo, lugar aún más estrecho que el anterior, pues al bajar se va reduciendo el espacio, pero se encierra cada vez más sufrimiento, razón por la que los lamentos van siempre en aumento.

Aquí fue que encontramos la horrible presencia del demonio y juez Minos, que gruñendo examina las culpas de todos los condenados en este ingreso, los juzga y sentencia a su círculo correspondiente, envolviéndolos con su larga cola la misma cantidad de veces que los niveles que tendrán que descender. Cada vez que una de estas almas, destinadas a la perdición, se pone delante de él, en automático le confiesa todos sus pecados; y él, que es un gran conocedor de todo tipo de depravaciones, entiende de inmediato el lugar exacto del Infierno al que debe ser enviado. Siempre se encuentra delante de una multitud de almas, en donde cada una se va presentando por turnos para ser enjuiciado, dicen sus pecados, reciben su condena y los hunde en las oscuras profundidades.

-¡Oh, tú que llegas a este, el albergue del sufrimiento! –se dirigió hacia mí Minos gritando en cuanto me vio, dejando por un momento su trabajo tan importante-, ¡fíjate bien a dónde estás entrando, y fíjate bien de quién te fías, no te dejes engañar sólo porque veas una entrada!

-¡Pero para qué tanto grito! -intervino mi guía- No te atrevas a impedir su travesía, Minos, es de este modo como se ha querido en lo más alto de la existencia, lugar en donde todo lo que se quiera es entonces posible, así que no te entrometas más.

Pasándolo, empezamos a escuchar los gritos de dolor, ahora estábamos rodeados de llantos que golpeaban nuestros oídos. Llegamos a un lugar privo de toda luz, habitado por un fuerte rugir, como el del mar cuando es azotado por una tempestad, donde combaten furiosos los vientos encontrados. Aquí, nos encontramos para mi asombro, un ciclón infernal que no cesa nunca, su terrible fuerza arrastra a los espíritus, las terribles ráfagas que emanan de este tornado hacen que den vueltas sin parar, azotándolos con ira contra las paredes cavernosas, atormentándolos de este modo. Cada vez que pasan volando por la enorme grieta que atraviesa el Infierno, gritan todavía más fuerte, aumentan la fuerza de sus llantos y lamentos, en este punto es que blasfeman y maldicen todas las virtudes divinas. Comprendí que semejante tortura podía ser sólo para los condenados por pecados carnales, pues ellos habían sometido la razón a la pasión, dejando que esta última los gobernara y arrastrara por un camino de sufrimiento.

Justo como cuando el frío del invierno hace batir las alas a los estorninos, levantando el vuelo en anchas y tupidas parvadas, así ese viento maldito levanta y arrastra a las almas perdidas por todas las direcciones; de un lado a otro, de arriba abajo. No albergan ninguna esperanza que los consuele, ni siquiera una imposible tregua a su eterno vuelo. Pueden, a lo mucho, desear que aminore, de algún modo, su dolor.

Así como las grullas, que mientras vuelan se lamentan con sus graznidos, y que en sus recorridos trazan una larga línea en el cielo, así vi venir hacia nosotros, lamentándose, una parvada de sombras.

-Maestro, ¿quiénes son estas personas que son castigadas de tal modo por esta obscura vorágine? -pregunté.

-La primera de esta gente, de la que tú quieres estar enterado –me responde-, fue la emperatriz de muchos pueblos de lenguas distintas. Se entregó a la lujuria de un modo tan desenfrenado, que promulgó leyes que pretendían hacer lícitos sus placeres, y así intentar disimular las culpas y el deshonor en el que había caído por tener una relación con su hijo. Ella es Semíramis, de quien se narra sucedió en el trono, después de muerto, al rey Nino, su esposo, convirtiéndose en la gobernante de la ciudad de Babilonia, que ahora está en manos de un Sultán.

La segunda que viene es Dido, quien se suicidó por amor, después de haber roto el pacto de fidelidad que le había jurado a las cenizas de Siqueo, su marido. Detrás de ella le sigue otra alma lujuriosa suicida; Cleopatra. Observa también a Helena, que por causa de ella murieron tantos y durante tanto tiempo, mira al grande Aquiles que combatió por amor. Ahí están también Paris y Tristán.

Prosiguió mi maestro, mostrándome un número enorme de almas que el amor arrancó de la vida terrenal, indicándomelas con el dedo. Después de haber terminado de nombrar a las mujeres de la antigüedad y a los caballeros, me sobrecogió un sentimiento intenso de compasión, tanto que por un momento estuve a punto de perder el conocimiento.

-Poeta –intervine-, me gustaría poder tener la oportunidad de hablar con aquellos dos, pues me llama la atención que vuelen juntos y que parezca, por la fuerza con la que son arrastrados, ser más ligeros que los demás.

-Verás que cuando pasen cerca de nosotros, si se los pides en nombre del amor que los arrastra, ellos vendrán. -me contestó-

Así que, en cuanto me di cuenta de que el viento los empujaba hacia nosotros, los empecé a llamar: “Oh, almas atormentadas, vengan a hablar con nosotros, si es que alguien no se los ha prohibido.” Y como las palomas que, atendiendo el llamado del instinto de amar, vuelan con las alas abiertas y rectas hacia su dulce nido, movidas sólo por el deseo amoroso, así fue que salieron volando esas dos almas de la parvada donde se encontraba Dido, se dirigieron hacia nosotros a través de ese maligno viento, mientras intentaba gritarles, afectuosamente, un saludo a modo de agradecimiento.

-Eres un ser viviente cortés y benévolo -inició a hablar ella-, pues aún en este tenebroso lugar, te encuentras visitando a gente como nosotros, que hemos pintado la tierra con nuestra sangre. Si tan sólo el rey del universo nos tuviera en su gracia, le pediríamos te tuviera en consideración y concediera paz, puesto que logras tener compasión por nuestro atroz sufrimiento. Eso que tiene ganas de escuchar y hablar, nosotros lo escucharemos y hablaremos contigo, mientras que el viento nos lo permita como lo hace ahorita; descubrirás quiénes somos.

La tierra donde nací -continuó ella- se sitúa en el punto en el que desemboca el río Po al mar, encontrando, junto a sus afluentes, la paz en el amplio océano.

¡Ay, el amor! Que de inmediato se rinde ante los corazones gentiles y las bellas personas, así como me rendí yo ante este hermoso cuerpo que ahora me acompaña, pero que en vida me arrebataron de tal modo, que aún me sigue doliendo.

¡Ay, el amor! Que no le concede a nadie que es amado, de no regresar amor a su vez. A él y a su belleza quedé sujeta con tanta fuerza, que como puedes observar, ni siquiera aquí nos separamos.

¡Ay, el amor! Nos llevó a una misma muerte. Pero la Caína, en lo profundo del Infierno, esperará a quien la vida nos arrancó.

Estas fueron las palabras que dirigieron hacia nosotros la atormentada pareja, y después de haberlas escuchado incliné la cabeza y me mantuve así hasta que el poeta, mi guía, me inquirió sobre lo que hacía: “¿En qué estás pensando?”, me preguntó, a lo que sólo le alcancé a responder; “Oh, cómo son dulces estos sentimientos, cuánto deseo hay en ellos, y cómo es que los fue arrastrando a tan fatal destino.” Después, me dirigí hacia ellos:

-Francesca, tu martirio me entristece y me llena de compasión hasta las lágrimas, pero por favor, dime, en aquellos momentos en los que los dos suspiraban al verse, ¿en qué modo o cuáles fueron las circunstancias para que el Amor los condujera a ceder ante los deseos del pecado?

-No hay mayor dolor –me contestó- que el recordar los momentos de felicidad cuando uno se encuentra en la desgracia, y esto lo sabe bien tu maestro que te guía. Pero, ya que estás interesado en conocer el momento que originó nuestra condena de amor, te lo diré, aunque tenga que hacerlo intercalando palabras y lágrimas. Cierto día nos encontrábamos leyendo por entretenimiento el libro que narra cómo Lancelot amó a Ginebra. Estábamos solos y nunca imaginamos lo que habría de suceder. Varias veces la lectura hizo que nos buscáramos las miradas, como si reconociéramos en ellos nuestra historia, lo que nos hacía también empalidecer de vergüenza, pero fue una parte muy precisa la que nos venció ante el deseo; cuando leímos que la boca, tan deseada, de Ginebra, fue finalmente besada por su amante, entonces Paolo, que no se separará nunca más de mí, temblando, besó la boca mía. El libro se convirtió, como lo hacía el personaje Galeotto en la trama, en nuestro alcahuete. Desde ese momento, no volvimos a leer ni una página más.

Mientras el espíritu de Francesca nos refería esta historia, el otro no paraba en su llanto desesperado. Tanto fue el sobrecogimiento que sentí, lleno de compasión, pero tan mermado en mi persona, que terminé por desmayarme, como si muriera también.

Cayendo, como cae un cuerpo muerto.


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Traducción del italiano antiguo al español, realizada por el maestro de lengua y cultura italiana del Instituto Polýglottos; Luis Jiménez Chargoy.



INFIERNO

Canto IV

Un sólido estruendo interrumpió, en mi cabeza, el sueño. Consternado y confundido, me levanté como quien con un sobresalto se despierta. Moví entonces la mirada de un lado hacia el otro, entrecerré los ojos para poner atención, intentando reconocer el lugar donde ahora me encontraba. Era verdad, había llegado a uno de los extremos de este sitio maldito, estaba en el borde donde inicia el doloroso valle del Infierno; el lugar donde retumban una infinidad de lamentos. La oscuridad era tan densa y profunda aquí, que aun esforzando la mirada, no lograba discernir absolutamente nada, ni a poca distancia.

-Ahora es que iniciaremos a descender en este ciego mundo -comentó, con el rostro pálido, el gran poeta-. Yo iré adelante y tú caminarás detrás de mí.

-Pero, ¿cómo podré ir contigo, maestro? -le interrumpí al darme cuenta de su cambio de color, ahora demacrado- Tú, que continuamente me das el valor de seguir, aclarando con aplomo todas mis dudas, si ahora soy yo quien te ve seriamente asustado. ¿Cómo puedo avanzar de este modo? 

-El tormento que sufren las almas relegadas en este sitio, hace que mi rostro adquiera esta imagen de angustia y aflicción que tú confundes con miedo. Sigamos, que el viaje es largo y no tenemos tiempo que perder.

Entonces seguimos, fuimos ingresando cada vez más en ese primer círculo que rodea el comienzo de la espiral del Infierno. Aquí ya no se escuchaban llantos, sino que se percibían sólo suspiros, algunos que incluso por momentos hacían temblar el aire a nuestro alrededor. No gritaban porque, aunque sufrían de intenso dolor estas interminables filas de almas de niños en su mayoría, mujeres y hombres, al menos no estaban siendo torturadas.  

-¿No me vas a preguntar quiénes son estos espíritus que ves? -inquirió mi bondadoso guía, para después confesarme- Antes de que continuemos con nuestro camino, quiero que sepas algo, ellos no cometieron ningún pecado, incluso pudieron hasta haber hecho algún mérito. Pero eso no fue suficiente para estas personas, pues nunca recibieron el bautismo estando en vida, que es la puerta de entrada a la fe. Y si acaso vivieron antes del advenimiento del cristianismo, no supieron tampoco adorar a Dios en el modo correcto; yo formo parte de esta categoría. Estamos condenados por esta culpa y no por algún pecado, nuestra sentencia es la de vivir en un eterno deseo sin esperanza alguna.

Al momento de escuchar esto sentí de inmediato un fuerte dolor en el pecho, en mi corazón, pues comprendí que ahí en el Limbo se encontraban suspendidas almas eminentes, había grandes personajes penando en este lugar.

-Dime, por favor maestro -pregunté movido por la necesidad de afianzarme a certezas, a aumentar mi fe-. ¿Ha sucedido alguna vez que alguien logre salir de aquí, ya sea por mérito propio o de alguien más? ¿Alguien de aquí ha logrado ir al Paraíso?  

-Acababa yo de llegar acá, a encontrarme en esta mísera condición -respondió entendiendo lo que veladamente le preguntaba-, cuando vi entrar a un espíritu todopoderoso coronado con los signos de la victoria. Él sacó de aquí la sombra del primer padre: Adán, y la de su hijo Abel; así como la de Noé y la de Moisés, el obediente conciliador. Se llevó también las almas del patriarca Abraham y del rey David, así como la de Jacobo junto con las de sus hijos y su esposa, Raquel, la mujer por la que tanto hizo. Se fueron con él muchas almas más, y a todas las llevó al Paraíso. Pero quiero que sepas, antes de esa vez, no había salido absolutamente nadie de aquí, ningún espíritu había alcanzado jamás la salvación. 

Mientras Virgilio me contestaba, no parábamos de caminar, seguimos andando hasta que superamos esa densa multitud de almas silenciosas. No habíamos hecho todavía un camino muy largo desde el momento en que recuperé la conciencia, cuando vi una gran luz que, a modo de domo protector, mantenía fuera de ella a las tinieblas. No obstante nos encontráramos aún a una buena distancia, era lo suficientemente clara para darme cuenta de que en ese lugar moraban espíritus magnánimos. 

-¡Oh, tú que le haces honor a la ciencia y al arte, maestro! Te pregunto, ¿quiénes son estas almas que ahí moran y por qué se les tiene en tan alta consideración, tanta, que tienen incluso un trato distinto al de todas las demás?  

-Es debido –me respondió-, a la excelsa fama que han ganado y que aún perdura en el mundo terrenal, esto les ha permitido obtener una gracia en el cielo que los distingue, en verdad, de las otras almas.  

En ese momento escuché una voz diciendo fuerte: “¡Rindan honor al altísimo poeta, pues su alma, que se había ausentado, ahora se encuentra de regreso!” Dicho esto, cesó y se aquietó de nuevo, entonces vi a cuatro grandes almas dirigiéndose hacia nosotros, su aspecto no era ni triste, ni alegre.

-Observa bien al que tiene la espada en la mano –me dice mi maestro-, viene delante de los otros tres, guiándolos. Él es Homero, el más grande de todos los poetas; después le sigue Horacio, el autor de las Sátiras; el tercero es Ovidio y el último es Lucano. Puesto que cada uno de nosotros tiene en común lo que acaba de gritar esa solitaria voz sobre mí, el hecho de ser poetas, es que se nos rinde ese honor, y en eso hacen bien.

Así fue como vi que se reunía la hermosa escuela poética de aquel gran señor de altísimos versos, con los que logra volar por encima de los demás, igual que un águila. Estuvieron conversando un rato entre ellos, hasta que en cierto momento se voltearon hacia mí y me hicieron un gesto de saludo, vi a mi maestro sonreír con agrado por este motivo. Aún mayor fue mi sorpresa cuando me hicieron el gran honor de invitarme a estar junto a ellos, donde de pronto me convertí en el sexto miembro de tan distinguido grupo. Nos encaminamos juntos a la gran bóveda de luz mientras hablábamos de las cosas bellas que tiene el silencio, tan bellas como las que tiene el hablar en este lugar. Después de unos pasos, llegamos al pie de un hermoso castillo circundado por siete muros, que a su vez eran protegidos por un riachuelo que los rodeaba. Este último lo pasamos como si no existiera, atravesé, junto a los sabios que acompañaba, las siete puertas de los muros, para finalmente dar con un prado de hierba fresca que se abría ante nosotros. Ahí había almas de mirada tranquila y seria, con semblantes de gran autoridad, hablaban poco y cuando lo hacían sus voces eran suaves, amenas. Nos movimos a uno de los lados, donde encontramos un lugar al abierto, luminoso y en lo alto, de tal modo que podíamos ver desde ese punto a todos los que se encontraban en este jardín. Ahí, frente a nosotros, como colocados sobre el esmalte verde del prado, me mostraron a los “espíritus magnánimos”, es decir, a las grandes almas del Limbo; recuerdo lo mucho que me emocioné al verlos. 

Vi a Elektra con varios de sus compañeros, entre los que reconocí a Héctor y a Eneas, así como a Julio César que se encontraba armado y con una mirada amenazante. Vi a Camila y a Pentesilea; de la parte opuesta vi al rey Latino que estaba sentado con su hija Lavinia. Reconocí también a uno de los fundadores de la república romana, Lucio Bruto, quien desterró a Tarquinio el Soberbio, a Lucrecia, Julia, Marcia y Cornelia. Separado y en un rincón solitario, vi también a Saladino. Después de alzar un poco la mirada, alcancé a distinguir al maestro de todos los sabios, a Aristóteles, sentado en medio de varios otros filósofos. Todos lo admiran, todos le rinden homenaje. Aquí vi al mismo Sócrates y a Platón, más cercanos al centro que los demás que alcancé a ver de esta antigua familia filosófica: a Demócrito, quien cree que el mundo es gobernado por la casualidad; al cínico Diógenes, a Anaxágoras y a Tales de Mileto, así como a Empédocles, Heráclito y Zenón. Vi a ese gran sabio que describió las cualidades de las plantas, Dioscórides, y a Orfeo, al mismo Cicerón, a Lino, quien fuera hijo del dios Apolo, y al máximo filósofo Séneca. Ahí se encontraba Euclides, fundador de la geometría, Tolomeo, Hipócrates, el persa Avicena y el musulmán Averroes, escritor del mejor comentario de la obra de Aristóteles. No puedo detenerme a hablar detalladamente de todos los que vi, pues es tan vasto lo que pudiera decir, que aun haciéndolo, omitiría seguramente a varios.

Fue entonces, de un momento a otro, que el grupo de poetas del que formaba parte, se dividió en dos, pues mi maestro y yo nos separamos, dirigiéndonos por un camino distinto, fuera de ese lugar. Del ambiente tranquilo en el que nos hallábamos, pasamos a aquel tormentoso.

Y llegué a donde no existe la luz.


En este 2021 conmemoramos los 700 años de la obra y vida del autor. Este es el VII CENTENARIO DANTESCO.

Para sumarnos a los festejos del VII CENTENARIO DANTESCO, seguimos compartiendo nuestra sorpresa especial; el INFIERNO, contado de una manera muy particular, según la idea de traducción semiótica comentada por Umberto Eco, es decir, les presentamos la Divina Comedia como novela. Este texto, que es el CANTO III, forma parte de un trabajo de traducción mucho más amplio y ambicioso, en el cual nos encontramos trabajando en este momento.

¡Qué sea de provecho!

Traducción del italiano antiguo al español, realizada por el maestro de lengua y cultura italiana del Instituto Polýglottos; Luis Jiménez Chargoy.



INFIERNO

Canto III

“A través de mí es que se llega a la ciudad del sufrimiento, a través de mí se entra en el dolor eterno, a través de mí es que se va a dar con las almas perdidas. No fue, sino por justicia, que el más alto creador se movió para hacerme, poniendo en uso su potencia divina, su suma sabiduría y el amor primigenio. Antes de mí, no fue nada creado más que las cosas eternas, y yo, entre ellas, duraré para la eternidad. Tú, que entras, abandona aquí todo resquicio de esperanza.” 

Alcancé a ver estas oscuras palabras, de turbio significado, escritas en lo alto de una puerta, y de inmediato, preguntándole a mi maestro por el sentido de ellas, me contestó como el hombre de rápido entendimiento que es: “A partir de aquí, es menester que abandones toda duda, a partir de aquí, es necesario que abandones toda vileza. Hemos llegado al lugar donde te dije que verías a las almas afligidas de sufrimiento, de aquellos que han perdido la razón, de los que se han quedado sin el bien del intelecto y han extraviado para siempre la posibilidad de contemplar la verdad.»

Después de haber posado, con un aire de serenidad en el rostro, su mano sobre la mía, logré reconfortarme y sentir cierta tranquilidad, estando en ese estado, fue que me introdujo a lo que hasta entonces para mí, permanecía secreto; un mundo separado del de los vivos, escondido e impenetrable. 

Aquí, en el aire viciado, privo de estrellas, resonaban los llantos y los suspiros. Se escuchaban, sin cesar, agudos lamentos. Era tan fuerte y estrepitoso el ambiente, que al comienzo lloré mientras daba mis primeros pasos. Se oían varias lenguas, pronunciadas de manera horrible, con palabras llenas de dolor y exclamaciones llenas de ira, voces desgarradas y débiles. Había, también, un incesante sonido de manos batiendo, con el que se terminaba por crear un terrible estruendo que retumbaba en esa ancestral oscuridad que no conoce el tiempo. Era como estar en el torbellino de una tormenta de arena. Y yo, que por error llevaba ya la cabeza cubierta de dudas, de nuevo pregunté: 

-Maestro, ¿qué es eso que se escucha? ¿Y qué gente es esta, quiénes son estas personas que se ven tan deshechas de dolor? 

-Se encuentran en esta condición tan mísera, -me contestó él- las almas de aquellos que tristemente, estando en vida no lograron conseguir ni gloria, ni infamia. Mezclados, entre ellos, están también los ángeles que si bien, no se rebelaron a Dios, tampoco decidieron serle fiel; pretendieron ser neutrales. Los cielos no los reciben, los repudian porque su vileza mancharía la beatitud celestial, y en el infierno profundo, el que encontraremos cruzando el Aqueronte, no son admitidos, pues los condenados tendrían un motivo para enorgullecerse en comparación con ellos. 

-Maestro, pero, ¿qué puede ser tan doloroso como para hacerlos gritar y lamentar de este modo tan fuerte? 

-Te lo diré de manera breve. Ellos han perdido la esperanza de morir, este es su destino final, y esta vida en la oscuridad es lo más bajo y miserable que hay, por eso es que envidiarían haber tenido cualquier otra suerte, cualquier otro paradero. En el mundo no se permite que sobreviva de ellos ningún recuerdo, incluso la misericordia y la justicia divina los desprecia. Te pido, no hablemos más de ellos, obsérvalos y pasémoslos. 

Entonces me puse a observar, vi a uno con un estandarte corriendo en círculos, iba tan rápido como podía, me daba la impresión de que no tenía permitido detenerse, aunque quisiera. Detrás de él venía corriendo una columna de gente, tan numerosa que nunca me imaginé que la muerte hubiera podido acabar con tantas personas. Después de estarlos viendo por un momento, reconocí a algunos, incluso vi y reconocí la sombra de aquel que en su vileza, cometió ese conocido y gran rechazo. Inmediatamente comprendí que estaba ante la hilera de esos seres miserables que no son aceptados ni por Dios, ni por sus enemigos, los demonios. Estos pobres desgraciados, los cuales podrían considerarse que nunca estuvieron realmente vivos por su insignificancia, se encontraban por entero desnudos y eran mordidos, sin cesar, por moscardones y picados por avispones, que vivían ahí, pegados a ellos. Estos insectos no se cansaban de hacer brotar sangre de los rostros de sus víctimas, la cual, mezclada con sus propias lágrimas, caía regada al suelo, de donde unos repugnantes gusanos la recogían y de ella abrevaban. 

Me puse, después, a observar lo que había más allá, vi una multitud de gente arremolinada en la orilla de un río enorme, por lo que de nueva cuenta pregunté: “Maestro, ahora, por favor, concédeme saber quiénes son aquellas almas que distingo entre estas tinieblas, y por qué parecen estar como necesitados, ansiosos por atravesar ya.” 

-Las cosas se te aclararán -me responde-, cuando lleguemos ahí con ellos, a la orilla de ese triste río que es el Aqueronte. 

Bajé la mirada por la vergüenza de mi insistencia, de ahí hasta llegar al río, me contuve de volver a hablar. Fue cuando por fin llegamos que apareció una barca, venía hacia nosotros y era dirigida por un anciano de barbas y cabellos completamente blancos por la edad, conforme se fue acercando, escuchamos que gritaba: “¡Vaya desgracias las que les esperan, almas malvadas! No verán nunca el paraíso, puesto que he venido a conducirlos a la otra orilla, en donde los esperan las tinieblas eternas en el fuego y en el hielo. Y tú que estás ahí -señalándome-, alma viva, aléjate de estos que están muertos.” Pero como vio que no me alejaba, se dirigió de nuevo hacia mí: “Es por otro camino, por otros puertos es que llegarás a la orilla que te atraviesa al más allá, pero por aquí no pasarás, está establecido que a ti te transporte una barca más ligera, la del ángel que conduce al Purgatorio.” 

-¡Caronte! -le gritó mi guía- Ni te angusties, así es como se ha querido en lo más alto de la existencia, lugar en donde todo lo que se quiere es entonces posible, así que no te entrometas más. 

De aquí en adelante, se aquietaron los cachetes barbudos del barquero de este negro pantano, cuyos ojos se veían rodeados por círculos de fuego. Pero las almas, desnudas y hechas polvo por la fatiga, cambiaron de color, empalidecieron y empezaron a rechinar los dientes en el momento en el que escucharon las crueles palabras que habían proferido hacia ellos un instante antes: habían llegado a recogerlos. Maldijeron a Dios y a sus padres, a todo el género humano, así como el lugar y el momento en el que tuvieron que nacer; maldijeron la semilla de su ascendencia y de su propia concepción. Después, se amontonaron todas juntas llorando fuerte, en esa orilla infernal que espera a todos los hombres que no le temieron a Dios. El demonio Caronte entonces, haciéndoles una señal con sus ojos envueltos en flamas, inició a acarrearlas, golpeando salvajemente con el remo a las que le parecían demasiado lentas. 

Así como se desprenden las hojas durante el otoño, una enseguida de la otra, hasta que la rama no ve finalmente tirados todos sus despojos en la tierra, así, esta mala estirpe de descendientes de Adán se aventaba desde la orilla, uno a uno, a la señal del barquero, como un ave que responde de inmediato al llamado de su dueño. Entonces se van, desapareciendo entre esas oscuras aguas, y antes de que desciendan a la otra orilla, en esta se ha vuelto a formar una nueva multitud de condenados.

-Hijo mío, -se dirige mi maestro hacia mí con gentileza- aquellos que mueren enemistados con el creador, convergen aquí desde todos los pueblos, vienen, por raro que te parezca, deseosos de atravesar el río, pues la justicia divina los instiga de tal modo, que su miedo es transformado en deseo. Por aquí no pasará nunca un alma buena, así que, si Caronte ha protestado por tu presencia en este lugar, puedes entender ahora el buen augurio que eso significa. 

Apenas terminaron sus palabras empezó a temblar en ese oscuro páramo, se sacudió tan fuerte, que de solo evocar el recuerdo aún me empapo de sudor por el susto. La tierra, llena de lágrimas, soltó entonces un vapor que desencadenó un fuerte relámpago de luz roja; todo esto terminó por abrumarme, había visto demasiado ya, todos mis sentidos se habían vencido.

Caí, como quien por sueño cae preso. 

En este 2021 conmemoramos los 700 años de la obra y vida del autor. Este es el VII CENTENARIO DANTESCO.

Para conmemorarlo, nos sumamos a los festejos compartiendo una sorpresa especial; el INFIERNO, contado de una manera muy particular, según la idea de traducción semiótica comentada por Umberto Eco, es decir, les presentamos la Divina Comedia como novela. Este texto, que es el CANTO II, forma parte de un trabajo de traducción mucho más amplio y ambicioso, en el cual nos encontramos trabajando en este momento.

¡Qué sea de provecho!

Traducción del italiano antiguo al español, realizada por el maestro de lengua y cultura italiana del Instituto Polýglottos; Luis Jiménez Chargoy.


INFIERNO

Canto II

Se acaba el día, la atmósfera se oscurece, todos los seres vivientes sobre la tierra comienzan a descansar, a recuperarse de las fatigas acumuladas de una jornada más de vida. En cambio yo, a diferencia del resto de ellos, me preparaba para soportar los tormentos de una travesía que, desde ese momento, me generaba una terrible angustia, pero que mi memoria intentó registrar lo mejor que pudo para que la pudiera contar. ¡Musas, ayúdenme a explicar lo que viví! ¡Ven a mí, inspiración poética, para que pueda describir lo visto por mis propios ojos! Aquí es donde pondré a prueba la capacidad de mi intelecto.  

–¡Poeta –inquieto, rompí el silencio mientras caminábamos-, tú que eres mi guía, te pido, por favor, que consideres bien mis debilidades y alcances, antes de someterme a este arriesgado viaje por un mundo ultra terrenal! Tú has escrito que el padre de Silvio, Eneas, estando todavía vivo, visitó uno de estos lugares eternos con todo y su cuerpo. Sin embargo, es claro para cualquiera que conozca esta hazaña que, si el gran enemigo del mal le permitió tal cortesía, es porque se puede justificar completamente debido a la grandeza de su persona, pensemos tan sólo en las extraordinarias consecuencias que surgieron de la historia de su vida, eso, sin contar si quiera que su madre era la misma diosa Venus. Él fue elegido desde lo más alto de los cielos para ser el fundador de la estirpe romana y de su gran imperio. Su destino fue el de ser él, el motor que dio origen a Roma que, bueno, seamos sinceros, viendo las cosas así, es todavía más fácil darse cuenta cómo la voluntad divina ya la había también predestinado para ser la sede de la ciudad santa. Gracias, justamente, a ese viaje que conocemos por ti, Eneas pudo escuchar de la boca de su difunto padre los detalles que le aseguraron su eventual victoria, con la que finalmente afianzó el advenimiento de la ciudad eterna.

Ahora, pensemos un momento en el gran Pablo, a quien también se le concedió la gracia de hacer un viaje al más allá, donde le fue mostrado el Paraíso en su ascenso por los cielos. Él, que desbordaba santidad, fue el instrumento para que se sostuviera la fe, para que se volviera firme el camino que conduce a la salvación. Pero, ¿yo por qué debería hacer un viaje así? ¿A mí quién me lo concede? Yo no soy Eneas, yo no soy Pablo. Esto es algo que ni yo, ni nadie más, me consideraría nunca a la altura para hacer. Por eso, si me estoy dejando llevar en esta travesía, temo que me esté equivocando y cometiendo una tontería. Temo que sea temerario de mi parte, y que al final resulte castigado por querer sobrepasar lo permitido. Tú que eres sabio, puedes entender mucho mejor lo que trato de explicar.  

Fue así, como cuando uno desecha lo que ya no se quiere, pero que antes se anhelaba intensamente. Como cuando te llegan nuevas ideas y cambias de parecer, tanto, que se desvía por completo tu objetivo inicial. Así me encontraba de ánimo en esos oscuros páramos, pues me había dado cuenta que se había agotado en mí la idea del viaje, al que tan prontamente y sin pensarlo mucho, me había aferrado.

–Si entiendo bien lo que estás tratando de decirme -contestó el magnánimo espíritu-, veo que tu alma está corrupta, se ha envilecido con la pusilanimidad, con el desánimo que obstaculiza a los hombres de realizar grandes proezas, de hazañas dignas de ser vividas. Actúas como los animales que se espantan con su propia sombra.

Con tal de que te liberes de tu insensato miedo, te contaré qué estoy haciendo aquí, por qué te he venido a buscar. Así como aquello que me fue dicho la primera vez que supe de ti, que me hizo sentir piedad y consideración de tu persona. Escucha bien entonces; me encontraba yo entre mis iguales, suspendido entre las almas del Limbo, cuando me percaté que una mujer de belleza celestial me llamaba, en ese instante me puse a sus órdenes. Sus ojos, en ese fondo de eterna oscuridad, contenían más brillo que las propias estrellas. Comenzó a hablarme con una voz tan suave y amena, que descubrí en ella la forma en la que hablan los ángeles.

Me dijo; “Oh, noble alma mantuana, cuya fama aún vive entre los seres y perdurará cuanto dure vivo el mundo, escucha mi plegaria; aquel que alguna vez me amó sin freno alguno, ha extraviado su camino, se encuentra perdido y en este momento va camino de regreso a la selva oscura, resbalando por una pendiente, pues el miedo se ha apoderado de él. ¡Oh, cuánto temo, por aquello que logré oír en el cielo sobre su situación, haber llegado ya demasiado tarde para socorrerlo! Te pido; ¡ve tú, ayúdalo, haz uso de tu don de palabra! Él lo sabrá apreciar. Por favor, no repares en usar todo lo que te sea necesario para salvarlo, si lo logras, podré entonces encontrar consuelo. Yo, quien te solicita esta empresa, soy Beatriz y vengo desde el lugar al que todas las almas anhelan llegar. Si he salido y bajado desde ahí para venir a hablarte, fue porque este amor que siento me ha empujado a hacerlo. Si después de haberme explicado, está en tu sentir aceptar lo que te pido, yo, cada vez que esté delante de mi señor, no me cansaré de elogiar tus virtudes.”

Después calló, esperando mi respuesta.

“Oh, mujer -inicié-, eres la clara representante de la virtud por la cual, el ser humano es que supera a todas las demás criaturas existentes bajo el cielo, bajo la luna. Permíteme comentarte, tanto me agrada tener una petición tuya y tan dispuesto estoy a atenderla que, si en este momento la hubiera ya cumplido, sentiría que me habría tardado en complacerte. Basta con que me digas cuál es tu voluntad, para que yo la haga. Por mi parte sólo te pido, por favor, me compartas la razón por la cual te ves tan tranquila, sin temor de bajar a estas profundidades del centro de la Tierra, tú que vienes desde el cielo más alto, al que sin duda anhelas estar de regreso en cuanto antes.”

“Ya que estás interesado en conocer tan a fondo los motivos por los que he venido -me respondió la angelical mujer-, te diré el porqué no temo estar aquí abajo. A decir verdad, uno debe temer sólo a aquello que pueda hacernos daño, y a nada más. Todo lo que no tenga la posibilidad de lastimarnos, no debe provocarnos el más mínimo miedo. Yo fui hecha por el creador, por su gracia y de tal modo, que la miseria de este lugar no podría siquiera tocarme, ninguna flama de este incendio infernal podría tampoco siquiera rozarme.

Ahora bien, debes saber que hay en el cielo una mujer, tan gentil, que se ha compadecido de esta grave situación, en la que te he pedido que intercedas, a tal punto que ha infringido la sentencia dictada allá arriba. Ella, tan noble, llamó a la mártir y santa, Lucía, la protectora de la visión, y le pidió que acudiera en rescate de su devoto, el cual se encontraba obstaculizado por tres grandes bestias en ese momento. Lucía, enemiga de todo tipo de crueldad, reaccionó de inmediato y llegó ante mí, que sentaba junto a Raquel, antigua mujer, símbolo de la vida contemplativa, y me dijo:

–Beatriz, tu virtud y belleza son un auténtico elogio al creador, pero, ¿por qué es que no vas en camino a socorrer a aquel que te amó con tanta fuerza, tanta, que su amor por ti lo hizo sobresalir por encima de los demás hombres comunes? ¿Acaso no escuchas la angustia de su llanto, no ves cómo combate contra la muerte en ese tempestuoso remolino de pasiones, en el que es arrastrado con más ímpetu de lo que el mismo mar pudiera ser capaz?

No hubo nunca en el mundo alguien tan rápido a actuar en favor de su propio interés, o de huir de algún peligro, como lo fui yo después de haber escuchado estas palabras que me fueron dirigidas. En ese instante bajé de mi asiento celestial y vine a presentarme ante ti, poeta, pues me encomiendo a la fama que te precede de tener un lenguaje honesto, que honra tanto a tu persona, como a quienes te han escuchado.” 

Después de haberme dado esta explicación, que yo no merecía, retiró la mirada girando la cabeza y dirigiendo los ojos, resplandecientes de lágrimas, hacia otro lado.  Viendo esto, me apresuré en cuanto antes a venir lo más rápido que me fuera posible. Y vine ante ti, tal como ella me lo pidió; a socorrerte, pues fui yo quien ahuyentó a esa loba hambrienta que te impedía el paso a la cima de la colina. Habiéndote dicho esto, te pregunto entonces, ¿qué te sucede? ¿por qué o para qué te detienes? ¿por qué permites que se adentre tanta vileza en tu corazón? ¿por qué no tienes el coraje y la determinación para avanzar? Más ahora, que estás enterado que tres santas mujeres ven por ti en la corte del Paraíso, y que mis palabras te prometen alcanzar un bien tan grande.

Así, como las pequeñas flores que tiritan vencidas y cerradas por el gélido frio de la noche, que cuando son apenas tocadas por los primeros rayos de luz y calor, se enderezan, irguiendo el tallo, abriéndose hacia lo alto. Así como ellas, adquirí yo también la misma fuerza de voluntad para alzarme después de haber escuchado las palabras de Virgilio, y regresó a mi corazón la determinación para decir con toda franqueza:

–¡Oh, cuánto es piadosa la mujer que acude a mi socorro! ¡Y cuánto eres cortés, poeta, pues has obedecido al instante las palabras sinceras que ella te dirigió! Tú, con tu don de palabra, en verdad has logrado disponer a mi corazón de tal modo que se encuentra deseoso de emprender el viaje contigo. He regresado a aferrarme al propósito originario. Ahora, pues, partamos, ya que de nuevo tenemos la misma intención. Tú eres mi guía, mi señor, mi maestro. ¡Vayamos! 

Y entré por un camino alto y difícil.

VII Centenario Dantesco

Este 25 de marzo, se cumplen los 721 años del inicio del legendario viaje del sumo poeta, Dante Alighieri, al punto más alto del Paraíso, pasando por el Infierno y el Purgatorio.

Claro, esta es una fecha literaria, es el día en el que el autor decidió que transcurriera el inicio de su obra, la cual, realmente terminó de ser escrita unos meses antes de su muerte, en 1321. Por este motivo, en este 2021 conmemoramos los 700 años de la obra y vida del autor. Este es el VII CENTENARIO DANTESCO.

Para conmemorarlo, nos sumamos a los festejos compartiendo una sorpresa especial; el CANTO I del INFIERNO, contado de una manera muy particular, según la idea de traducción semiótica comentada por Umberto Eco, es decir, les presentamos la Divina Comedia como novela. Este texto forma parte de un trabajo de traducción mucho más amplio y ambicioso, en el que nos encontramos trabajando en este momento.

¡Qué sea de provecho!

Traducción del italiano antiguo al español, realizada por el maestro de lengua y cultura italiana del Instituto Polýglottos; Luis Jiménez Chargoy.


INFIERNO

Canto I – Proemio

A la mitad del camino de nuestra vida como humanos, a mis 35 años, me encontré, repentinamente, perdido dentro de una selva oscura y llena de toda clase de peligros, pues en algún momento, sin percatarme, me había extraviado de la recta vía; del camino que conduce a los hombres a la auténtica felicidad. ¡Cómo me resulta difícil, y al mismo tiempo penoso, intentar describir esta selva que además de salvaje, era violentamente áspera y dificultosa, tanto que de tan sólo recordarla me sobrecoge de nuevo el miedo terrible que sentí al estar ahí!   

Puedo decir que ella es la causa de grandes angustias y amarguras, casi al grado que la podríamos comparar con la misma muerte, pero para poder hablarles del enorme bien que ahí pude hallar, tendré que contarles sobre las demás cosas que vi en este lugar. Para empezar, no logro siquiera recordar el cómo haya yo entrado, pero sé que fue por no darme cuenta de que conducía mi vida como un ciego, a tientas, ofuscado por la oscuridad que de manera inconsciente provocaba con mis actos torcidos y con los errores que no me atrevía a reconocer. Viviendo en ese estado de maldita somnolencia, fue que entré en la selva dormido. Estando ahí, sin haber dejado de recorrerla, fui a dar al pie de una colina, justo donde acaba este tenebroso valle que ha llenado de pesares y miedos mi corazón. Allí, alcancé a subir la mirada y pude ver con asombro cómo su contorno comenzaba a iluminarse con los primeros rayos del sol que, con la claridad de su luz, revela la vía correcta por donde transitar a todos los hombres que la buscan. Eso fue suficiente para que el miedo que había llegado ya a lo más profundo de mi ser, y que me había hecho pasar la noche sumergido en un agitado mar de ansiedad, se aquietara un poco.   

Así como un náufrago que después del desastre, cuando por milagro logra llegar a una orilla, y aún jadeante y tembloroso se voltea para dirigir la mirada hacia las peligrosas aguas de las que a duras penas se ha salvado, contemplando con alivio lo que tan sólo unos instantes antes amenazaba, con toda seguridad, arrebatarle la vida; justo con ese ánimo de sobreviviente dirigí mi mirada hacia el valle que dejaba atrás, hacia la selva que no ha dejado a nadie vivo, nunca. Tuve que detenerme a descansar mientras subía, pues el cuerpo, de por sí débil, se agotó rápidamente por el rigor del ascenso. Después de un momento, seguí mi camino andando por una de las laderas desiertas de la colina, tan escarpada que el único pie que me mantenía firme mientras avanzaba, era el que iba quedando atrás en cada paso.   

Fue aquí, casi al comienzo de mi subida, que surgió de la nada una pantera. Se mostraba ligera, continuaba moviéndose de un lado a otro, siempre delante de mí, acechándome con una agilidad pasmosa, por momentos se encontraba tan cerca que podía distinguir sin problemas los patrones de su pelaje maculado. La presencia de este animal, con su continuo rondar amenazante frente a mí, comenzaba a dificultarme avanzar, lo suficiente para que empezara a pasar varias veces por mi mente la idea de claudicar en mi ascenso, o incluso de retroceder lo que había ya subido.  

Eran los primeros minutos de la mañana y coincidentemente el sol surgía bajo la constelación de Aries, igual que en los primeros instantes de la creación del universo y del origen del tiempo, cuando el amor primigenio echó a andar el movimiento de los cuerpos celestes y de todas las demás cosas bellas por primera vez. Así que, pensándolo bien, por encontrarme en estos momentos tan propicios y con la primavera a cuestas, no podía más que sentir la inspiración de depositar mi esperanza en superar a esta bestia de pelaje moteado. Tengo que decir que, por desgracia, esta inspiración no duró mucho, pues no fue suficiente para evitar dejarme invadir por el miedo terrible al ver que ahora se había incorporado al asedio contra mí, también un león. Este, con su enorme cabeza y con un hambre que se manifestaba tan rabiosa que daba la impresión que incluso el aire a su alrededor temblaba de miedo. Parecía dispuesto a lanzarse sobre mí en cualquier momento.  

Fue en este punto que apareció una loba, tan delgada y seca que me hizo pensar que en su raquítico ser llevaba cargando el hambre insaciable de todos los deseos insatisfechos de la humanidad, el tipo de hambre que empuja a vivir de formas míseras y sumidos en la tristeza a una gran cantidad de personas. Su imagen me dobló. Me generó tal angustia y terror su aspecto tan crudo, que perdí por completo la esperanza de subir la colina y encontrar desde ahí la vía para salvarme de este lugar, en el que parece que estoy condenado. Justo como aquel apostador que sin cesar se regocija de las ganancias que va acumulando de la manera más ávida, y que sin siquiera esperarlo le llega el momento de perderlo todo, reduciéndose a un mar de llanto y tristeza; así terminó por reducir mi ánimo esta última bestia que, lanzándose sin parar sobre mí, me fue empujando, presionándome cada vez más hacia abajo, de regreso a la región donde el sol calla y gobierna la oscuridad.   

He caído de vuelta en este horrendo valle, pero mientras resbalo hacia lo profundo de él, logro distinguir con esfuerzo lo que el largo silencio del sol no me había permitido reconocer; una silueta, había alguien ahí.  

–¡Ten piedad de mí -le alcancé a gritar despavorido-, sea lo que seas, un espectro o un hombre de carne y hueso!  

–Ya no soy un hombre, alguna vez lo fui –me respondió presentándose-, mis padres eran de Lombardía, ambos originarios de la mítica ciudad de Mantua. Yo nací, aunque sólo hayan sido los últimos años, cuando aún gobernaba Julio César, viví y obtuve fama bajo el gobierno del buen Augusto en los tiempos en los que nos regían los falsos dioses paganos. Fui poeta y canté sobre la gesta de aquel hijo tan justo que tuvo Anquises, el que logró, después de un sueño, escapar unos instantes antes de la quema y destrucción de la espléndida Troya. ¿Y tú -se dirigió hacia mí con un tono de reproche- por qué es que vas camino de regreso a esta selva de tormentos, por qué, si tienes la fortuna de haber encontrado la colina que te mostrará el camino hacia el principio y la causa de toda felicidad, no estás subiéndola?  

–¿Entonces eres tú el famoso Virgilio –contesté inclinando la cabeza, tanto por reverencia como por vergüenza-, la fuente de donde brota uno de los ríos más amplios y que más expande de riqueza la poesía? ¡Eres la luz que guía a muchos otros poetas! A mí ha sido de mucho provecho el estudio tan minucioso y con tanto amor que he dedicado a tu obra. Tú eres mi maestro, mi modelo a seguir; tú eres el único de quien he aprendido el estilo de escritura del cual yo mismo me precio. Te pido que mires –le dije señalándole la loba-, a la bestia que me ha obligado a regresar mis pasos hasta este lugar. ¡Ayúdame por favor, gran sabio, me provoca tanto pavor que hace temblar de miedo hasta mi última gota de sangre!   

 –La verdad, peregrino, es que tú tendrás que hacer otro viaje –me confiesa mientras observa cómo me he quebrado en llanto-, si lo que quieres es salvarte de este lugar salvaje. Esta loba -continuó-, que tanto te hace gritar, no deja pasar a nadie, has tenido suerte, pues siempre termina matando a todos los que lo intentan. Su perversa naturaleza es de tanta maldad, que nunca logra, ni logrará, saciar esa hambre voraz, tanto así que cada vez que devora a alguien, termina aún más hambrienta. Son muchas las bestias con las que se asocia en su maligna tarea, pero cada vez serán más y más, hasta aquel día en el que vendrá un galgo destinado a cazarla, entonces la hará agonizar hasta por fin matarla. Un galgo de origen humilde que no tendrá ningún interés en bienes materiales, ni la posesión de tierras o de oro lo corromperá, sino que se fijará en cultivar el conocimiento, el amor y las virtudes. Te vaticino que será la salvación de esta tierra, de la humilde Italia por la que grandes héroes como Euríalo y Niso, o Turno y la virginal Camila, dieron su vida en batalla. Él irá corriendo esta bestia de todas las ciudades en las que haya hecho su guarida, la perseguirá hasta que, habiéndola cazado, la envíe de regreso al Infierno, de donde el mismo Lucifer, por envidia a la humanidad, la liberó para atormentarnos.   

Así que considero que por tu propio bien, de ahora en adelante me sigas, yo seré tu guía. Vendrás conmigo y te sacaré de aquí, viajando a través de uno de los lugares eternos y uno de los mundos de la ultratumba. Ahí escucharás los gritos de desesperación y verás las penas que sufren los espíritus que han muerto desde las épocas remotas, antiguas almas que no cesan de vociferar sus propias condenas. Verás también a aquellos que aun estando sufriendo dentro del fuego, se encuentran agradecidos, pues esperan llegar, tarde o temprano, a estar entre las almas más elevadas. Ya tú, si quisieras subir también entre estas últimas, habrá un alma mucho más digna de lo que yo pudiera ser, esperándote para guiarte en tu ascenso. En ese punto, que es hasta dónde yo puedo llegar, te entregaré a ella y me iré, pues el emperador que reina allá arriba tiene prohibido el ingreso a personas como yo, que nunca acatamos su ley. Él, realmente, gobierna sobre todo lo creado, pero allá en los cielos, desde lo alto de su trono, reina plenamente. ¡Oh felices aquellos a los que destina a estar en su compañía!  

–¡Poeta! -me dirigí hacia él- En el nombre del creador, cuya ley no acataste porque no naciste en tiempo para conocerla, te digo; quiero huir de este lugar, salvarme de la maldad y de las graves consecuencias que ella arrastra. ¡Te lo suplico! Condúceme por donde me acabas de decir, permíteme estar frente a las puertas de la purificación y ver también a los que me describes de manera tan aterradora.  

Entonces se echó a andar, y yo lo seguí.


Escrito en italiano por Daniela Lorenzo.
Traducción al español de Pablo Castañón.


Roma: Com’è stata fondata

Roma è chiamata “la città eterna”, perché è una città che ha visto i più importanti avvenementi dell’umanità. Una città sinonimo di storia, cultura ed arte: contenente dei più grandi segreti del mondo antico. Indubbiamente, possiamo dire che è una città che ha visto la nascita e lo sviluppo di una delle civilizzazioni più importanti al mondo, quella romana appunto è stata una di quelle che ha dato forma alla nostra realtà e quotidianità fino adesso. Roma; una città che si vanta di un grande potere e una maestosa presenza storica piena di notevoli personaggi da lodare.

Proprio per questo motivo è rilevante conoscere l’origine di questa città unica al mondo. La data della fondazione di Roma risale al 21 aprile 753 a.c. C’è una leggenda che ci racconta un po’ com’è emersa la città, questa narra che venne fondata da Romolo, discendente dalla stirpe reale di Alba Longa (un’antica città situata nell’attuale regione del Lazio). La leggenda ci spiega che Numitore, erede del trono di Alba Longa, fu spodestato dal suo fratello Amulio. Lui ha anche costretto la nipote Rea Silva, la figlia di Numitore, di fare un voto di castità per non avere più eredi che potessero portargli via il trono e diventassero re in futuro.

Tuttavia, il dio Marte s’inammorò di Rea Silva ed ebbero insieme due bambini gemelli, che non erano altri che Romolo e Remo. Quando Amulio li scoprì, chiese ai suoi soldati di ucciderli, ma loro non sono riusciti a toglierli la vita a due piccoli bambini e li abbandonano vicino al fiume Tevere. I due neonati vengono poi trovati, alimentati e accuditi da una lupa. Si pensa che questa lupa non fosse propio un animale, però, una donna di facili costumi. Oggi sappiamo che il termine “lupa” veniva utilizzato in quel tempo come una parola peggiorativa verso le prostitute.

Passato qualche anno, quando i gemelli finalmente crebbero e scoprirono il loro origine, sono tornati ad Alba Longa e hanno ammazzato Amulio, riportando così il trono della città al loro nonno Numitore. Come ringraziamento a Romolo e Remo, li è stato concesso il permesso di costruire una città nuova. Romolo voleva chiamarla Roma; Remo voleva invece chiamarla Remora. Purtroppo, i due fratelli litigarono tra di loro ed alla fine, Romolo uccise Remo.  Ed è così come Romolo fonda la città di Roma e ne prese il potere, diventando il primo dei sette re di Roma.


Traducción al español:

Roma: Cómo fue fundada

Roma es llamada “La ciudad eterna”, debido a que es una ciudad que ha visto los sucesos más importantes de la humanidad. Una urbe sinónimo de historia, cultura y arte; poseedora de los más grandes secretos del mundo antiguo. Indudablemente, podemos decir que ha visto el nacimiento y el desarrollo de una de las civilizaciones protagonistas de la historia; la romana, justamente, fue una de las que le dieron forma a nuestra realidad y a nuestra vida cotidiana hasta el día de hoy. Roma: una ciudad que nos presume de su imponente poder y su majestuosa presencia histórica, llena de personajes dignos de elogiar.

Precisamente por esto es relevante conocer el origen de esta ciudad, única en el mundo. La fecha de la fundación de Roma se remonta al 21 de abril del año 753 a.e.c. Hay una leyenda que nos cuenta un poco cómo emerge la ciudad, esta narra que fue fundada por Rómulo, descendiente de la estirpe real de Alba Longa (Una antigua ciudad situada en la actual región del Lacio). Cuenta la leyenda que Numitor, heredero del trono de Alba Longa, fue derrocado por su hermano Amulio. Y que él obligó a su sobrina Rea Silva, la hija de Numitor, a hacer un voto de castidad, de este modo no fuera a tener un heredero legítimo, que en un futuro pudiera convertirse en rey y le quitara el trono al golpista.

Sin embargo, el dios Marte se enamoró de Rea Silva y engendraron a dos hijos gemelos, quienes resultarán ser ni más ni menos que Rómulo y Remo. Cuando Amulio lo descubrió, ordenó a sus soldados que los mataran, pero ninguno de ellos fue capaz de quitarle la vida a los dos pequeños bebés, así que los abandonaron cerca del río Tíber. Los dos recién nacidos fueron encontrados, alimentados y cuidados por una loba. Se cree que esta loba no fuera exactamente un animal, sino una mujer de la vida galante. Hoy sabemos que el término «loba» (lupa en italiano) se usaba en esos tiempos como una palabra peyorativa hacia las prostitutas.

Pasados algunos años, cuando los gemelos finalmente crecieron y descubrieron su origen, regresaron a Alba Longa y allí mataron a Amulio; devolviéndole entonces el trono de la ciudad a su abuelo Numitor. Como agradecimiento, a Rómulo y a Remo les fue concedido el permiso de construir una nueva ciudad. Rómulo quería llamarla Roma, Remo, en cambio, quería llamarla Remora. Desafortunadamente, los dos hermanos pelearon entre ellos por este motivo y al final, Rómulo terminó matando a Remo. Fue así cómo Rómulo fundó Roma y se hizo con el poder de ella, convirtiéndose en el primero de los siete reyes de la ciudad eterna.

Escritos por la comunidad

Esta es una iniciativa del Instituto Polýglottos que busca activar a los estudiantes mediante la investigación, escritura y divulgación de temas relevantes al idioma que se encuentran estudiando. Creemos que esta es una manera más de crear comunidad y desarrollar aún más nuestras habilidades.

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